CRÍTICAS

Oper Frankfurt
R. Strauss CAPRICCIO
Camilla Nylund, Gordon Bintner, AJ Glueckert, Daniel Schmutzhard, Alfred Reiter, Tanja Ariane Baumgartner, Graham Clark, Gurgen Baveyan. Dirección: Sebastian Weigle. Dirección de escena: Brigitte Fassbaender. 18 de enero de 2018.
 
Brigitte Fassbaender trasladó la acción de Capriccio a la Francia ocupada por los nazis © Oper Frankfurt / Monika Rittershaus
 
Una de las obras más enigmáticas del repertorio se ofreció en una producción atrevida y creativa de una artista que conoce su métier al detalle. La gran y fundamental mezzosoprano Brigitte Fassbaender ubica la acción en la Francia ocupada por los nazis, en la que la Condesa es miembro de la Resistencia, además del Mayordomo y de todos los sirvientes. Pero esto se descubre al final, aunque antes se hubieran dado suficientes pistas: la V de la Victoria, por ejemplo, y las ametralladoras escondidas en los estuches de los instrumentos de los músicos en escena. Capriccio es un experimento, pero es también un anhelo, una lucha por el arte sin política.
Madeleine es la directa sucesora de La Mariscala, y en un coup de théâtre el telón se cierra durante la introducción orquestal de la escena final para reabrirse con una sala similar a la anterior, pero vista en forma telescópica y con la figura de La Mariscala al fondo y en todo su esplendor, como si acabara de llegar de la corte de María Teresa. Es una visión conmovedora, tremenda, que dice mucho a quienes deseen interpretarla. Esta Mariscala avanza y al final, con la palabra en código souper, sobre la que tanto se había debatido toda la velada, el Mayordomo desabotona el vestido y la Condesa se viste con una gabardina y una boina de la Resistencia que aquí comanda el Mayordomo, a quien la Condesa besa y despide a sus sirvientes. Capriccio es vista como una mirada nostálgica de un compositor horrorizado por una guerra horrible. Fassbaender le explica al espectador que la obra es el arte por el que hay que luchar todo el tiempo, porque el arte tiene muchos enemigos, no solo los nazis.
Camilla Nylund fue una Condesa ideal, de voz cristalina y dicción clarísima, que abandona la pasión cercana por otra pasión mucho más grande. Gordon Bintner fue el Conde, una figura mundana, de otra época, mientras que Alfred Reiter presentó a La Roche como un bucanero de la escena, que flirtea con la bailarina Katharina Wiederhofer porque es obvio que ella desea tener un buen futuro. Tanja Ariane Baumgartner  es una Clairon intelectual que juega con el Conde, y AJ Glueckert y Daniel Schmutzhard fueron los rivales Flamand y Olivier.  Sydney Mancasola y Mario Chang divirtieron con sus hambrientos Cantantes italianos, Graham Clark fue un enigmático –¿espía?– Monsieur Taupe, y Gurgen Baveyan, el Mayordomo que se ocupa de todo.
Sebastian Weigle dirigió con mano liviana una obra que no siempre cuenta con puestas en escena inteligentes. Su orquesta respondió con bellísimos sonidos que hubieran hecho llorar a Richard Strauss, como durante la première en Múnich en 1942.  * Eduardo BENARROCH