Komische Oper
Schreker  LOS ESTIGMATIZADOS
Joachim Golz, Michael Nagy, Jens Larsen, Ausrine Stundyte, Peter Hoare, Tom Wrik Lie, Önay Köse, Adrian Strooper. Dirección: Stefan Soltész. Dirección de escena: Calixto Bieito. 21 de enero de 2018.
 
Calixto Bieito, protagonista en Berlín con el montaje de Die Gezeichneten © Komische Oper / Iko Freese
 
Franz Schrecker (1878-1934) fue uno de los muchos compositores segregados por el nazismo por su origen judío y por crear una música hiperactiva, con ruletas melódicas y desarrollos armónicos experimentales al borde de la tonalidad. Para la dictadura nazi, una música degenerada con libretos venenosos. Porque en Die Gezeichneten (Los estigmatizados), estrenada en 1918 con bastante éxito por cierto en la Alte Oper de Frankfurt, el compositor se ocupa de la ética y la estética, del arte y la moral a partir del entorno tóxico impulsado por el psicólogo Otto Weininger, tan apreciado por Hitler y Mussolini. Weininger, por ejemplo, estaba convencido de que la mujer solo nace para tener hijos, por lo que, a diferencia del hombre, no puede sentir la llamada del erotismo, salvo en un segundo plano como el arte.
En esta obra Carlotta es una pintora, una mujer frágil y hermosa en busca de un alma pura que retratar; de ahí su atracción por Alviano, noble genovés, acomplejado y deforme, que ha renunciado al amor carnal. Su único deseo es regalar al pueblo de Génova lo que será su gran creación, una isla paradisíaca llamada Elyseum donde sus díscolos amigos se entregan secretamente a los placeres y al vicio. Sin él. Alviano, el mecenas, nunca participa en las orgías, salvo a través del relato de su amigo Tamare, el libertino que le gustaría ser.
No es necesario revelar enteramente la trama de esta muy poco representada ópera para adivinar que Calixto Bieito hizo con ella lo que acostumbra a hacer, aunque en esta ocasión fue menos explícito. Y menos genuino, porque su propuesta ya fue insinuada por  David Bösch en la producción que presentó hace tres años en la Opéra de Lyon. Bösch pobló la isla bonita de chicas adolescentes y niños estableciendo lazos con la pederastia. Bieto solo usa niños varones: su Elyseum es el paraíso de la pedofilia. No hubo simulacros sexuales explícitos con menores; hubiera sido demasiado insoportable. Bastó con estimular la imaginación del público a partir de proyecciones de vídeo: rostros en éxtasis, niños secuestrados a los que tapan los ojos, hombres adultos gimiendo el orgasmo. Nada menos y nada más, porque aquí la única estigmatización es la de los pedófilos. Alviano es simplemente un tullido rico con complejo de Peter Pan. Vive en un mundo infantil, como Michael Jackson; el sufrimiento de los niños es una anécdota y el público, una masa gris convertida en voyeur. El director Stefan Soltesz consiguió al frente de la orquesta de la Komische Oper neutralizar una puesta en escena bronca exacerbando el romanticismo tardío de Schrecker, mezclando colores y texturas, recreando la delicada decadencia del postwagnerismo. Unos solistas entusiastas aliviaron también la asfixia escénica de Bieito. El bajo Jens Larsen encarnó un Podestà inquietante y autoritario; Peter Hoare (Aliviano) mantuvo su timbre claro a través de los saltos de registros que requiere el papel, y la soprano letona Ausrine Stundyte (Carlotta) fue el contrapunto ideal a los roles masculinos: sensible, dulce y frágil, aunque también felina.  * Cocó RODEMANN