CRÍTICAS

Teatro Real
Jake Heggie DEAD MAN WALKING
Joyce DiDonato, Michael Mayes, Maria Zifchak, Measha Brueggergosman, Damián del Castillo, Roger Padullés, María Hinojosa, Toni Marsol, Marta de Castro, Viçenc Esteve, Enric Martínez-Castignani, Celia Alcedo, Marifé Nogales, Tomeu Bibiloni. Dirección: Mark Wigglesworth. Dirección de escena: Leonard Foglia. 26 de enero de 2018.
 
Michael Mayes  y Joyce DiDonato, protagonistas de Dead Man Walking en el estreno español de la obra de Jake Heggie © Teatro Real / Javier del Real
 
La historia de la religiosa Helen Prejean y Joseph De Rocher, condenado a muerte por asesinato, dio pie a una película bien conocida, Dead Man Walking, de Tim Robbins (1995). A su vez, la película atrajo la atención del escritor Terrence McNally, que se la propuso como tema al compositor Jake Heggie. La colaboración entre ambos dio lugar a la ópera ahora estrenada en el Teatro Real, con el mismo título que la película: Dead Man Walking. Por lo visto, la expresión designa al condenado a muerte conducido, en el sistema penitenciario estadounidense, al lugar de ejecución. Desde su estreno en 2002, ha sido repuesta más de 300 veces en todo el mundo, por lo que se ha convertido en una de las rarísimas óperas contemporáneas que no acaba en el ingente baúl de los recuerdos subvencionados.
El secreto del éxito de Dead Man Walking es fácil de describir (no así de imaginar ni de crear). Reside en un libreto de una gran intensidad dramática, concentrado en el empeño de la religiosa por salvar al condenado, sin miedo a la truculencia más despiadadamente guiñolesca, como la escena final de la ejecución en escena. Y consiste, por otro lado, en una música alejada de cualquier intento de renovación vanguardista, con una línea melódica fácil, el recurso a música popblues y rock, en particular–, estética de musical y la vuelta a formatos operísticos claros: obertura, arias o ariosos, dúos –particularmente abundantes–, escenas concertadas e incluso un sexteto como el que cierra el primer acto.
El canto, aunque heterodoxo, apela también a una vocalidad tradicional, bien establecida, que en la función del Real contó con exponentes de muy primera clase. Joyce DiDonato dio vida a la hermana Prejean con una voz dúctil, poderosa, sin el menor fallo y una expresividad extraordinaria. El barítono Michael Mayes prestó al asesino, además de una presencia escénica bien elocuente, un instrumento de una riqueza extraordinaria, capaz de momentos de extrema brutalidad y otros de casi inconcebible delicadeza. Maria Zifchak, en el papel de la madre de una de las víctimas –papel escrito en su día para Frederica von Stade–, dio una lección de claridad, sutileza y línea de canto: espléndida. También estuvo muy bien Measha Brueggergosman, en particular en su largo dúo con DiDonato en el segundo acto. Fabulosos los numerosos comprimarios, todos ellos españoles. Hay cantera para que se empiecen a cubrir con ellos los primeros papeles.
La puesta en escena, firmada por Leonard Foglia y procedente de la Lyric Opera de Chicago, es un modelo de variedad y concentración, base de un gran espectáculo atractivo para cualquier público. Particularmente notable fue la dirección de actores y los movimientos del coro y de los figurantes. La Orquesta y el Coro Titulares, junto con los Pequeños Cantores de la ORCAM, realizaron una labor precisa y brillante, bajo una dirección teatral, sutil y de gran efecto del maestro Mark Wigglesworth. Éxito fuera de serie, y bien merecido, con la propia hermana Prejean saludando como una auténtica estrella.  * José María MARCO