Staatsoper
Puccini  TOSCA
Angela Gheorghiu, Massimo Giordano, Erwin Schrott, Clemens Unterreiner, Alexandru Noisiuc, Benedikt Kobel, Igor Onishchenko, Ayk Martirossian. Dirección: Frédéric Chaslin. Dirección de escena: Margarita Wallmann. 12 de enero de 2018.
 
Angela Gheorghiu protagonizó Tosca en Viena © Staatsoper / Michael Pöhn 
 
El 3 de abril de 1958 se dio a conocer una nueva producción de Margarita Wallmann de Tosca con los diseños ya clásicos de Nicola Benois, con Herbert Von Karajan dirigiendo a Renata Tebaldi y Tito Gobbi. El previsto Giuseppe di Stefano fue sustituido en aquella ocasión por Giuseppe Zampieri, que en tiempos de Karajan fue un tenor fijo en la casa, aunque posteriormente cantaría el rol en trece funciones. En los años siguientes aparecieron en esta misma producción los nombres más famosos de la época, desde Hilde Zadek –que en el pasado mes de diciembre cumplió los cien años– hasta Deborah Voigt, en un censo sopranil que comprende, entre otras, a Birgit Nilsson, Gré Brouwenstijn, Leontyne Price, Magda Olivero o Renata Scotto, tenores como Eugenio Fernandi, Gianni Poggi, Franco Corelli, Nicolai Gedda, Luciano Pavarotti o Jonas Kaufmann y barítonos –o bajos– de la talla de Paul Schöffler, Hans Hotter, Giuseppe Taddei, George London, Aldo Protti, Ettore Bastianini, Renato Bruson, Ruggero Raimondi o Samuel Ramey. A menudo presidieron el reparto cantantes españoles de la categoría de Montserrat Caballé, Pedro Lavirgen, Jaime Aragall, Plácido Domingo, José Carreras o Juan Pons. En la dirección musical se sucedieron nombres como los de Berislav Klobucar, Dimitri Mitropoulos, Francesco Molinari Pradelli, Antonino Votto, André Cluytens, Zubin Mehta o Nello Santi, sin olvidar a Luis Antonio García Navarro o al propio Domingo.
En la ocasión presente, sesenta años después, la Staatsoper celebraba la representación número 600 de este histórico y hermoso montaje. Debido a la indisposición de Jesús López Cobos, que había dirigido la función anterior, ocupó el podio Frédéric Chaslin, que firmó una concertación sólida a la que no hubo nada que reprochar pero que no resultó comparable a las mejores del pasado. Una velada, en resumen, que fue más notable en lo escénico que en lo musical.
Desde el punto de vista vocal lo más destacable fue el Scarpia de Erwin Schrott. Con su hermosa voz de bajo-barítono exhibió una emisión imponente en la tradición de los bajos Raimondi o Ramey, aunque sin el excepcional fraseo de sus antecesores. En el aspecto interpretativo, optó por la elegancia en lugar de la demoníaca brutalidad de otros colegas. Angela Gheorghiu parecía, como siempre, más una diva que una apasionada amante, pero su personaje fue creíble y sonó admirablemente en el primer acto, mostrándose siempre brillante y efectiva en el registro superior, aunque un tanto declamatoria en el centro. Para Tosca no es un mal enfoque y para estos tiempos una intérprete de estas características sigue siendo un lujo. No es este el caso de Massimo Giordano, que en el pasado había experimentado ciertas dificultades en Viena, donde había empezado cantando papeles como Nemorino (2003) o Des Grieux de Manon en 2008, para pasar a roles más pesados como Rodolfo, Pollione o Andrea Chénier con no tan buenos resultados. Este Cavaradossi de ahora no pasó de una cierta solidez. En los cometidos menores cantaron bien Clemens Unterreiner (Cesare Angelotti), Alexandru Moisiuc (Sacristán), Benedikt Kobel (Spoletta), Igor Onishchenko (Sciarrone), Ayk Martirossian (Un carcelero) y Rebekka Rennert (Pastor). El coro mostró seguridad en todo momento y la orquesta tocó espléndidamente. * Gerhard OTTINGER