Metropolitan Opera
Puccini TOSCA
Sonya Yoncheva, Vittorio Grigòlo, Zeljco Lucic, Patrick Carfizzi. Dirección: Emmanuel Villaume. Dirección de escena: David McVicar. 6 de enero de 2017.
 
Vittorio Grigòlo, Sonya Yoncheva y Zeljko Lucic, protagonistas de la nueva Tosca del Met © Metropolitan Opera / Ken Howard 
Tras una plaga de cancelaciones que afectó tanto al cast como al director musical inicialmente previstos, esta nueva producción se estrenó el día de fin de año en una función sin acontecimientos especiales. El montaje, que se anunciaba como inspirado en el ya legendario de Franco Zeffirelli que reinó sin discusión en este teatro entre los años 1985 y 2009, contó con una escenografía atractiva y realista firmada por John Macfarlane que ayudó a crear una atmósfera tradicional y leal. La regia de David McVicar fue más bien contenida, con algunos toques innovadores no siempre convincentes, como cuando Cavaradossi se refresca la cara en la fuente del Agua Bendita antes de abrirle la puerta de la iglesia a Tosca.
Los dos intérpretes principales cantaban por primera vez en su carrera los roles de esta ópera, que en ambos casos les imponen llegar al extremo de sus dotes vocales. Pero tanto Sonya Yoncheva (Tosca) como Vittorio Grigòlo (Cavaradossi) supieron maniobrar y hasta superar las exigencias de sus respectivos personajes con un aplomo profesional admirable. Sin lugar a duda seguirán creciendo en confianza y seguridad a lo largo de las representaciones. Sobra decir que la cantante búlgara posee una de las voces de soprano más importantes y atractivas de la actualidad, aunque desde el punto de vista dramático divagó un poco como Tosca, especialmente en su relación amorosa con el Cavaradossi de Grigòlo.
La actuación más convincente fue la de Zeljko Lucic como Scarpia, a pesar de cantar como si estuviera leyendo una guía telefónica, siendo la confrontación con Tosca y su muerte a manos de la protagonista en el segundo acto el momento más logrado de la función. Patrick Carfizzi se presentó como un Sacristán vocalmente voluminoso y molestamente torpe, mientras que Christian Zaremba fue un Angelotti frenético y Richard Bernstien un carcelero de lujo que desplegó un voz de bajo potente y eficaz. Brenton Ryan y Christopher Job resultaron prácticamente inaudibles –pasaron desapercibidos– como los secuaces Spoletta y Sciarrone.
Tanto el coro adulto como el infantil demostraron su excelencia, así como la gran orquesta de la compañía. Emmanuel Villaume, desde el podio, hizo malabares para mantener la coherencia musical con las maniobras vocales de algunos solistas. Los aplausos durante la representación fueron escasos, pero al final el público se mostró entusiasta en su aprobación.  * Eduardo BRANDENBURGER