Opéra de Monte-Carlo
Rossini LA CENERENTOLA
Edgardo Rocha, Nicola Alaimo, Carlos Chausson, Rebeca Olvera, Rosa Bove, Cecilia Bartoli, Vincenzo Nizzardo.
Dirección: Gianluca Capuano. Dirección de escena: Jean-Pierre Ponnelle. 31 de octubre de 2017.
 
Cecilia Bartoli y Carlos Chausson fueron dos de los grandes atractivos vocales de La Cenerentola en Mónaco © Opéra de Monte-carlo / Alain Hanel 
Hay noches de ópera en las que todo sale bien. Hay otras en las que nada puede fallar. La noche monegasca fue de este segundo tipo. A los ingredientes individuales, todos de excelente calidad, se sumó la voluntad colectiva de hacer las cosas bien. Cecilia Bartoli estuvo angelical en su rol de Angelina, la desheredada hijastra de Don Magnifico. Lo estuvo no solo allá donde se le esperaba –ligereza, ornamentos, flexibilidad, velocidad, color, etc.–, sino también en las frases melódicas y aun en los recitativos y las transiciones. Su coloratura respetó escrupulosamente las notas que figuran en el pentagrama, sin olvidar las que buenas sopranos rossinianas olvidan sistemáticamente en el tintero, al punto que uno podía preguntarse si la diva no había añadido algunas notas de su puño y letra. Una maravilla.
La acompañaron cantantes rossinianos hasta la médula. Nicola Alaimo fue un Dandini de largo espectro, gran simpatía, flexibilidad, justeza y un enorme sentido del escenario. El barítono mostró una confianza sin límites en sus capacidades oratorias y gesticuladoras. A su lado, el gran barítono zaragozano Carlos Chausson –Premio ÓPERA ACTUAL– interpretó una vez más a Don Magnífico: el mayor elogio que puede hacérsele es el de constatar hasta qué punto su interpretación vocal y escénica mantiene la misma frescura, idéntico candor, igual espontaneidad y, en suma, todas las cualidades que ya tenía en sus años mozos, signo inequívoco de un gran artista.
Rebeca Olvera (Clorinda) y Rosa Bove (Tisbe), inconscientes coquetas, unieron sus voces a las de sus comprimarios controlando a duras penas sus excesos dramáticos, que fueron numerosos y de muy buena ley. También Vincenzo Nizzardo (Alidoro) mostró un gran conocimiento de su papel en todas sus intervenciones.
Vino la sorpresa de la noche con el generoso aporte de Edgardo Rocha en el papel del Príncipe. Es cierto que cantar al lado de Bartoli era un precioso obsequio para el joven tenor, pero también un peligroso desafío. El uruguayo salió más que bien de su cometido, poniendo su intervención al nivel del de la excelsa soprano. Bien apoyado en una emisión varonil, de timbre suave, reconocible, hizo gala de una dicción perfecta, sin ninguna dificultad vocal. Sus piani fueron totalmente audibles; sus agudos, brillantes, y su voz, potente, sin innecesarias ostentaciones.
Stefano Visconti elevó el coro de la casa a un nivel considerable a cada intervención, mientras que Gianluca Capuano, al frente de la recién creada orquesta monegasca Les Musiciens du Prince, respetó en todo instante a los cantantes y a la partitura. Se observó en particular cómo el director iniciaba los crescendi a partir del silencio casi absoluto, espectacular. Fue su trabajo un tour de force que el público apreció en su justo valor.
La mítica y legendaria puesta en escena de Jean-Pierre Ponnelle no desmereció a pesar de ser ya antigua, traída y llevada a través de tantos y tantos escenarios, copiada y plagiada. Bien al contrario: en un cuadro estilizado, comprensible y afín con la historia, respetó la personalidad de cada personaje con la justa exageración que demandaba el género. * Jaume ESTAPÀ