Teatro Mariinsky
Sant-Saëns SANSÓN Y DALILA
Mijail Vekua, Ekaterina Semenchuk, Roman Burdenko, Yuri Vlasov. Dirección: Valery Gergiev. Dirección de escena: Yannis Kokkos. 1 de octubre de 2017.
Sansón y Dalila, en la visión escénica de Yannis Kokkos © Mariinsky Theatre / Natasha Razina 
 
Desde los primeros compases de esta representación la Orquesta del Mariinsky, bajo la batuta de Valery Gergiev, sedujo al público por su sonido exquisito y enormemente expresivo, prometiendo una velada inolvidable. Al margen de la consabida excelencia del grupo de cuerdas de la formación, en esta ocasión cabe destacar la elegancia del sonido y el preciso fraseo de los instrumentos de viento –incluyendo los metales–, que sonaron potentemente pero con nobleza y flexibilidad, manteniéndose dentro del flujo general. Por otro lado, la orquesta desempeñó a la perfección su papel de acompañante efectuando un seguimiento escrupuloso. La partitura romántica de Saint-Saëns permitió a la orquesta del Mariinsky lucirse con todos los matices de dinámica, de pianissimi a fortissimi, y con toda la amplitud de timbres.
Lamentablemente, el coro decepcionó en su entrada, de manera especial el grupo de tenores, por no mantener el nivel alcanzado por la orquesta. Se hizo evidente la falta de conjunto y equilibrio entre registros. El fragmento de la oración, cantado por voces masculinas a cappella, fue una afortunada excepción.
La experimentada Ekaterina Semenchuk en el papel de Dalila mostró su poderosa voz, aunque en el registro central tal vez no estuviera suficientemente proyectada. En el aspecto escénico, a su Dalila no le faltó carisma, pero sí algo primordial para este papel: su esencia seductora.
Mijail Vekua, que acaba de triunfar en Oviedo en el papel de Siegfried, mostró una voz adecuada para su personaje. Durante toda la función mantuvo una voz homogénea y fresca, con agudos seguros y timbrados. Se le puede reprochar, sin embargo, cierto abuso del forte y la falta de fraseo bien trabajado. Todo lo contrario que Roman Burdenko en el papel de Sumo sacerdote de Dagón, que mostró un fraseo elaborado, expresivo y lleno de matices, lo que no impidió a su voz llenar la enorme sala del Mariinsky II. Hay que destacar la más que solvente actuación del jovencísimo bajo Yuri Vlasov, recién contratado por el Teatro, en el papel de Abimelec.
La primera versión del Sansón y Dalila de Saint-Saëns era un oratorio, lo que dejó su huella y condiciona el trabajo del director de escena, que se encuentra con una dramaturgia estática. Es este un problema al que Yannis Kokkos parece que no quiso enfrentarse. Tal vez confió en la actuación de los protagonistas, que no siempre cumplieron con esa labor. El mismo regista, con la colaboración de Paola Mariani, se encargó de la escenografía, y mezcló motivos propios del movimiento artístico del suprematismo con otros tradicionales, consiguiendo una imagen pintoresca. En la escena de la Bacanal el público se encontró con el baile moderno y el vestuario de cuero demasiadas veces presentes en las producciones recientes. La destrucción del templo en la escena final quedó algo desdibujada, por lo que se echó a faltar una conclusión más solemne.
La ovación a todos los protagonistas tuvo un especial y merecido énfasis en la figura de Valery Gergiev.  * Elena KOLESNIKOVA