Opéra-Comique
Philippe Manoury KEIN LICHT (2011 / 2012 / 2017)
Sarah Maria Sun, Olivia Vermeulen, Christina Daletska, Lionel Peintre, Caroline Peters, Niels Bormann. Dirección: Julien Leroi. Dirección de escena: Nicolas Stemann. 21 de octubre de 2017.
 
Dos detalles de la producción de Lein Licht en la Salle Favart © Opéra Comique / Vincent Pontet
 
La velada empezó con una charla a cargo de un ingeniero del Centre National de Recherche Scientifique, quien explicó con gráficos y transparencias los peligros de la desintegración del átomo (de uranio) a largo plazo: la energía se libera en tres fases, de muy breve y de fuertísimo impacto la primera y muy largas las otras dos, con escapes de energía menos importantes pero nocivos para el ser humano. Gracias a esta docta introducción el público fue más capaz de comprender los efectos a largo plazo del accidente de la central japonesa de Fukushima en 2011. Mientras tenía lugar la conferencia, los actores Olivier Goulet y Dominique Peysson gesticulaban casi desnudos dentro de un exiguo paralelepípedo transparente cuyas paredes iban recubriéndose del vapor de agua del sudor que se iba desprendiendo de sus cuerpos. Según el programa de mano, la moraleja era esa: “La vida es un vapor y nada más”. Para saber más, habrá que ir al seminario.
Kein Licht (2011 / 2012 / 2017) es un Thinkspiel –neologismo creado por Philippe Manoury que se refiere al objeto musical y escénico creado por él mismo para esta ocasión– basado en un texto –moralizador y bien pensante, aunque un poco pesimista– de la austríaca Elfriede Jelinek, premio Nobel de Literatura 2004. La primera parte de la obra trata del accidente nuclear que tuvo lugar en Japón el 11 de marzo de 2011; la segunda al año siguiente y trata de los efectos del accidente a corto plazo, y en la última, ya en 2017, ante el hecho de que no hay remedio para que la Tierra vuelva a su estado primitivo, la humanidad –representada por dos personajes A y B– decide irse a vivir a Marte. Sobre la Tierra no queda sino desolación y los ladridos de un perro. La obra empezó como la película Vinieron las lluvias (Clarence Brown, 1939) y concluyó como el film de serie B Cuando los mundos chocan (Rudolph Maté, 1951).
Carolina Peters (A) y Niels Bormann (B) dieron rienda suelta a sus voces, excelentes, para recitar los textos originales en alemán de la autora austríaca. De vez en cuando pasaron al francés en un tono más festivo. Estas morcillas algo calmaron la tensión del público, totalmente atento a los subtítulos. Ambos fueron muy aplaudidos. En paralelo, la soprano Sarah Maria Sun, la mezzo Olivia Vermeulen, la contralto Christina Deletska y el barítono Lionel Peintre desgranaron también una parte de los decires de Jelinek, cada uno en su esfera y en su tesitura.
Nicolas Stemann firmó la puesta en escena. Su trabajo fue enorme y muy apreciado. Clave del montaje fue, como sucede a menudo, la escenografía, a cargo de Katrin Nottrodt. La orquesta, dirigida por Julien Leroy, se situó en la parte posterior del escenario y dejó lugar a lo que resultó ser una verdadera piscina en su parte delantera. Unos contenedores llenos de un agua verdosa iban derramando su contenido por el escenario, símbolo de las cubas refrigerantes de Fukushima, reventadas por el tsunami. En la parte final de la obra se introdujo con gran fortuna un vídeo de Claudia Lehmann en el que se muestra la destrucción irremediable de nuestro planeta y la consiguiente salida de sus habitantes hacia Marte.
La música no sorprendió a nadie. Una parte de ella fue creada en tiempo real, por un ordenador –aporte del Ircam, el centro creado por Pierre Boulez– que iba tomando como base para estructurarla algún parámetro exógeno, como tal vez la temperatura de la sala, el grado de humedad o los decibelios de los ladridos del inefable perrito Cheeky, un grandísimo artista, dicho sea de paso. La parte orquestal iba acompañando, con bastante ruido, las informaciones, las imprecaciones de los textos de la Nobel austríaca, recitados o cantados por los artistas en el escenario. Música de hoy, música actual.  * Jaume ESTAPÀ