CRÍTICAS

Staatsoper Unter den Linden
Wagner  TRISTAN UND ISOLDE
Andreas Schager, Stephen Milling, Anja Kampe, Boaz Daniel, Ekaterina Gubanova. Dirección: Daniel Barenboim. Dirección de escena: Dmitri Tcherniakov. 11 de febrero  de 2018.
 
Dos detalles del montaje de Tristan und Isolde en Berlín © Staatsoper Unter den Linden / Monika Rittershaus
 
 
El tenor austriaco Andreas Schager (Tristan) y la soprano lírico-dramática alemana Anja Kampe (Isolde) forman la pareja wagneriana del momento. Se entienden bien en el escenario, no hay desequilibrio en la actuación dramática, tienen un extraordinario talento y comparten una técnica de canto que les permite bucear en las franjas de graves y agudos de forma sostenida, con energía y delicadeza. Objetivamente ambos poseen, además, un timbre hermoso y una dicción perfecta. Y sin embargo, en esta nueva producción del regista ruso Dmitri Tcherniakov, no lograron conmover al público. El maravilloso dúo del segundo acto “O sink hernieder, Nacht der Liebe” resultó arcilloso y en el tercero, la mímica de la locura, de la ceguera a la realidad, se impuso a los gestos de amor. Tristan, en pijama hospitalario, desaliñado y enajenado, dejó a Isolde el espacio justo para su Liebestod. Fue un epílogo musicalmente impecable, una muerte de amor prendida en cada nota, una glorificación del amor absoluto, la unión completa y dichosa más allá de la existencia física. Pero no conmovió. Schager, que acababa de interpretar Siegfried con Christian Thielemann en la vecina ciudad de Dresde y mutará en Parsifal en el cercano Festival de Pascua de Berlín, fue, en la producción de Tcherniakov el hombre de confianza de un rey Marke (Stephen Milling) con tufo de oligarca. El primer acto transcurre en un yate de lujo, entre maderas nobles, un bar bien repleto y una televisión de plasma conectada a cámaras de seguridad exterior que muestran el mar de proa. El segundo acto se sitúa en un salón de baile que evoca los años 50 y, el tercero, en el castillo de Kareol, en una habitación de paredes empapeladas amueblada con un par de sillas, un armario destartalado y, como en casi todas las producciones de Tcherniakov, un sofá. Tres ambientes dispares para una historia de traición, de pérdida del honor, de culpa, penitencia y del amor entre dos personas íntimamente unidas pero separadas en la vida y en la muerte. “En el fluctuante torrente, en la resonancia armoniosa, en el infinito hálito del alma universal, en el gran todo... Perderse, sumergirse... Sin conciencia”, reza un aria que representa la esencia de la metafísica wagneriana.
Tristan und Isolde es el primer gran estreno que tiene lugar en la renovada Staatsoper Unter den Linden, la primera oportunidad real de descubrir la nueva acústica del teatro, tras un arranque de temporada con obras declamadas y la ópera navideña Hansel y Gretel. La Staatskapelle, dirigida por su titular, Daniel Barenboim, no decepcionó. Tras un preludio lleno de colores y matices, el maestro argentino-israelí se introdujo por enésima vez en una partitura que conoce y siente, en búsqueda de nuevos recovecos. No siempre hubo sintonía con los cantantes, pero la orquesta ofreció muchos y grandes momentos de un romanticismo exquisito.
Un estreno de éxito para la Staatskapelle y los cantantes. Compartieron la ovación a los protagonistas  la mezzo rusa Ekaterina Gubanova (Brangäne), una de las mejores de su generación; el barítono israelí Boaz Daniel (Kurwenal), y el tenor alemán Stephan Rügamer (Melot). El regista ruso, de moda pero sobrevalorado, fue aplaudido y abucheado por igual.  * Cocó RODEMANN