CRÍTICAS

ABAO-OLBE
R. Strauss  SALOME
Jennifer Holloway, Egils Silins, Daniel Brenna, Ildikó Komlósi, Mikeldi Atxalandabaso,
Itxaro Mentxaka. Dirección: Erik Nielsen. Dirección de escena: Francisco Negrín. 
Palacio Euskalduna, 17 de febrero de 2018.
 
Pie de foto: El Palacio Euskalduna acogió el montaje de Salome de Francisco Negrín © ABAO-OLBE / E. Moreno Esquibel 
Una producción un tanto singular la de Francisco Negrín para Salome, basada en un cilindro giratorio que por su lado cóncavo sirve de salón de Herodes, en el que se produce la fiesta, y por el convexo presenta la acción cuando no se requieren los figurantes. El cilindro aloja una esfera en cuyo interior –supuestamente la celda de Jochanaan, aunque luego sirva para otros menesteres– se produce la primera aparición del profeta, envuelto en proyecciones de coloridas manchas algo surrealistas. Para la danza de los siete velos cambia el espacio por una simple habitación en la que nuevamente se proyectan imágenes, mientras debería bailar la joven Salome. La dirección escénica no quiso que la princesa bailara, lo que no puede considerarse una buena decisión. Strauss compuso una música deliciosa para esa secuencia y es obvio que está destinada a un baile de carácter sensual del que esta propuesta se priva al espectador. Y no puede decirse que represente un gasto inmenso: hoy cualquier escuela de baile puede proporcionar una bailarina más que apta, y el cambiazo de la danza por una violación, como aquí ocurre, es inconsistente. No es una producción que enamore, ni mucho menos, aunque con la ayuda de una inteligente iluminación de Bruno Poet presentó bellos momentos. El vestuario y la escenografía, ambas de Louis Desiré, mostraban una intención de atemporalidad: hay soldados nazis, chicas de cabaret, el profeta en túnica cochambrosa, los partícipes de la fiesta en trajes de noche, los judíos como recién salidos del Lower East de Nueva York... Todo demasiado rebuscado y nada verdaderamente interesante.
Fue en lo musical donde se cimentó el éxito de la representación. La Sinfónica de Bilbao sonó espléndida, afinada y precisa, muy bien llevada por la mano de su titular, Erik Nielsen, que supo sacar –y muy bien– jugo a la resplendente y fina orquestación straussiana, cuidando cada matiz, marcando cada nueva aparición de los Leitmotive que se pasean por la obra, llevando los acentos en forte a niveles pletóricos pero sin apagar a los cantantes y logrando una bella sonoridad en los piani orquestales; en suma, una gran prestación.
Encarnó a Salome la estadounidense Jennifer Holloway, que estuvo magnífica: si no es su voz de una gran belleza, toda su línea de canto, muy especialmente en las escenas finales, fue encomiable, grandiosa con sus agudos poderosos, y los bajos algo más débiles pero igualmente expresivos. Daniel Brenna dio vida a Herodes; es un tenor que canta bien y que supo dar los matices adecuados a su personaje. Jochanaan fue encarnado por Egils Silins, de atractiva voz aunque no muy poderosa, lo que fue un handicap para los muchos momentos en los que canta en interno. Ildikó Komlósi fue una Herodías solo suficiente y Mikeldi Atxalandabaso, un verdadero lujo para el personaje de Narraboth, que bordó canora y escénicamente. Los cinco judíos supieron diferenciar bien sus líneas para dar verosimilitud a sus trifulcas religiosas; y con sus más y menos cumplió todo el resto del numeroso reparto. Fueron generosos los aplausos, especialmente a Holloway, Nielsen y la Orquesta.  * José Miguel BALZOLA