CRÍTICAS

Deutsche Oper
Bizet CARMEN
Clémentine Margaine, Nicole Haslett, Vasilisa Berzhanskaya, Heidi Stober, Charles Castronovo, Philipp Jekal, Tobias Kehrer, Markus Brück. Dirección: Ivan Repusic. Dirección de escena: Ole Anders Tandberg. 20 de enero de 2018.
 
Clementine Margaine dio vida a Carmen en Berlín © Deutsche Oper / Marcus Lieberenz 
 
El noruego Ole Anders Tandberg es uno de los directores de ópera y de teatro más exitosos de Escandinavia. En Alemania, la crítica está más dividida. De su Lady Macbeth de Mtsensk, estrenada en la Deustche Oper en 2016, se recuerda los cientos de bacalaos de plástico que sacó a escena para dar olor al claustrofóbico drama de Katerina. Del no menos fascinante papel femenino de Carmen será el toro disecado el elemento con el que ilustró el universo estereotipado de una España de ruedos y castañuelas, de gitaneo, trabuco, amor libre, poder, chantaje y supersticiones. La misma manida lectura de Carmen aunque el noruego, en este caso, se atreve a dar varios pasos adelante en la actualización de esta obra romántica: aquí Carmen y sus compadres no trapichean con tabaco, café o licores, porque eso ya está en desuso; ellos trafican con drogas, seres humanos y órganos. Carmen, Mercedes y Frasquita no leen el futuro en las cartas, sino con vísceras. Todos son criminales en esta producción, que termina siendo la tragedia de decenas de refugiados encerrados en una plaza de toros a la espera de que el destripador les abra en canal y les saque los órganos para el comercio ilegal de trasplantes. Con arte gitano supervisa Carmen los riñones, hígados y corazones puestos a buen recaudo por sus amigos contrabandistas.
 
Un absurdo insufrible pero presuntamente necesario, según Tandberg, para representar la libertad sin límites, una libertad que va más allá de la moral y para la que no existen los miedos. “No hay vuelta atrás cuando uno ha cruzado la línea roja. Hasta la muerte deja de tener significado”, opina el regista, que fue ovacionado y abucheado por igual en la noche del estreno. Y era de prever, pues las primeras escenas de su montaje muestran a Micaëla dispuesta a violar a todo un batallón de soldados con una bayoneta entre las piernas, mientras un desfile de mujeres y travestidos pasean por el escenario vestidos de negro, con peineta y mantilla, como madrinas del Santo Sepulcro en Viernes Santo, como vírgenes viudas de la Casa de Bernarda Alba.  
 
Pese al popurrí de clichés y entre ellos el traje de faralaes de color rojo pasión –y muerte– que viste la protagonista, la noche del estreno se saldó ligeramente en positivo por el entusiasmo y cohesión de la orquesta y la actuación de los cantantes solistas. Clementine Margaine fue una Carmen rabiosamente emocional, aunque vocalmente muy madura. El canto de esta mezzo es voluminoso y está muy anclado y consolidado. El estadounidense Charles Castronovo fue un Don José perfecto para Margaine, algo rustico pero clásico. Un tanto monótono, tal vez. Heidi Stober fue una Micaëla tan ajustada al libreto que perdió valor añadido. El barítono Markus Brück, vestido naturalmente de torero, fue un Escamillo tan débil que rayó lo pintoresco. Tuvo un mal día.
El director croata Ivan Repusic condujo la orquesta buscando la intimidad que faltó a unos personajes incapaces de elegir entre la paradoja del amor y la destrucción. Encontró pronto el ritmo y los colores. Su dirección fue algo plana y poco convincente, pero mereció el corazón que, siendo consecuente, extrajo Don José a Carmen mientras canta lo de “Vous pou vez m’arreter”* Cocó RODEMANN