CRÍTICAS

Opéra Théâtre de Metz Métropole
Chaikovsky EVGENI ONEGIN
David Bizic, Isabelle Cals, Julie Robard-Gendre, Jonathan Boyd, Misha Schelomianski, Marie Gautrot, CécileGalois, Lars Piselé. Dirección: Benjamin Pionnier. Dirección de escena: Pénélope Bergeret. 2 de febrero 2018.
 
Al frente de la orquesta de la casa, Benjamin Pionnier, fiel a la partitura, impuso harmonía y tempo al foso y al escenario. Cuerdas, maderas y metales describieron lo evidente –bailes y fiestas– y también el invisible estado anímico de los personajes. Trató el director con mimo a los cantantes, anticipando sus entradas, explicitando los ritmos y relevando las intensidades requeridas del canto, manteniendo así la continuidad de la romántica historia, con mano de hierro, con ciencia y con paciencia también.
Con paciencia también porque se dieron sobre el escenario gritos, ritmos no respetados, dudas y desequilibrios al inicio de la velada. El encuentro inicial entre las dos parejas protagonistas tuvo lugar a temperatura siberiana. Solo el coro (Nathalie Marmeuse) se salió con bien en todo momento. Las aguas empezaron claramente a volver a su cauce al final del aria de Tatiana, al cabo de la cual Isabelle Cals recobró serenidad tras haber superado el escollo. A partir de este momento fueron tranquilizándose también los cantantes y la noche concluyó a un buen nivel artístico, consolidada por el aria de Grémine (Misha Schelomianski imperial) y el dúo final entre los dos protagonistas.
David Bizic fue un Onegin excesivamente brusco, al límite de la brutalidad para con la frágil Tatiana al principio de su encuentro. Se valió para ello de su macizo porte físico, nada afín con al carácter romántico del personaje, y también de su timbre viril y su emisión contundente. El barítono mantuvo idéntica actitud ante su amigo Lenski, y solo calmó su ímpetu vocal a la vuelta de su largo viaje “al extranjero”. No decepcionó Jonathan Boyd (Lenski) en sus dos magníficas canciones. Curiosamente las cantó sin ligazón vocal –timbre y tempo, esencialmente– con lo que había cantado antes y con lo (poco) que cantó después. Como lo hubiese hecho en un concierto.
Es muy posible que la causa del nerviosismo inicial que se apercibió en el escenario, viniese de Isabelle Cals (Tatiana), algo insegura hasta la escritura de la carta –como se ha comentado–, tranquila, despreocupada, aparentemente feliz en la piel de la esposa del príncipe  Grémine después. Completaron el reparto Julie Robard-Gendre (Olga), Marie Gautrot (Madame Larina), Cécile Galois (una excelente Filipevna) y Lars Piselé en el papel de Monsieur Triquet.
Salúdese el trabajo escenográfico de Benoît Dugardyn, modelo de sobriedad y de equilibrio, y el enorme y rico vestuario diseñado por Julie Lance para solistas y coro. La puesta en escena (Pénélope Bergeret) se ocupó más de los movimientos del coro –complejos y muy bien resueltos– que de los de los solistas, que se quedaron en más de una ocasión en mitad del escenario sin saber qué hacer de sus cuerpos.  * Jaume ESTAPA