CRÍTICAS

Teatro de La Zarzuela
Chapí  LA TEMPESTAD
Juan Echanove, Mariola Cantarero, Ketevan Kemoklidze, José Bros, Carlos Álvarez, Carlos Cosías, Alejandro González. Dirección: Guillermo García Calvo. V. de Concierto, 16 de febrero de 2018.
 
Cualquier obra lírica en versión de concierto tiene ventajas e inconvenientes. Una vez superada la desubicación que provoca la falta de trasfondo escénico, los repartos suelen ser de mayor calidad –no es lo mismo contratar a una gran voz por una semana que por tres–, los papeles mejor cantados –por cuanto su concentración en el canto es casi absoluta– y el tratamiento orquestal más matizado y natural. Todo esto, en grado superlativo, sucedió con el retorno al escenario del Teatro de La Zarzuela de La tempestad, una de esas obras con aureola de mito pero que en la realidad se programan mucho menos de lo que su partitura merece. El reparto era, a todas luces, inalcanzable para cualquier producción normal de temporada y también el más equilibrado hasta la fecha.
La dirección del teatro sigue apostando por adaptar los textos cuando se precisa, y en esta transformación estuvo el primer gran acierto: los diálogos fueron sustituidos por el punto de vista único de un narrador que cuenta en retrospectiva los hechos. El nuevo texto estuvo hecho con gusto y el resultado fue muy coherente. A esto se suma que la decisión solucionaba uno de los puntos flacos asiduos de cualquier montaje –que los protagonistas son antes cantantes que actores–, y el nivel en cuanto a actuación dramática de Juan Echanove fue inmejorable. Como narrador/pescador supo impartir una clase magistral sobre cómo construir un personaje a base de inflexiones de voz y sencillez expresiva. Su parlamento final puso en pie a todo el teatro.
Respecto a los cantantes, prácticamente todo fueron alegrías. Carlos Álvarez fraguó a fuego lento la maldad de Simón, y aprovechó su cuidado timbre de barítono para mimetizarse con el interior turbio de su personaje y sus arrepentimientos finales. José Bros hizo gala de su trabajada cantabilidad para resolver con enorme elegancia las esquinas de un personaje que presentaba muchas aristas técnicas para sus posibilidades. Sorprendió la vis cómica del Mateo de Carlos Cosías, un registro en el que sin duda el tenor debería estar más activo, y muy honesta la aportación de Alejandro López como Juez. Mariola Cantarero fue creciendo durante la representación desde sus intervenciones iniciales, algo menos intensas, hasta un final con la voz perfectamente colocada y unos agudos plenos de emoción. La mezzo Ketevan Kemoklidze redondeó con presencia y un timbre sugerente un reparto sin hendijas palpables.
Con todo, tal vez la mejor parte se la llevó la dirección de Guillermo García Calvo: atento al empaste, con crescendi muy bien planificados, el director español llevó a la orquesta a una sonoridad completa y matizada a la que la ORCAM no llega con la asiduidad que se desearía. Con el volumen preciso y la ductilidad para adaptarse a la voz de cada cual, el maestro madrileño no pudo dejar mejores credenciales.  * Mario MUÑOZ