Teatro de La Monnaie
Dallapiccola IL PRIGIONIERO /
Rhim DAS GEHEGE
Ángeles Blancas Gulín, Georg Nigl, John Graham-Hall, Julian Hubbard, Guillaume Antoine. Dirección: Franck Ollu. Dirección de escena: Andrea Breth. 16 de enero de 2018.
 
Ángeles Blancas protagonizó con Georg Nigl Il prigioniero y Das Gehege © Théâtre de La Monnaie / Bernd Uhlig 
Lázaro escucha las palabras “ven fuera” desde el fondo de su sepulcro. Una fuerza exterior le manda salir, autoritaria y solemne, como quien sabe bien que lo mejor siempre está fuera. Algo similar representan las voces del Inquisidor en Il prigioniero y la Mujer de Das Gehege. Las dos hablan desde una apariencia de rescate, que luego no será tal. Y quienes escuchan esas palabras, lo hacen desde una esperanza que también se demostrará vana. La esperanza puede ser una forma de tortura, nos dice el prigioniero, y así la ilusión de la libertad se convierte en el máximo castigo antes de la sentencia de muerte. En Das Gehege, la mujer proyecta una idea, una esperanza, sobre el águila cautiva, que una vez libre no cumple con las expectativas. Quizás sea demasiado pesimismo para una sesión doble. A la ópera de Dallapiccola se le había juntado Suor Angelica, de Puccini, que al menos albergaba en su final el encuentro liberador entre madre e hijo. En el inédito díptico preparado ahora por La Monnaie, la libertad significaba su negación. Por dos veces.
Así, no es de extrañar que el público llegara algo exhausto al final, cuando lo que habían visto era el gigantesco esfuerzo de dos cantantes convertidos en colosos. Georg Nigl ya es el prigioniero totémico y fetiche: casi nadie programa esta ópera sin contar con la profundidad y dramatismo de este barítono, que siempre concede un plus en escena. Algo similar debería ocurrir con Ángeles Blancas, que trazó un vínculo nítido entre la madre del prigioniero y esta mujer del zoo en Das Gehege. Desde el largo parlamento en la primera ópera como la exposición constante en la segunda, el trabajo de la soprano española fue casi hercúleo, con coreografía incluida. La partitura de Rihm es un tobogán vocal que necesita toda la capacidad expresionista que el intérprete sea capaz de dar. Y Blancas lo hizo con todo merecimiento. Y así se lo reconoció el público al final.
Con los dos triunfadores de la noche abrazados al final de la representación, quedaba espacio para reconocer el trabajo de precisión de Frank Ollu con la orquesta bruselense. El foso de La Monnaie puede parecer algo angosto para una música tan expansiva –la de Rihm–, pero funcionó adecuadamente con el dodecafonismo sofisticado de Dallapiccola.
Andrea Breth venía de firmar la última ópera de Wolfgang Rihm que se pudo ver aquí, Jakob Lenz, una parábola que jugaba con los sueños. Sin dejar ese universo onírico, en Dallapiccola llegó a vaciar el escenario de la consabida celda para contar el falso acceso a la libertad del prisionero. En Rihm decidió dejar las celdas en escena y añadió luces estroboscópicas para jugar con una imagen de irrealidad subconsciente. La noche terminó con la imagen poderosa de Ángeles Blancas a contraluz, encaramada a la celda con sus alas recién arrebatadas al águila.  * Felipe SANTOS