CRÍTICAS

Opéra de Monte-Carlo
Offenbach LES CONTES D’HOFFMANN
Juan Diego Flórez, Olga Peretyatko, Nicolas Courjal, Sophie Marilley, Rodolphe Briand, Marc Larcher, Yuri Kissin, Antoine Garcin, Reinaldo Macías, Paata Burchuladdze, Christine Solhosse. Dirección: Jacques Lacombe. Dirección de escena: Jean-Louis Grinda. 22 de enero de 2018.
 
Juan Diego Flórez y Olga Peretyatko, en Les contes d’Hoffmann © Opéra de Monte-Carlo / Alain Hanel 
 
Sin que se pueda calificar de la representación del siglo, la noche monegasca interesó por más de una razón y estuvo, en particular, presidida por la generosidad de todos los cantantes y también por la espectacular simplicidad y la inteligencia de su puesta en escena. Focalizó la atención del público, que llenaba por completo la sala Garnier del Principado, Juan Diego Flórez, bien conocido en la casa. Fue esta su primera representación en la piel del beodo poeta, desafortunado en amores. El tenor hizo ciertamente resaltar el lado lúgubre del personaje pero también, en ocasiones, probablemente con el acuerdo del director de escena, el aspecto cómico de su existir. ¿Qué decir de su trabajo vocal? Rozó la perfección una vez más; su dicción francesa fue impecable, subrayó con acierto y sin dificultad los pasajes de registro grave y se delectó sin escatimar decibelios en los agudos en forte. Tal vez más heroico que lírico por esta vez, seguro que el artista seguirá mejorando el personaje en el futuro.
Generosa fue también la interpretación de Olga Peretyatko, que asumió también por vez primera –y con gran fortuna–, los cuatro personajes femeninos de la historia. Fue una bella y elegante Stella y, aunque un par de agudos no llegaron a buen fin, fue también una buena Olympia muñeca-mujer –un acierto muy original de la puesta en escena–, una Antonia emotiva al extremo, vocalmente perfecta es este rol, y una Giulietta tentadora. Si su barcarola no pasará a la historia fue sobre todo a causa de la pobre aportación vocal de Sophie Marilley (Nicklausse), que por obligación la acompañó.
Sorprendió muy positivamente Nicolas Courjal en su cuádruple papel (Lindorf, Coppélius, Miracle y Dapertutto) de malo polifacético. Dio, sin el más mínimo complejo, la réplica al tenor y defendió sus ideas (“Scintille diamant!”) con arte y ciencia. Otros dos intérpretes no dejaron indiferente al público: Rodolphe Briand (Andrès, Cochenille, Frantz y Pitichinaccio), cantante y actor de composición, y Paata Burchuladze (Crespel). Emocionó Christine Solhosse en el breve rol de la madre de Antonia.
El coro (Stefano Visconti) fue muy justamente aplaudido al cabo de la noche. Poco se dirá de la orquesta de la casa, que, obediente a las órdenes de Jacques Lacombe, acompañó a los cantantes con tino sin buscar protagonismo.
Mucho se podría decir en cambio de la puesta en escena de Jean-Louis Grinda: llana y eficaz, económica y llena de aciertos conceptuales que apuntaron a una lectura de la historia, inteligente y sin a priori. Unos botones de muestra: Hoffmann relató sus cuentos en la misma bodega del prólogo, ante su público; Olympia actuó como una muñeca cuando Hoffmann retiraba sus gafas y como una verdadera mujer cuando el poeta las llevaba puestas; la madre de Antonia salió físicamente de su tumba y desapareció en el teatro –la propia sala Garnier de Mónaco–, lugar supuesto de sus pasados triunfos; la laguna veneciana –una alfombra centelleante– fue replegada en un santiamén en la transición final, del cuento a la bodega.  * Jaume ESTAPÀ