Teatro alla Scala
Gluck ORPHÉE ET EURYDICE
Juan Diego Flórez, Christiane Karg, Fatma Said. Dirección: Michele Mariotti. Dirección de escena: Hofesh Shechter y John Fulljames. 28 de febrero de 2018.
 
Juan Diego Flórez, gran atractivo del Orphée et Eurydice en Milán © Teatro alla Scala / Brescia e Amisano 
Regresó el Orfeo de Gluck a La Scala casi veinte años después de la edición dirigida por Riccardo Muti y lo hizo en la versión de 1774, por primera vez en francés. La producción procedía del Covent Garden de Londres, donde fue representada en la temporada 2015-16. La dirección escénica estaba firmada a cuatro manos por Hofesh Shechter y John Fulljames, con escenografía y vestuario de Conor Murphy, diseño de luces de Lee Curran y, sobre todo, coreografía del propio Shechter, realizada por su compañía de 22 bailarines. El resultado de todo ello es un oratorio en forma semiescénica. El descenso a los infiernos es el de los mineros a las galerías subterráneas, apenas iluminadas por lámparas de acetileno. El vestuario consta de ropas deterioradas y manchadas de carbón, lo mismo que el rostro de Orfeo. No es el caso de Eurídice, que exhibe un elegante vestido de seca azul o el de Amor, en esmoquin de lamé dorado. Determinante también resultaba la presencia en silueta de Eurídice, dos veces envuelta en llamas.
La vertiente musical revistió el mayor interés gracias ante todo a la tersa y alada dirección de Michele Mariotti, a quien siguió con gran participación la orquesta de La Scala. Admirable el esfuerzo de todos, comprendido el del coro que siempre dirige impecablemente Bruno Casoni y de un cuadro de solistas bien elegido y actuando en sintonía, con buenas aportaciones de las sopranos Christiane Karg en el rol de Eurydice y Fatma Said como óptimo Amour.
El público, aunque no en gran número, había acudido en definitiva a oír al divo Juan Diego Flórez, el Orfeo tenor –o en todo caso Haut-contre– en la versión francesa, y cabe decir que todo en él rozó la perfección, desde la musicalidad exquisita a la facilidad en el canto y en la extensión, en una voz que con el paso del tiempo no ha perdido esmalte en el registro agudo, todo ello aliado a la elegancia en la figura y la postura escénica siempre apropiada sea cual sea la regia que se le imponga en un vano intento de desvirtuar su natural nobleza, así como, dulcis in fundo, la superioridad del intérprete que acierta siempre a catalizar la atención con su innegable carisma.  * Andrea MERLI