Palau de la Música Catalana
Guinovart RÉQUIEM
Marta Mathéu, Josep-Ramon Olivé, Ferran Quílez. O. Simfònica de les Illes Balears. Dirección: Pablo Mielgo. 28 de enero de 2018.
 
El Palau de la Música acogió el estreno del Réquiem de Albert Guinovart © Palau de la Música / Antoni Bofill
 
Estrenar un Réquiem –una misa o responso de difuntos puesto en música– en pleno siglo XXI trasciende el propio rito religioso al que obedece el texto –en este caso, el latín de la misa católica– para sumergirse en una espiritualidad universal. Obra magna de cualquier catálogo de compositor, Albert Guinovart, como autor invitado del Palau de la Música Catalana en este curso, presentó su Réquiem con una música tan interesante como emocionante, de carácter netamente teatral y más bien optimista, que utiliza de la mejor manera el talento melódico y de orquestador de Guinovart para construir un edificio de ambiciosas proporciones de una hora de duración.
Estructurado en 14 secciones, para voz blanca, soprano, barítono, coro y orquesta sinfónica, este nuevo Réquiem se estrenó el 25 de enero en Palma para viajar tres días más tarde al Palau barcelonés junto a los intérpretes del estreno encabezados por la Simfònica de les Illes Balears dirigida por su titular, Pablo Mielgo. Llamó la atención lo alegre de las primeras secciones de esta “celebración de la vida”, que es como prefiere llamarlo su autor, ya que si bien el texto habla de muerte y esperanza, la música es casi siempre una fiesta. Con algunas citas a sus propias obras y otras a compositores como Orff en el tratamiento del coro o Bernstein en el carácter, la obra incorpora además partes de la misa moderna de difuntos, como el Subvenite Sanctus Dei e In Paradisum, sección, esta última, en la que aparece el carácter mortuorio en forma de marcha fúnebre.
Destacan por su belleza momentos como el Ingemisco a cargo de un expresivo Josep-Ramon Olivé, o el Hostias, con una brillante Marta Mathéu. Fundamental también resultan las frases a cargo del niño soprano Ferran Quílez. Para una segunda versión el compositor espera incorporar el Agnus Dei, aquí ausente por la extensión de la obra.
Antes, el conjunto balear ofreció la apasionada lectura de Mielgo de la Segunda Sinfonía de Brahms, que no escatimó en decibelios a pesar de cierta estridencia en el excesivo brillo de la cuerda aguda. Los aplausos del desorientado público al final del primer movimiento dieron paso a un Adagio non troppo cuyos primeros compases sonaron nerviosos y poco cohesionados, para decantar más tarde en frases seguras y sentidas. En las partes más rápidas del scherzante tercer movimiento, en todo caso, se perdió la acción de conjunto y la claridad en la interpretación, todo recuperado en un brillante finale* Pablo MELÉNDEZ-HADDAD