CRÍTICAS

Opéra National du Rhin
Massenet WERTHER
Massimo Giordano, Anaik Morel, Régis Mengus, Kristian Paul, Jennifer Courcier, Loïc Félix, Jean-Gabriel Saint-Martin, Marta Bauzà, Stefan Sbonnik. Dirección: Ariane Matiakh. Dirección de escena: Tatjana Gürbaca. 9 de febrero de 2018.
 
 
Dos detalles del montaje de Werther firmado por Tatjana Gürbaca © Opéra National du Rhin
 
Werther es el prototipo de héroe romántico, idealista, ensimismado; el hecho de que Goethe escogiera el formato epistolar como forma para su inmortal novela refuerza ese punto de vista absolutamente narcisista. Por el contrario, la ópera de Massenet permite un acercamiento más en detalle a otros protagonistas de la historia, y muy en particular al personaje de Charlotte, víctima y causante del sufrimiento de Werther. Esta producción proveniente de Zúrich tomó al vuelo esa posibilidad y apostó claramente por una visión femenina (¿feminista?) de la obra. Para la regista alemana Tatjana Gürbaca, Massenet introdujo en su ópera rasgos del personaje de Charlotte que no aparecen en la obra de Goethe: su amor por Werther y su culpabilidad al respecto, en los que incidió esta producción. Para Gürbaca, la ciudad de Wetzlar en la que se sitúa la acción es un lugar lúgubre y claustrofóbico donde el mundo de los hombres y el de las mujeres no se mezclan. Werther, una especie de dios caído del cielo, insufla vida nueva a este aburrido medioambiente representado por una simple habitación de madera llena de escotillas por donde entran y salen los personajes. Flashbacks y proyecciones al futuro –con una pareja de ancianos representando un final alternativo de los protagonistas– completaron una puesta en escena sobria y muy exitosa.
Probablemente sin intención, el elenco vocal también estuvo claramente descompensado a favor de las damas. A la estupenda Charlotte de Anaik Morel, muy convincente en su doble papel de esposa abnegada y amante imposible, se unió la frescura y el buen hacer escénico de Jennifer Courcier en el rol de Sophie. Massimo Giordano fue un protagonista voluntarioso y de agradable voz, pero su francés aproximativo estropeó buena parte de su actuación, y estilísticamente sonó demasiado italiano. Régis Mengus no brilló particularmente en el ingrato rol de Albert pese a su indudable corrección idiomática y estilística. El resto de cantantes, así como el coro femenino, estuvo en su lugar, con mención especial para las simpáticas intervenciones de los niños de la Maîtrise de la Opéra National du Rhin.
Pero la que sin duda fue la sensación de la noche fue Ariane Matiakh a la batuta. Desde la obertura hasta el final de la obra, su dirección fue extremadamente precisa y detallada, como si hubiera reflexionado largo y tendido sobre cada aspecto de la partitura. En sus manos, la Sinfónica de Mulhouse sonó como casi nunca ha sonado.  * Francisco J. CABRERA