CRÍTICAS

Teatro Real
Weill  STREET SCENE
Geoffrey Dolton, Jeni Bern, Scott Wilde, Lucy Schaufer, Harriet Williams, Eric Greene,
Patricia Racette, Joel Prieto, Tyler Clarke, Paulo Szot, Gerardo Bullón, Michael J. Scott,
Marta Fontanals-Simmons, Mary Bevan, Richard Burkhard. Dirección: Tim Murray.
Dirección de escena: John Fulljames. 14 de febrero de 2018.
 
Street scene, de Kurt Weill, llegó a Madrid © Teatro Real / Javier del Real 
 
A la ópera norteamericana le pasa un poco lo que le ocurrió a la española: así como se suele despeñar cuando se toma demasiado en serio y emprende vuelos muy altos, se crece cuando se nutre del musical, como cuando la española se inspira en la zarzuela. Se tuvo un buen ejemplo con Dead Man Walking y se puede apreciar de nuevo con Street Scene, con la que el alemán Kurt Weill, ya instalado en Estados Unidos después de su salida forzada de Europa, intentó crear una auténtica ópera norteamericana. Para ello fundió en una obra larga y ambiciosa la tradición operística –voces, arias y dúos, e incluso un ballet, como en la ópera francesa– y la del musical (largas partes habladas, cantables, música popular, coreografía, temas de la realidad cotidiana, en este caso la vida en una corrala del Manhattan de hace setenta años).
El libreto relata un crimen pasional de celos, perfectamente trivial, y concede una gran importancia a la descripción costumbrista, lo que explica el muy copioso reparto requerido. La música, nada emotiva, se mueve entre la evocación pucciniana, en los casos más operísticos, hasta algunas melodías de vuelo muy rasante, con números atractivos basados en tradiciones más o menos populares, desde el blues a los toques jazzísticos, todo con esa demagogia un poco desgarrada y en el límite de lo vulgar, tan propia de Weill y su peculiar proyecto artístico.
La soprano dramática Patricia Racette, de voz imponente y gran presencia escénica, dio vida a la desdichada Anna Maurrant. El barítono Paulo Szot exhibió un instrumento poderoso y flexible para caracterizar a su celoso y alcohólico marido, mientras que la soprano ligera Mary Bevan encarnó, con la requerida fragilidad y una voz limpia y luminosa, a la hija de ambos, que se mueve –como el propio género de la obra– entre la llamada de Broadway y el puro amor de un adolescente estudioso. Este último papel lo bordó el tenor español Joel Prieto, con una interpretación conmovedora y una línea de canto excelente. Todo el reparto, en buena medida español, brilló a gran altura. Se puede destacar al niño cantante Matteo Arruñedo y a Sarah-Marie Maxwell y Laurel Douglas, encargadas del número de las niñeras, más mecánico y menos chispeante que el correspondiente de Agua, azucarillos y aguardiente.
El Coro Titular y los dos juveniles de la JORCAM, así como la Orquesta, lo tenían muy difícil, porque este repertorio exige una manera muy propia de abordar la melodía y el ritmo, pero bajo la brillantísima, precisa y cuidadosa dirección de Tim Murray consiguieron superar la prueba con solvencia. La puesta en escena de John Fulljames resultó eficaz y espectacular a la vez, con un único decorado, muy vistoso, que solo en una ocasión (un bailable) deja paso a las luces de Nueva York. Ahora que se ha cruzado el Rubicón de los géneros, queda por ver si el Real programará alguna zarzuela o algún musical de verdad. De Street Scene a West Side Story, Sonrisas y lágrimas o Coco, más contemporáneo, hay un paso muy pequeño.  * José María MARCO