Teatro Real
Concierto MARIE-NICOLE LEMIEUX - PATRICIA CIOFI
Obras de Gioachino Rossini. Orquesta y Coro Titulares. Dirección: Giuliano Carella. 5 de noviembre de 2017.
 
Marie-Nicole Lemieux y Patricia Ciofi, junto al director Giuliano Carella © Teatro Real / Javier del Real 
A Stendhal lo que le llamaba la atención de Tancredi no era la audacia, que es lo propio de La gazza ladra o el Barbero, sino la juventud. “Todo es puro y sencillo”, añadía, y una vez más se pudo comprobar lo justo de la observación stendhaliana en la primera parte de este recital. El Teatro Real se lo dedicó a un autor al que, por otra parte, tiene olvidado en la programación, habiendo tantas de sus obras maestras que aún no se han asomado al escenario madrileño. Sea lo que sea, Tancredi ocupó toda la primera parte del recital, desde la maravillosa obertura muy bien cantada por la Orquesta titular, al “O patria”, el sublime recitativo del protagonista que precede al “juguetón” –como dice Fernando Fraga en la nota al programa de mano– “Di tanti palpiti”, ese resumen perfecto, siempre según Stendhal, del amour fou en los países del sur.
Encargadas de dar vida a esta música fueron la mezzo canadiense Marie-Nicole Lemieux y la soprano Patricia Ciofi. La primera tiene una voz de una amplitud extraordinaria, brillante, rica, con graves profundos y con una gran capacidad para toda clase de agilidades. Apenas importa algún desequilibrio ocasional en el registro más agudo: a la belleza del instrumento se une una técnica prodigiosa. A su autoridad canora, Lemieux añade además una simpatía arrolladora y una energía indomable en el escenario. Así es como enfocó la difícil “Cruda sorte” de La italiana en Argel y la casi romántica “Mura felici” de La donna del lago. Patricia Ciofi, por su parte, tiene una voz muy personal, un poco velada, lo que le proporciona un atractivo especial. Los aficionados del Real la conocen bien –a diferencia de a Lemieux–, habiendo cantado aquí mismo un memorable Tancredi con Daniella Barcelona. Estuvo muy bien en los dos dúos de esta gran obra en la primera parte. Bien, aunque menos convincente, en “Sombre forêt” de Guillermo Tell, que requiere un instrumento más ancho, y un poco temeraria, aunque solvente, en su incursión en Armida, uno de los papeles más complicados de todo el repertorio, así como en el dúo de Semiramide que cerró la obra. De propina, las dos artistas ofrecieron otro dúo de La gazza ladra y una versión memorable del dúo de los gatos, lleno de alegría y ganas de divertirse y divertir al público.
La Orquesta, bajo la experimentada y exquisita dirección de Giuliano Carella, estuvo a la altura de esa dificilísima armonía dramática propia de Rossini, que exige ligereza, valentía y la más alta precisión: la eterna juventud propia de esta música. Excelentes las intervenciones solistas. El público se divirtió de lo lindo y muchos asistentes salieron cantando del teatro, que es lo que mejor que puede ocurrir en la ópera.  * José María MARCO