CRÍTICAS

Opéra National de Paris
Saariaho ONLY THE SOUND REMAINS
Philippe Jaroussky, Davone Tines, Nora Kimball-Mentzos (bailarina). Theatre of voices (Quatuor vocal). Dirección: Ernest Martínez Izquierdo. Dirección de escena: Peter Sellars. 25 de enero de 2018.
 
Philippe Jaroussky y Davone Tines, protagonistas de Only the Sound Remains © Opéra National de Paris / Elisa Haberer
 
Kaija Saariaho tomó para esta su cuarta ópera dos temas del teatro japonés –Tsunemasa y Hagoromo– como punto de partida y, con la ayuda de los libretistas Ezra Pound y Ernest Fenollosa, los transformó en una ópera en dos partes: un diálogo entre un espectro y un sacerdote y otro entre un pescador y un ángel. Se trata de dos encuentros sin conexión entre ellos, del mundo real con el mundo espiritual, un tema recurrente del teatro .
Por su carácter excesivamente poético, el lenguaje utilizado quedó muy por encima de las posibilidades de comprensión de la mayoría de los asistentes. Añádase que la lengua inglesa, elegida sin duda por razones comerciales, introdujo desconcierto en el ambiente espiritual que se intentaba crear, claramente orientado hacia formas orientales. No se olvide el interés de la compositora y del director de escena –promotores de la obra– hacia dichas formas, algo esotéricas para el público occidental.
Vayan por delante nuestras albricias sinceras para todos los artistas. En el foso actuaron el quatuor de cuerdas Meta4 y tres solistas (flauta, percusión y kantele), a los que se añadió un cuarteto vocal, bajo la dirección del barcelonés Ernest Martínez Izquierdo. El director musical señalaba incesantemente con la batuta en la zurda el tempo, en general muy lento, en el que la música debía inscribirse para el correcto desarrollo de la –poca– acción desarrollada por los cantantes y la bailarina en el escenario. Músicos y vocalistas le obedecieron sumisos.
Peter Sellars limitó al máximo toda exageración y adornó el escenario con un simple telón de fondo con unos garabatos de Julie Mehretu, difíciles de descifrar en el primer diálogo, y que podrían representar el fondo de un río, con peces y algas en el segundo. Pidió a los cantantes movimientos lentos y muy acordes con los decires y con la música que surgía del foso. La dramaturgia fue pues, escueta, pero muy conforme con lo que pedía la obra.
Ambos cantantes ejecutaron sus cometidos de manera impecable. No hubo la menor duda sobra cada nota –altura, duración–, el color de las voces, coordinación entre el canto y los movimientos. Philippe Jaroussky (el espíritu y el ángel) mostró su capacidad para salir del barroco y entrar en lo postmoderno. El público francés descubrió a Davone Tines (el sacerdote y el pescador), barítono de fuerza expresiva sin igual, que fue capaz de dar respuesta al gran tenor en ambos diálogos. En el segundo de ellos la bailarina Nora Kimball-Mentzos aportó gracia agilidad y distracción, porque a pesar de cuanto viene dicho la noche empezaba a pesar en las cabezas de los presentes.
De hecho, las dos historias, poco comprensibles y de poco interés, se apoyaron en una música de innegable riqueza cromática, sí, pero también escrita con empaque excesivo, lenta y en definitiva, monótona y pretenciosa. La propia compositora declaró que realizar esta obra íntima para una sala de grandes dimensiones representaba para ella un verdadero desafío. Sería interesante efectivamente presenciarla en una sala más reducida, pero, por descontado, con un buen tijeretazo de cuarenta y cinco minutos.  * Jaume ESTAPÀ