CRÍTICAS

Teatro dell’Opera
Bellini LA SONNAMBULA
Jessica Pratt, Valentina Varriale, Reut Ventorero, Juan Francisco Gatell, Riccardo Zanellato, Timofei Baranov. Dirección: Speranza Scappucci. Dirección de escena: Giorgio Barberio Corsetti. 18 de febrero de 2018.
 
Jessica Pratt triunfó en Roma como la protagonista de La Sonnambula © Teatro dell’Opera 
Jessica Pratt fue la triunfadora en esta edición de La Sonnambula, apoyándose ante todo en una impecable técnica belcantista que ha mejorado notablemente desde los principios de su carrera y aparece ahora más fluida y menos mecánica, más espontánea y menos autocomplaciente. El vértice de su interpretación estuvo en su versión de “Ah, non credea mirarti”, justamente el aria en el que la técnica es menos importante pero en que es necesario llegar a conmover al espectador. La soprano destacaba sobre los demás cantantes, pero ello no significa demérito alguno para estos. Con cuarenta años cumplidos  Juan Francisco Gatell, que hasta ahora se había escuchado sobre todo como tenor ligero en las óperas cómicas de Rossini, ha decidido dar un paso adelante y afrontar un papel que fue escrito para Giovanni Battista Rubini, que era un tenor capacitado para hacer cosas sobrenaturales, lo que hace difícil encontrar hoy a un cantante capaz de hacer justicia a las obras pensadas para él. El argentino, en efecto, pareció en principio encontrar dificultades en el Do agudo de su cabaletta del primer acto, pero en el segundo el problema había desaparecido y su prestación fue impecable. Muy bien Riccardo Zanellato (Conde Rodolfo) y en los papeles menores, aunque en todos hay momentos de protagonismo, cumplieron a satisfacción los alumnos de la Fabbrica, el curso de ópera destinado a la formación de artistas jóvenes. Se trataba de Valentina Varriale (Lisa), Reut Ventorero (Teresa) y Timofei Baranov (Alessio).
Aun con una vertiente vocal adecuada en su conjunto, esta edición de La Sonnambula no acabó de convencer. La dirección de Speranza Scappucci fue fragmentaria y careció de una visión unitaria de la ópera, especialmente en lo relativo a los tempi, lentos en ocasiones y en otras demasiado acelerados. Los pasajes de conjunto quedaron algo desequilibrados, porque se permitió a todo el mundo cantar y tocar forte con lo que se taparon unos a otros.
La dirección escénica de Giorgio Barberio Corsetti, de quien se recordaban producciones mucho mejores, se limitó a lo indispensable, sin un trabajo en profundidad sobre los personajes, dejando a la escenografía y a las proyecciones la responsabilidad del espectáculo. Los vídeos de Gianluigi Toccafondo tuvieron una presencia contante pero no quedó claro qué relación podían tener con la música con sus imágenes moviéndose vertiginosamente y llegando a molestar en los momentos más estáticos de la ópera. Los decorados de Cristian Taraborrelli propusieron un mundo en que las dimensiones eran desproporcionadas, con objetos  gigantescos en relación con las figuras humanas y unas casas pequeñísimas. Es probable que se quisiera sugerir con ello un mundo de sueños infantiles pero La sonnambula no es una fábula para niños.  * Mauro MARIANI