Staatstheater
Berlioz LES TROYENS
Mirko Roschkowski, Jochen Kupfer, Roswitha Christina Müller, Katrin Adel. Dirección: Marcus Bosch. Dirección de escena: Calixto Bieito. 8 de octubre de 2017.
 
Calixto Bieito mostró su visión de Les troyens en Núremberg © Staatstheater Nurnberg / Ludwig Olah
 
Los efectos destructivos de la guerra, del poder económico, de la ambición sin mesura, de la intolerancia y del fanatismo son algunos de los ejes de la cosmovisión, muy crítica con la sociedad actual, que Calixto Bieito aplica en muchas de sus producciones operísticas. Algunas obras encajan mejor que otras esta mirada sin contemplaciones y, en principio, Les troyens de Berlioz, con su trasfondo mítico de choques violentos, de pueblos que pasan de refugiados a conquistadores, admite una lectura de alta carga política. El problema es que, para imponer su visión, Bieito violenta de tal modo el opus magnum del compositor francés que las costuras de la obra saltan por los aires. Dicho de otro modo, la ópera pierde más de una hora de música, una cuarta parte de su contenido, sin que la ganancia dramática sea evidente. Algunos cortes –la entrada de los oficios, algunos números de ballet– eran previsibles, otros trastocan a fondo la estructura de la pieza. Así, las introducciones a las dos escenas del segundo acto desaparecen, mientras que la primera escena del quinto empieza directamente con el aria de Enée, y Didon ni aparece para hacerle recapacitar.
La primera parte muestra con acierto el ambiente bélico en Troya, con un gran caballo dibujado por un niño que, al ser arrancado, revela el elemento principal del decorado de Susanne Gschwender, una estructura de madera a dos niveles que acabará disgregándose al final. Las relaciones entre los personajes mantienen el tono convulso, violento habitual en Bieito, mientras que el suicidio final de las troyanas parece la inmolación de unas yihadistas fanáticas. La desmitificación de la historia continúa con un Énée con aspecto más de ejecutivo traumatizado que de líder guerrero, llegando a Cartago cargado de joyas y bolsas llenas de dinero que hacen las delicias de Didon, la jefa de una fábrica química (a juzgar por los trajes de protección del coro, diseñados por Ingo Krügler). De relación romántica, nada, por supuesto, ya que durante el dúo de amor Énée y Didon se dedican a embadurnar con un líquido negro a un hombre desnudo. Los dos protagonistas acabaran suicidándose con una sobredosis de pastillas. Como retrato de un mundo en descomposición, el montaje funciona, pero por el camino se pierden demasiadas cosas.
Es digno de todo elogio que un teatro mediano como el de Núremberg aborde por primera vez una pieza de las dimensiones de Les troyens. Descontando pequeños desajustes y titubeos –y sin tener en cuenta su aquiescencia a los brutales cortes–, Marcus Bosch dirigió una versión más rica en carácter que en sutilezas, directa como la propuesta escénica, y con una sólida labor de orquesta y coro.
Mirko Roschkowski fue un Énée melifluo, más lírico que heroico, justo de fuerzas al final, mientras que, con un timbre metálico, Katrin Adel dio vida a una Didon segura en toda la tesitura. Corta en los extremos, Roswitha Christina Müller fue una Cassandre de feroz intensidad, preferible al estentóreo Chorèbe de Jochen Kupfer. El estado en que quedó la partitura dejaba poca oportunidad de lucimiento al resto de cantantes, pero cabe destacar el fresco Ascagne de Ina Yoshikawa y el valeroso Iopas de Alex Kim, abordando su canción en una posición nada cómoda en lo alto del decorado.  * Xavier CESTER