Opera North
Janacek OSUD / Ravel L’ENFANT ET LES SORTILÈGES
John Graham-Hall, Giselle Allen, Rosalind Plowright, Wallis Giunta, Ann Taylor, Fflur Wyn. Dirección: Martin André. Dirección de escena: Annabel Arden. Leeds Grand Theatre, 20 de octubre de 2017.
 
L’enfant et les sortilèges y Osud formaron un programa doble en Leeds © Opera North / Alastair Muir
 
La Opera North ha empezado la temporada con una propuesta original. Bajo el título The Little Greats, una de las compañías británicas más inquietas ha presentado seis obras cortas, emparejadas en todo tipo de combinaciones y a las cuales el espectador puede asistir de forma independiente. El hilo conductor es la presencia de Charles Edwards como escenógrafo de los seis títulos, aunque en el tándem del que se ocupa esta reseña también coincidía la responsable de la dirección de escena, Annabel Arden.
La pieza más infrecuente de la propuesta es Osud, de Janacek (Destiny, en la versión en inglés presentada en Leeds), ópera compuesta tras Jenufa, pero que el compositor checo nunca vio: el estreno se produjo en 1958, y aún en una versión que no seguía el orden de escenas determinado por el autor. Esta auténtica metaópera de dramaturgia fragmentada y algo incoherente nació de la atracción de Janacek por una joven durante una estancia en un balneario, trasladada a la historia de un músico que, a su vez, escribe una ópera a partir de su propia experiencia amorosa, con otro compositor como protagonista. La partitura supera con creces las limitaciones del texto, tanto en su originalidad armónica, en sus ritmos obsesivos o en su generoso lirismo, aspectos que la batuta de Martin André tuvo bien en cuenta. La puesta en escena de Arden hizo un bienvenido esfuerzo para hacer comprensible la trama, pero no pudo evitar soluciones teatralmente risibles, como la muerte de Mila, la amante, arrastrada al vacío por su madre enloquecida.
John Graham-Hall sorteó con habilidad la aguda tesitura, haciendo patente el desconcierto vital del compositor Zivny, siempre aferrado a su partitura. Giselle Allen fue una Mila de acentos convincentes pese a un timbre gris, pero a la madre de Mila de Rosalind Plowright solo le quedaba el metal de la voz. Integrantes del coro de la Opera North asumieron con acierto diversos pequeños papeles, al igual que en la obra de Ravel, aquí de nuevo con una ajustada prestación de la orquesta local bajo la batuta de un Martin André que rehuyó de los colores pastel para subrayar el carácter de cada escena.
Escasa magia había en la puesta en escena de L’enfant et les sortilèges –se mantuvo el libreto en el idioma original de Colette–, ya que el referente visual de Allen parecía más bien una visión del lumpen hortera británico conocido por series como Little Britain, remarcando además con brocha gorda las referencias sexuales. Por suerte, en la segunda parte de la obra la directora sí que consigue una atmósfera amenazadora, el reverso nada complaciente de lo visto con anterioridad. Entre el extenso reparto, la mayoría con más de un papel, cabe destacar el sonido alado de Fflur Wyn (deliciosa como Princesa), la agilidad de Quirijn de Lang (un gato más felino que nunca) y, sobre todo, el Enfant hiperactivo de Wallis Giunta* Xavier CESTER