Opernhaus
Rossini LE COMTE ORY
Cecilia Bartoli, Rebeca Olvera, Liliana Nikiteanu, Adriana González, Lawrence Bronwlee, Oliver Widmer, Nahuel di Pierro. Dirección: Diego Fasolis. Dirección de escena: Moshe Leiser y Patrice Caurier. 9 de enero de 2018.
 
Cecilia Bartoli, gran atractivo de Le comte Ory en Zúrich © Opernhaus / Jef Rabillon 
 
La maravilla de producción que firmó el exitoso tándem formado por Moshe Leiser y Patrice Caurier de Le comte Ory rossiniano en 2011 sirvió para que una de las divas favoritas de la casa, Cecilia Bartoli, volviera a Zúrich. La cantante italiana adora trabajar con esta pareja de registas, cuya propuesta para esta obra resitúa la acción en un pueblo francés en la década de los 80 del siglo XX. Ambos directores saben sacar muy bien el jugo cómico de la obra, con elementos de cierta decadencia e hilaridad que despertaron sonoras carcajadas entre el público. Brilló especialmente la escena de entrada de Adèle en la roulotte y todo el segundo acto con la hiperbólica tormenta y en conjunto las escenas de farsa de las monjas.
Musicalmente Diego Fasolis, frente a la Philarmonia Zurich, fue una delicia de director. Logró sacar ese sonido italiano, rossiniano, tan característico a la orquesta suiza. Dinámicas, fraseo, atención al detalle fueron las marcas del experto músico, que mantuvo siempre el pulso necesario para llevar a buen puerto esta columna belcantista. El coro también estuvo a un nivel superlativo, siendo cada intervención en solitario, en arias con coro o  en los concertantes, una maravilla.
Vocalmente, la reina indiscutible, y como tenía que ser, fue Bartoli. No es un papel para ella el de la Comtesse Adèle, pero como suele ocurrir en sus incursiones en roles que a priori no parecen los adecuados, Bartoli los lleva a su terreno para acabar conquistando. ¿Quién le va a discutir ese control absoluto de la coloratura, esa comicidad natural contagiosa y ese instrumento tan característico? Asumido todo esto, lo demás es disfrutar de la intérprete italiana.
Por su parte, Rebeca Olvera hizo un muy solvente Isolier, a quien quizás le faltaba cierto cuerpo y peso en el instrumento, pero es que todo ello formaba parte de la versión Comte-Bartoli. Lawrence Bronwlee es un excelente cantante de conocidas prestaciones y características, timbre redondamente bello, proyección sobrada y sentido musical muy cuidado. Sin embargo su Ory empezó algo descentrado y tendiendo a descuidar el fraseo para ocuparse principalmente de tener los agudos bien colocados y proyectados, pero demasiado estridentes. Fue en el segundo acto cuando Bronwlee pareció centrarse y ofreció sus mejores bazas.
Nahuel di Pierro (Le Governeur) es un lujo de cantante, dotado de un instrumento privilegiado y de un carnoso color baritonal, además de una sentida musicalidad que le permite decir como pocos. El problema es que Di Pierro no es un bajo-barítono y sucedió que no pudo brillar como él debería sobre todo en la deslucida “Le Governeur sans cesse”. La veterana Liliana Nikiteanu (Ragonde) no ofreció lo mejor que se le recuerda en Zúrich, con muestras de cansancio y desgaste y una coloratura aproximada.  * Albert GARRIGA