Grand Théâtre de Genève
Gounod FAUST
John Osborn, Adam Palka, Ruzan Mantashyan, Jean-François Lapointe, Shea Owens, Samantha Hankey, Marina Viotti. Dirección: Michel Plasson. Dirección de escena: Georges Lavaudant. 3 de febrero de 2018.
 
Georges Lavaudant se encargó del montaje de Faust en Ginebra © Gran Théâtre de Genève / Magali Dougados 
 
A pesar de lamentar la ausencia del previamente anunciado director español Jesús López Cobos en el podio de este título a causa de una enfermedad, la verdad es que no pudo haber mejor sustituto que el gran especialista en el repertorio francés Michel Plasson al frente de una Suisse Romande en estado de gracia. Plasson consiguió elevar este Faust a las máximas cotas de musicalidad, con un sonido voluptuoso, detallista hasta el extremo, y un control absoluto de las dinámicas, del fraseo de cada instrumento y de su conjunto. Lo hizo ya en los primeros acordes de la obertura, esos que en un adagio molto, inquietante y misteriosamente romántico, introducen lentamente ese mundo faustiano por el que Gounod sería acusado de cierta superficialidad, sobre todo por parte del público alemán. Lo cierto es que aunque el libreto de Barbier y Carré pueda pecar de cierta futilidad, musicalmente tiene momentos maravillosos y algunos muy presentes en la memoria operística universal. Y Plasson exhibió todo su poderío y, a pesar de los cortes habituales –una lástima, teniendo a disposición tan experimentada batuta–, hizo brillar como hacía tiempo que no se escuchaba a coro y orquesta de la casa.
Vocalmente la función contó con un elenco muy homogéneo y compacto que en su conjunto llevó a Faust a momentos de gran exquisitez. El tenor norteamericano John Osborn exhibió todos sus recursos y saber hacer, en cuanto a musicalidad y fraseo. Poseedor de un color de privilegiada belleza y un sentido musical conmovedor, presentó un Faust muy delicado y elegante. Su cavatina “Salut, demeure chaste e pure” resultó, simplemente, maravillosa, de intencionalidad en las dinámicas, aunque con alguna sonoridad de cabeza, blanquecina en el agudo, como el conclusivo Do natural que resolvió en una efectiva messa di voce. A su lado, Ruzan Mantashyan dibujó una Marguerite delicada y tierna. Ayudada por un físico privilegiado, su interpretación resultó conmovedora y muy sentida. Una dicción algo difusa no pudo ensombrecer una prestación redonda, sobre todo en la escena final de la cárcel.
El contundente Méphistophélès de Adam Palka impresionó con una voz de sobrada proyección y volumen, más pendiente del exceso que de la sutileza, aunque estuvo francamente redondo en “Le veau d’or est toujours debout!” o en la serenade “Vous qui faites l’endormie”. Por su parte, Jean-François Lapointe (Valentin) realizó una prestación muy sólida y competente –gustó mucho en “Avant de quitter ces lieux”– aunque también algo plana y poco matizada, que restaría efectividad a la escena de la muerte. Samantha Hankey fue un Siebel ejemplar que exhibió una homogénea voz, de adecuada proyección. La mezzosoprano americana estuvo especialmente brillante en su página “Faites-lui mes aveux”, en la que lució su particular paleta vocal. Muy competentes Shea Owens (Wagner) y Marina Viotti (Marthe), que cerraron un brillante elenco sin fisuras.
Escénicamente la producción firmada por Georges Lavaudant, aunque careció de interés, tampoco hizo ensombrecer ni un ápice la fantástica prestación musical. Hubo algún recurso de cierta efectividad, como la escena de las joyas –aquí convertidas en un espectacular vestido hecho con espejos– o los movimientos corales que se resolvieron con cierta sapiencia escénica, pero careció de la emoción y de la teatralidad necesaria.  * Albert GARRIGA