Ópera Nacional de Chile
Verdi AIDA
Mónica Ferracani, José Azpócar, Guadalupe Barrientos, Cristián Lorca, Homero Pérez-Miranda. Dirección: Pedro Pablo Prudencio. Dirección de escena: Hugo de Ana. Teatro Municipal,
8 de noviembre de 2017.
 
Hugo de Ana ofreció su visión de Aida en el Teatro Municipal de Santiago de Chile © Ópera Nacional de Chile / Carlos Candia /  Luis Hidalgo
 
Las puestas en escena de Hugo de Ana son notables porque proponen un acercamiento a la modernidad sin intervenir la obra en lo medular. En esta producción del Teatro Real de Madrid, el logro fue aún mayor, ya que viajó hacia la consecución del ideal del drama continuo en lo que respecta a trabajo escénico. Lo hizo a través de espejos y proyecciones que permitían observar el desarrollo de la acción como si fuera un flujo y desde muchos puntos de vista, lo cual, añadidas las variaciones de color y los constantes encuentros de la iluminación, otorgó dinamismo y novedad al discurso. Era imposible aburrirse con esta Aida, añadiendo el hecho de que De Ana toma riesgos en la dirección teatral y cambia, por ejemplo, el famoso desfile de la Marcha triunfal por una extrovertida coreografía (Leda Lojodice). Teatralmente hubo aciertos notables, como la pirámide que se proyecta incluso más allá de los límites de la sala; el interior del templo de Vulcano, con una danza sugerida por los espejos; la sala de Amneris, con ese manto púrpura que lo cubre todo y que da cuenta de la voluptuosidad de la hija del faraón, y el final en el templo de Phta y la tumba subterránea, con visión sobre lo que sucede sobre y bajo tierra.
 
El vestuario, también de Hugo de Ana, era más discutible: poco adecuado para Radames, subido además sobre sandalias con una acentuada plataforma; nada principesco para Amneris, siempre descalza además, lo mismo que Aida; rebuscado para esta y su padre; y el coro, con esos turbantes árabes…
 
Pedro Pablo Prudencio condujo esta función del reparto alternativo –el del estreno dejó mucho que desear– siempre atento a los cantantes y obtuvo un resultado correcto de la Filarmónica. De pronto, la estructura sonora pareció desequilibrada y difusa, sin clara distinción de planos, pero hubo momentos espléndidos, como el enérgico canto en honor de Ptah, el monumental final del segundo acto, el suave inicio de la escena del Nilo y los poderosos anatemas de Amneris. A pesar de sus esfuerzos, Prudencio no pudo evitar que se perdieran Radamés y Aida en su dúo del tercer acto.
La soprano argentina Mónica Ferracani (Aida) tiene una voz potente, filosa y con un vibrato sostenido en el agudo. Cantó con convicción, pero pareció algo incómoda, tal vez por estar obligada a mantener una posición que recordaba la de un animal salvaje humillado. Todo un descubrimiento el de la mezzo también argentina Guadalupe Barrientos (Amneris), dueña de una voz grande, de color atractivo, extraordinarios centros y graves, aunque con dificultades en el extremo agudo; es, además, una actriz de imperativos gestos. El resto del reparto, todo chileno, estaba encabezado por el tenor José Azócar que, muy aplaudido, ofreció un Radamés construido más en la fuerza que en los matices, exhibiendo un torrente vocal de impacto. El barítono Cristián Lorca daba un nuevo paso en su ascendente carrera con su fiero Amonasro y Homero Pérez-Miranda –de origen cubano– siempre tan sólido como actor, fue un apropiado Ramfis, pero sin los graves profundos que se espera del personaje.  * Juan A. MUÑOZ