Théâtre de La Monnaie
Mozart LUCIO SILLA
Jeremy Ovenden, Lenneke Ruiten, Anna Bonitatibus, Simona Saturova, Ilse Eerens, Carlo Allemano. Dirección: Antonello Manacorda. Dirección de escena: Tobias Kratzer. 4 de noviembre de 2017.
 
Lucio Silla según Tobias Kratzer en Bruselas © Théâtre de La Monnaie / Hofmann

 

Los sucesivos retrasos en la finalización de las obras en el Théâtre de La Monnaie hacen pensar que la programación de esta ópera para esta temporada no tenía la intención de simbolizar un nuevo comienzo. Pero una partitura como la de Lucio Silla viene convirtiéndose en inadvertida piedra de toque para comprobar la madurez programadora de los teatros modernos. Sorprende que no se represente más y que se tenga al Serrallo como el inicio del Mozart que luego asombrará al aficionado. Cuánto hay aquí de ese compositor inabarcable. Por ejemplo, en esos compases que introducen la séptima escena, antes de que Cecilio cante estos versos: “Estas gélidas tumbas son prueba / de la inexorable muerte. / roes, líderes, reyes que devastaron la tierra, / ahora cubiertos y confinados por reducidos mármoles”.
 
El director de escena Tobias Kratzer ha trabajado a fondo el sentido de estas palabras, que, aunque alumbra un libreto irregular, conduce a la esfera de lo simbólico y de lo oculto. Una lectura simplista dirá que la interpretación de un Silla como un vampiro moderno es un reduccionismo contemporáneo, alimentado por la cultura visual del cine. Todo eso está ahí, en la escenografía oscura de un chalet de ángulos rectos en mitad de un bosque de abetos y un perro con la tez pálida que atraviesa el escenario corriendo, como en la saga Crepúsculo, esa película adolescente de vampiros sentimentales. Pero es verdad que todo ello no es más que el enganche divertido para el espectador avispado y una excusa para alguien más joven de adentrarse en la historia, esa tarde que se dejó arrastrar al teatro sin mucho convencimiento.
 
Lucio Silla se presenta como un magnate, un oligarca o un gobernante, en estos tiempos en que todas estas denominaciones se confunden demasiado a menudo. Celia es una hermana ya crecida que todavía juega con muñecas que se parecen sospechosamente a la gente que la rodea. Todo lo que ocurre en ese chalet tiene un aire paranormal, terrorífico, pero que atrae hacia sí todo cuanto se acerca. Poco a poco el espectador descubre que todo ese halo de poder que emana la corte de Silla huele a sangre y a muerte, dos de las palabras más mencionadas en el libreto. Y se asiste al aquelarre de la metáfora del poder, del amor como posesión que vacía de vida a los amantes.
Nada de esto hubiese sido posible sin la lectura poderosa, llena de tempi dramáticos, del maestro italiano Antonello Manacorda, quizá otra de las revelaciones de la producción, quien tuvo el tacto suficiente para no convertir en escabechina algunas de las arias imposibles de esta ópera. Lo tuvo que agradecer mucho la soprano holandesa Lenneke Ruiten, cuya voz pesa en las agilidades de Giunia pero con gran expresividad en el decir. Anna Bonitatibus no estuvo cómoda tratando de ahormar el papel pirotécnico de su Cecilio. Y cumplió Simona Saturova con su importante Cinna, al igual que Carlo Allemano con Aufidio. La belga Ilse Eerens sorprendió con una Celia llena de matices y buenos recursos.  * Felipe SANTOS