CRÍTICAS

ORTVE
Wolf-Ferrari IL SEGRETO DI SUSANNA
Raquel Lojendio, Javier Franco. Dirección: Guillermo García Calvo. MIRA Teatro, 12 de enero de 2017.
 
Raquel Lojendio y Javier Franco interpretaron Il segreto di Susanna bajo la batuta de Guillermo García Calvo © O. y C. de RTVE
 
Es un acierto programar óperas –o un intermezzo en este caso– en la temporada de la ORTVE, y más cuando el perfil de las mismas se aleja de lo que suele verse sobre los principales escenarios. La obra Il segreto di Susanna es un brindis a la superficialidad y a la ironía hecho desde las mejores definiciones de ambos términos. Juntando la dinámica relacional de La serva padrona, el tratamiento del sarcasmo de Le nozze di Figaro y todo el trasunto paródico que permite el discurso musical postromántico, se construye sobre una nadería un castillo de naipes divertidísimo que embelesa sin necesidad de trascender. Un conde percibe en el ambiente de su casa olor a tabaco y sospecha que su condesa le es infiel. Tras hacer creer que ha abandonado el palacio, vuelve a escondidas para encontrar a su mujer fumando, de lo que se alegra. Fin. Así, con dos cantantes, un personaje mudo, una trama intrascendente y una plantilla orquestal completa se construye una sátira que apenas necesita de tres cuartos de hora para reírse de la apatía de la nobleza fin de siècle.
Fieles a ese espíritu, los dos cantantes del reparto cumplieron con entusiasmo. El barítono Javier Franco en el personaje de Conde jugó casi todas las cartas a su innegable vis cómica; construir decentemente un personaje sobre la base de olisquear el escenario realmente tiene mérito. Su papel, sin ser exigente, requiere de mucho magnetismo vocal y el perfil vocal más bien ligero que atesora le benefició, con agudos bien colocados y un registro medio-grave menos lucido. A ratos Conde de Almaviva, en ocasiones Uberto, se ganó la simpatía del público desde su primera intervención. Por su parte Raquel Lojendio supo ser todo lo superficial que requería el caso, sin por ello vaciar su timbre ni opacar la proyección. Su rol de Condesa se sostiene por unas intervenciones de melodismo desaforado, riéndose un poco de través de la cantabilità pucciniana. La musicalidad y el fraseo claro de la soprano canaria cumplieron sin problemas en ese paisaje.
Guillermo García Calvo encontró la sonoridad pomposa y con cierto artificio que la partitura le pide. Aunque la dinámica de trabajo con la orquesta no permite detenerse en detalles, se percibió un intento de paladeo del matiz tímbrico, en ocasiones muy bello. Dinámicas bien planificadas y un gesto claro acabaron por redondear una buena versión del intermezzo. La ORTVE respondió bien al concepto orquestal que planteó el director madrileño y no entró en laberintos innecesarios.
El único aspecto negativo de la velada fue la ausencia del libreto traducido en las notas al programa. Sin ser Walt Whitman, las palabras de Enrico Golisciani hubieran llegado más certeras, máxime sabiendo que no es una ópera de repertorio. En cualquier caso, un detalle menor que no oscureció la diversión.  * Mario MUÑOZ