CRÍTICAS

Opéra Bastille
Verdi. UN BALLO IN MASCHERA
Piero Pretti, Simone Piazzola, Sondra Radvanovsky, Varduhi Abrahamyan, Nina Minasyan, Mikhail Timoshenko, Marko Mimica, Thomas Dear, Vincent Morel, Hyoung-Min Oh. Dirección: Bertrand de Billy. Dirección de escena: Gilbert Deflo. 6 de febrero de 2018.
 
Piero Pretti y Sondra Radvanovsky, Riccardo y Amelia en París © Opéra National de Paris / Emilie Brouchon 
 
Habría que remitirse a lo que se dijo en su día (en ÓPERA ACTUAL 103) sobre esta puesta en escena vista en 2007: Gilbert Deflo volvió a plantar a los intérpretes en la parte delantera del escenario para que cantaran sin estorbos, a la antigua. El simbolismo primó sobre el realismo en la escenografía de William Orlandi, en blanco y negro, lo que conllevó una excesiva frialdad a la historia, truculenta sí, pero que contenía también el calor de los amores prohibidos, y del odio y de la venganza.
Bertrand de Billy lanzó la orquesta por derroteros pesados y lentos, más afines a la torpeza moral de los personajes, a la negrura de sus pensamientos y de sus actos, que por los senderos del romanticismo positivo de la música del compositor. No fue pues ignorancia por parte del director sino sabiduría y ganas de entrar verdaderamente en la historia. Siguió por caminos que conducían a terrenos lúgubres y deshabitados a lo largo de la velada, sin que se notase en ningún momento, salido del foso, el resplandor de los palacios que también arropaban la trama.
Sondra Radvanovsky, Amelia verdiana hasta la médula, dramática y lírica, atenta a las esperadas arias, pero también a cada una de sus intervenciones por breves que fuesen. Totalmente segura de sus medios vocales, su emisión de largo espectro llegó, del forte al piano, hasta los más recónditos lugares de la inmensa sala. Impuso también, en algún momento, su tempo –que era el verdaderamente verdiano- al foso. Evitó la mayoría los escollos de la partitura, aunque tropezó en alguno de ellos por falta de volumen en alguna que otra nota grave. Oscureció su timbre, incluso en aquellos breves momentos de expansión amorosa, consciente pues del sufrimiento que representaría para todos su deserción matrimonial. Fueron los de Amelia y de Riccardo amores tristes si los hubo.
Piero Pretti –Riccardo– empezó su intervención con una cierta timidez. Muy centrado en las arias de lucimiento, que interpretó con elegancia, dejo totalmente de lado, recitativos, dúos y el resto de su trabajo. El tenor hizo gala de un bello timbre y mostró potencia pero a fuerza de comerse las consonantes, no se entendía lo que iba recitando. Anonadado por la primera gran aria de Radvanovsky, con la consiguiente reacción del público (hasta entonces totalmente quedo) disminuyó su presencia vocal a partir de este instante.
Simone Piazzola –Renato–, falto de medios vocales, quiso valorizarse a través de sus dos arias mayores, bien trabajadas, alargando innecesariamente la nota final, buscando el aplauso que obtuvo en cada caso. El timbre claro y bello, casi cristalino de Varduhi Abrahamyan –Ulrica- era ya incompatible con su rol. Añádase su falta de potencia, su mayor facilidad vocal en el registro agudo que en el grave, y la relativa brevedad de su personaje para diagnosticar como error de distribución su presencia en el escenario. Nina Minasyan fue muy aplaudida. Es la artista muy bajita -desde la platea parecía una niña- y cantó con presteza y devoción sus arias. Una vez más, dígase que el trabajo de un cantante no es tan solo de cantar bien sus arias sino cantar inteligiblemente toda su partitura. Lo cual no fue aquí el caso. Mikhail Timoshenko fue un Silvano verosímil, tanto como también lo fueron Marko Mimica –Samuel– y Thomas Dear –Tom–, como los compinches del atentado.  * Jaume ESTAPÀ