Theater Basel
Strauss, Richard ELEKTRA
Rachel Nichols, Ursula Hesse von den Steinen, Paulina Linnosaari, Rolf Romei, Michael Kupfer-Radecky, Domen Krizaj, Evelyn Meier, Matthew Swensen, Jose Coca Loza, Mona Somm, Sofia Pavone, Anastasia Bickel, Kristina Stanek, Sarah Brady, Haley Clark. Dirección: Erik Nielsen. Dirección de escena: David Bösch. 1 de febrero de 2018.
 
Rachel Nicholls y Ursula Hesse von den Steinen, Elektra y Klytämnestra en Basilea © Theater Basel / Sandra Then 
David Bösch, responsable escénico de esta Elektra de Basilea, realizó una lectura que, más allá de la violencia de los acontecimientos –el asesinato de Agamenón a manos de su esposa Klytämnestra y del amante de esta, Aegist–, profundizó en el trauma infantil de la protagonista. La consecuencia de ello es el complejo que lleva su nombre, en la voluntad de no crecer y de permanecer para siempre en una infancia eterna, la de los juegos con su hermano Orest, siempre con la figura paterna omnipresente. Al mismo tiempo, Klytämnestra, es un monstruo que se alimenta literalmente de la sangre que ella misma derrama o la de su hija, manteniéndose eternamente joven, también enchufada a unos cadáveres ovinos despellejados. Escénicamente, uno de los momentos más logrados fue precisamente la espectacular entrada de la madre-tirana y el dúo con su hija. También el momento en que Orest comete el matricidio y el asesinato de Aegist fue muy impactante, con las paredes del palacio borboteando sangre sin parar hasta los acordes finales. Hubo un momento de cierta comicidad, cuando Elektra, en lugar de querer usar el habitual hacha, se presenta con una sierra mecánica a lo Viernes 13, que no consigue encender, le falta la fuerza de su hermano y rechaza la sierra para recuperar el hacha original. Después de tanta intensidad escénica, al público le costó recuperar el aliento cuando cayó el telón.
Musicalmente fue de menos a más. La lectura del director de la casa, Erik Nielsen, empezó demasiado majestuosa y carente de tensión. Si bien el sonido que conseguía extraer era brillante y muy compacto, los tempi escogidos restaron algo de fuerza a la extenuante partitura. Seguramente quiso dosificar la presión musical, viendo también la ajustada entrada de la competente Rachel Nichols en “Allein! Weh, ganz allein”. La soprano británica, que se está labrando un nombre en el repertorio más dramático, empezó algo irregular, con la voz poco timbrada y quizás con falta de calentar, notas caladas, cuerpo vocal algo deficiente y muchas notas forzadas y al borde del grito. Pero, al igual que la dirección de Nielsen, su prestación fue de menos a más –mucho más–, ofreciendo una página impactante junto a Ursula Hesse von den Steinen (Klitëmnestra) y un final destellante. Hesse quizás no tiene la autoridad de una Varnay o, más recientemente, la sutileza de una Meier, pero realizó una prestación muy notoria y sobre todo, escénicamente emocionante.
Quizás las voces más homogéneas fueron las de Paulina Linnosaari (Crysothemis) y de Michael Kupfer-Radecky (Orest), por su belleza y por una prestación globalmente muy compacta. La soprano finesa posee un hermoso timbre de lírica que compenetraba muy bien con el incisivo de Nichols. Kupfer-Radecky, habitual de los curiosos Ring del Tirol, mostró un timbre muy impactante y la solidez necesaria para Orest. Muy bien el resto del reparto y comprimarios, que se volcaron en dar fuerza a esta efectiva y gore Elektra* Albert GARRIGA