English National Opera
Verdi AIDA
Matthew Best, Latonia Moore, Michelle DeYoung, Gwyn Hughes Jones, Robert Winslade Anderson, Musa Ngqungwana, Eleanor Dennis. Dirección: Keri-Lynn Wilson. Dirección de escena: Phelim McDermott. London Colisuem, 6 de octubre de 2017.
 
Dos detalles de la puesta en escena de Aida en el London Coliseum © English National Opera / Tristram Kenton
 
Para una compañía en dificultades, como es el caso de la English National Opera, es siempre prudente no correr riesgos innecesarios con obras muy queridas por el público; en esta ocasión la ENO sufrió en varios frentes. La nueva producción llegó sobrecargada de efectos visuales totalmente incongruentes que la reducían a una historieta cómica, el vestuario daba risa y esta traducción al inglés debería estar prohibida: o se utiliza una bien hecha o se mantiene el idioma original. En esto no deberían existir términos medios.
Un grupo de acróbatas-actores cumplió con la imposible tarea de reemplazar el ballet del segundo acto, que terminó siendo un anticlímax y una especie de homenaje a muertos durante la campaña contra los etíopes. En otras ocasiones se unían a la estática acción para brindar sentido de movimiento, pero solo lograban distraer de la acción. En el patio de butacas se pudieron ver muchos asientos libres, detalle extraño ante una obra que generalmente atrae al público: es una pena ahuyentarlo.
Pero no todo fue negativo. El reparto contó con cantantes realmente excelentes. Latonia Moore fue una Aida que, a pesar de su vestimenta, brilló con una voz plena en todo el registro; es una soprano lírica de buen futuro. Gwyn Hughes Jones es conocido por su excelente Walther von Stolzing y que aquí destacó con su técnica impecable, que le permitió terminar “Celeste Aida” con un largo pianísimo. Michelle DeYoung prometía mucho, pero quizás su vestimenta y una voz que no resonaba en el registro medio y grave –más una dicción deficiente en la que sonaba todo como o– le restaron mérito a su Amneris. Matthew Best cantó un severo y convincente Rey, mientras que Robert Winslade Anderson aportaba una voz noble y bellísima que daba relieve a su excelente Ramfis. Musa Ngqungwana reveló medios importantes para hacer de Amonasro una figura imponente. Cabe agregar que Eleanor Dennis sedujo y deleitó con una de las mejores Sacerdotisas que se recuerdan en Londres.
Keri-Lynn Wilson dirigió con poca sutileza una partitura que es íntima, casi privada, que de vez en cuando explota en escenas espectaculares; aquí falló con metales descontrolados en volumen que sonaron borrosos debido a sus golpes de batuta demasiado enérgicos. En todo caso, un espectáculo olvidable.  * Eduardo BENARROCH