CRÍTICAS

Opéra de Monte-Carlo
Britten PETER GRIMES
José Cura, Yoachim Amato, Ann Petersen, Peter Sidhom, Carole Wilson, Micaela Oeste, Tineke Van Ingelgem, Michael Colvin, Brian Bannatyne-Scott, Christine Solhosse, Philip Sheffield, Trevor Scheunemann, Michael Druiett, Alain D’Ayral.
Dirección: Jan Latham-Koenig. Dirección de escena: José Cura. 20 de febrero de 2018.
 
José Cura protagonizó y firmó la puesta en escena de Peter Grimes © Opéra de Monte-Carlo / Alain Hanel
 
El título de esta reseña hace referencia a la comparación, odiosa como todas, de la puesta en escena de José Cura vista ahora en Mónaco con la de Werther presentada por otro cantante y director de escena, Rolando Villazón, vista hace un tiempo en Lyon. Lo que allá fue desviación, sobreactuación, colorido y locura, en el mundo burgués apacible y tranquilo de la historia, fue aquí mesura, fidelidad al texto y estabilidad formal en la comunidad en efervescencia de pescadores endurecidos. Sin duda quiso Cura como regista trabajar en prioridad para él mismo como tenor protagonista y fue con razón, no en balde la ópera llevaba el nombre de su personaje. No olvidó la parte actoral, y así el artista argentino pudo demostrar sus capacidades dramáticas. El papel lo autorizaba y el intérprete lo demostró. En total fue la puesta en escena fiel al texto, perfectamente legible, las escenas de conjunto estuvieron perfectamente coordenadas, y también en algunos momentos fue onírica y fácil de descifrar. La escenografía condicionó el trabajo del director de escena: una torre adosada a una casa –una y otra situadas sobre una plataforma giratoria– representaron sucesivamente la escuela, la taberna, la iglesia y la casa de Grimes.
José Cura encarnó el personaje del pescador maldito con convicción verista; su expresión anglosajona fue clara como también su emisión. Ello creó un contraste, un conflicto –peccata minuta– con la negra personalidad del sufriente personaje. Dejando dicha contradicción a parte, la interpretación del tenor fue segura, expresiva, coherente con el texto y, por supuesto, audible, sin dudas ni fallos. Lo mismo, o casi, se dirá de la mayoría de los papeles secundarios, imposibles de analizar por ser muy numerosos. Cítense sin embargo los de Balstrode (Peter Sidhom, una voz muy interesante), Carole Wilson (Auntie de gran presencia) y Trevor Scheunemann (Ned Keene de voz contundente) como botones de muestra. No se podrá en cambio decir lo propio de Ann Petersen (Ellen), que si bien desempeñó con solidez la parte dramática, hecha de sobriedad y dulzura, y que propinó unos cuantos agudos redondos como soles, estuvo indecisa en otros momentos y francamente inaudible en el registro grave y en los pasajes piani.
Jan Latham-Koenig dirigió la orquesta como si se hubiese colocado al frente de una banda de cornetas y tambores de la Legión Extranjera. Ocultó el primer coro, el más lírico de la velada –por imposición poco comprensible de la puesta en escena, según parece–, hizo del episodio de la tormenta un concierto de bombo y platillo, y, de manera general, tuvo poco en cuenta la gran sonoridad de la sala, en detrimento de los solistas y en particular de la soprano, como viene dicho. El coro (Stefano Visconti) cumplió. Se mantuvo en un registro muy lírico e impresionó por su potencia al llamar repetidas veces a Peter Grimes con gran fuerza en el cuadro semifinal de la obra.  * Jaume ESTAPÀ