Teatro Real
Recital MAGDALENA KOZENA
Obras de José Marín, Juan Serqueira de Lima, Santiago de Murcia, Juan José Alba, Antonio el Pipa, Jean Baptiste Lully, Juan Hidalgo, Sebastián Durón, José Martínez de Arce. Private Musicke. Antonio el Pipa, Compañía de Flamenco. 13 de octubre de 2017.
 
Magdalena Kozena, junto a los miembros de Private Musicke © Teatro Real / Javier del Real 
Magdalena Kozena no había debutado en el Teatro Real y lo hizo no con una de las grandes óperas barrocas y neoclásicas que tan bien ha defendido, sino con un recital de canciones españolas barrocas, a caballo entre los siglos XVII y XVIII, un programa que un par de días más tarde ofrecería en el Liceu barcelonés. En este debut desarrolló una forma musical de gran flexibilidad: en lo estrófico, con un estribillo fijo y una o varias coplas, y en lo instrumental, con la guitarra como acompañamiento casi obligado y la posible incorporación de otros instrumentos, desde el arpa a diversas modalidades de percusión, que a su vez abren la puerta a una improvisación muy libre. Los motivos de estos tonos humanos –por oposición a las obras de carácter sacro, como las rimas humanas se oponían a las rimas divinas– eran variados, aunque uno de los temas favoritos de la época fue, como es de esperar, el amor.
En ese aspecto se centró el programa ofrecido por Kozena con una sensibilidad exquisita ante algunas de las finísimas sutilezas que en la investigación del alma enamorada alcanzó el arte español del Siglo de Oro, desde la desolación del “A quien me quejaré” (anónimo) a la expresión de la pasión desaforada (“Para qué son las iras” de Martínez de Arce) o el despertar y el decaer de la esperanza en “Esperar, sentir, morir” del gran Juan Hidalgo. La voz de la artista checa, más de soprano que de mezzo, tiene la delicadez y la amplitud necesarias para dotar de variedad a estos tonos. Falló un poco en lo que es esencial aquí, como en toda la música española, que es su relación esencial con el movimiento y, en última instancia, con el baile: a la soprano le faltó ese punto tan difícil en el que la voz debe moverse desde dentro, con solo la regulación y los colores. No lo compensan los intentos de movimiento corporal, no muy exagerados, en cualquier caso.
Sí que ayudó, en cambio, el excelente acompañamiento del conjunto Private Musicke, que con cinco instrumentos devolvió toda su profunda vitalidad, su especial dinámica interna a una música que debía haber aparecido antes en el Real, también de la mano de alguno de los grandes grupos y cantantes españoles que han recuperado este gran repertorio.
El espectáculo se completó con la incorporación de un cuadro flamenco y el coprotagonismo del estupendo bailaor Antonio el Pipa. Lo que en los tonos humanos era sutileza y finura, se volvió aquí extroversión y espectáculo, algo legítimo y que respondía de hecho a otra derivada del carácter bailable de la música española, que es su relación con el teatro y la representación. En cualquier caso, y aunque el grupo flamenco fue de una profesionalidad y una sensibilidad perfectas, la combinación resultó casi siempre algo forzada y un poco tópica, sin que las transiciones –salvo en el caso de las “Marionas” de Santiago de Murcia a las “Inquietudes” del Pipa– estuvieran claras. Un éxito, en cualquier caso. Los responsables del Real deberían tomar nota de la demanda, algo más que latente, de música española.  * José María MARCO