CNDM
Recital ANN HALLENBERG
Obras de Brahms, Schumman, Medtner, De Frumerie y Mahler. Mats Widlund, piano. XXIV Ciclo de Lied. Teatro de La Zarzuela, 10 de octubre de 2017. 
 
La versatilidad suele tener muy mala fama en el mundo de hoy. Parece que cuando se utiliza ese término se está infiriendo que el aludido no profundiza en lo que hace o que es un diletante. Pero nada más lejos de la realidad, si el impulso creativo de quien esgrime lo múltiple se maneja bien. Ann Hallenberg, hace no mucho la más completa de las mezzos händelianas, demostró esa versatilidad a pesar de su supuesta inexperiencia, y se reveló como una liederista consumada. Todo ello sin olvidar las docenas de detalles pendientes de pulir que, si la sensibilidad e inteligencia artística lo permiten, se irán incorporando a su repertorio.
Así arrancaba la temporada de Lied 2017-18 del CNDM, con la visita de la mezzosoprano sueca –primera vez en el ciclo– y con un programa especialmente bello que vagabundeaba por el anhelo romántico en todas sus manifestaciones musicales de carácter íntimo. Hallenberg decidió conculcar de inicio algunas de las leyes no escritas de los recitales del género, introduciendo un Brahms alegre, un Lied sin palabras o un Mahler sereno. El recital fue de menos a más, arrancando con unos Zigeunerlieder de Brahms que arrojaron más sombras que luces por el excesivo reparo de la cantante en atacar las notas directamente sin apoyos, y tal vez por un exceso de vibrato que hacía cómodas algunas notas comprometidas. Se agradeció en cualquier caso esa alegría casi de chiquillada en la música de Brahms, entenebrecida tan asiduamente hasta volverla taciturna. Las canciones de Clara Schumman se ofrecieron desde una óptica plenamente romántica, sin ponerle barandillas a esa melancolía que desató Ich stand in dunkeln Träumen. Cerró la primera parte una propuesta arriesgada: la Suite vocalise, op. 41, nº 2 de Nikolai Medtner, una música atractiva sin texto en la que la cantante primó lo catártico frente al matiz. Hubo mucho cambio de color, pero sin llegar a penalizar la idea original, que no era otra que la seducción y el dejarse llevar, por imperfecto que fuera el camino.
Con todo, el recital de verdad comenzó en la segunda parte, en el que las canciones poco transitadas de Gunnar De Frumerie y, sobre todo, los Rückert-Lieder de Gustav Mahler recibieron lecturas de una profundidad y sentido dramático poco comunes. El mimo con el que se abordaba la palabra, el inteligente uso del timbre oscuro de la cantante o el clima de ensoñación construido alrededor de las partituras del bohemio certificaron el nacimiento de ese vínculo que a veces el público del ciclo de Lied ofrece a unos pocos cantantes. El pianista Mats Widlund acompañó con un punto de distancia, aunque siempre dentro de un nivel más que notable. Un arranque, en suma, inmejorable, a la espera de que se mantengan idénticas cotas en las próximas citas.  * Mario MUÑOZ