CRÍTICAS

The Royal Opera - Covent Garden
Bizet CARMEN
Kristina Mkhitaryan, Francesco Meli, Anna Goryachova, Gyula Nagy, Kostas Smoriginas. Dirección: Jakub Hrusa. Dirección de escena: Barrie Kosky. 6 de febrero de 2018.
 
Anna Goryachova, protagonista de Carmen en Londres © The Royal Opera House 
Esta versión de la popular ópera de Bizet, estrenada –y vista ya tres veces– en Frankfurt, sirve para demostrar que el género operístico no depende de musicólogos ni de científicos. El trabajo de Michael Rot –que firma una edición crítica de la partitura tomando como base la conocida versión de Guiraud– destruye la obra dejando un envoltorio vacío, una mezcla de relato en francés a través de textos que tratan de hilar la acción sin éxito. No hay coherencia dramática, pero en este montaje sí que está presente la típica coreografía que el regista Barrie Kosky usa para casi todas sus puestas en escena: distracciones por doquier, groserías y grotescas situaciones. Ante esta propuesta, casi es mejor leerse la novela de Mérimée escuchando una buena grabación de la ópera e imaginarse algo mejor. Kosky desmiembra la obra como si esta fuese un cadáver frente a un bisturí y lo peor del caso es que el público fue llevado a un lugar diferente al que quería ir: no a la ópera, sino a un escuálido cabaret.
Anna Goryachova lució espléndida como una popstar y no tuvo problemas en aparecer vestida como un gorila; la nueva generación de cantantes no tiene estos reparos. Pero como cantante su voz, que no es mala, reveló problemas de afinación y de fraseo, con mínimos matices. Kristina Mkhitaryan como Micaëla apareció vestida como niña tonta y se le hizo actuar dentro de esos límites; su voz es grande, más afín a otros roles menos etéreos, y esta producción hizo aparecer al personaje menos relevante que de costumbre. Todo el mundo conoce a Francesco Meli; el tenor italiano es un cantante de cierta valía en Verdi, pero Don José necesita una voz más dúctil, de color menos brillante, y además como actor estuvo a distancia de sus colegas. Lo mismo sucedió con Kostas Smoriginas, un Escamillo sin registro grave y que Kosky decidió pintar de tendencias homosexuales: toda una ofensa a la comunidad gay.
En esta mezcolanza de géneros teatrales no quedó nada de la ópera original, solo un cuerpo desmembrado. Es cierto que Jakob Hrusa dirigió desde el podio a todo los intérpretes con claridad y la orquesta sonó de manera excelente, pero la música no sirvió para rescatar este deprimente espectáculo.  * Eduardo BENARROCH