Amigos de la Ópera de A Coruña
Gala Alberto Zedda en el recuerdo
Obras de G. Rossini. Celso Albelo, Carmen Romeu, Luiz-Ottavio Faria, Mariola Cantarero, Borja Quiza, Marina Monzó, Pablo Ruiz, Josè Maria Lo Monaco, David Alegret, Elena Belfiore. Dirección: José Miguel Pérez-Sierra. Teatro Colón, 9 de septiembre de 2017
 
Desde que se conoció la triste noticia de su fallecimiento, los Amigos de la Ópera de A Coruña tuvieron claro que la programación lírica de este septiembre debía rendir un cariñoso y merecido homenaje a Alberto Zedda, un director vinculado a la ciudad musical, afectiva y personalmente, ya que en ella tenía establecida su residencia desde hacía años. Con él como protagonista, los ciclos operísticos herculinos contaron con noches inolvidables, algunas de las cuales fueron reproducidas en proyecciones antes y durante la gala. La figura de Zedda, imprescindible para explicar el fenómeno de la Rossini renaissance de los sesenta y setenta del siglo pasado, merecía este recuerdo, que bien podrían hacer suyo los grandes teatros españoles, cuya capacidad de seducción –y presupuestaria– para intérpretes de primera línea será siempre mucho mayor que la de los Amigos.
Así pues, se dispuso una primera parte dedicada al Rossini más cómico y ligero, y una segunda centrada en su ópera seria, mucha de la cual fue reeditada por Zedda tras una profunda labor de estudio, expurgo y recuperación para despojarla de vicios de la tradición y recuperarla del olvido. Antes de comenzar la gala se informó de la ausencia por enfermedad de Ruggero Raimondi, afectado por una traqueítis. En general, la velada tuvo mejores intenciones que resultado, desigual en algunas fases, aunque con un denominador común: la falta de chispa y brío en la batuta de José Miguel Pérez-Sierra, con unos tempi morosos, más románticos que rossinianos, con la salvedad de las últimas páginas del programa, dedicadas al Guillaume Tell. La Sinfónica de Galicia se encontró más cómoda sobre el escenario que en el reducido foso del Teatro Colón –con todo el papel vendido–, aunque eso no impidió que, de nuevo, las peculiaridades del auditorio no le permitieran desplegar con plenitud su sonido. El Coro Gaos sonó más ligero que de costumbre.
Los dos grandes instantes de la gala tuvieron nombre masculino: Luiz-Ottavio Faria y Celso Albelo. El bajo brasileño no posee un instrumento que pudiera creerse a primera vista que fuera amoldable al canto rossiniano. Recio y de color oscuro, aparentemente no lucía la ductilidad exigida. Craso error. Su escena de Assur tuvo un “Il di già cade” plena de intensidad y emoción, y se entregó en la cabaletta “Quei numi furenti”. Albelo asumió la gran escena de Arnold del Guillaume Tell, un proyecto en agenda para representar con escena en A Coruña bajo la guía de Zedda que ya nunca se podrá llevar a cabo. El tenor canario domina la pieza con una facilidad asombrosa: fraseo cuidado, sensibilidad en el canto y ataques al sobreagudo firmes y sonoros. Con este papel triunfó en Montecarlo y París, y en A Coruña demostró el porqué. Una única tacha: la página agradece variaciones en la cabaletta.
Levantó el telón Marina Monzó con “Al più dolce e caro ogetto” de L’inganno felice, desplegando un canto brillante, sin complicaciones en el canto fiorito y fácil en el sobreagudo. Se echó en falta, sin embargo, algo de la intención y la picardía del estilo rossiniano, que le sobró a Josè Maria Lo Monaco en el aria final de La Cenerentola, aunque su debe estuvo en un instrumento con varios colores –particularmente un grave cavernoso– y una coloratura no siempre fina. Pablo Ruiz es un joven barítono que Zedda audicionó en A Coruña un año atrás como prometedor bajo bufo. Con su “Medaglie incomparabile” de Il viaggio a Reims –ópera que se interpretó por vez primera en España bajo la dirección de Zedda durante un Festival Mozart en A Coruña– demostró que sigue prometiendo, pero que resta camino por andar. La voz necesita madurez, toda la que le sobra a Borja Quiza en las dos páginas de Figaro que interpretó, el “Largo al factótum” y el “Dunque io son” junto a Lo Monaco.
Con el paso de los años, Quiza se está alejando del Rossini con el que creció y llama a las puertas de otros repertorios, desde el belcantista hasta el verdiano. El timbre suena cada vez más robusto, de notable proyección y cómodos ascensos al agudo, bien proyectados. Su primera aria fue una exhibición de medios, y en el dúo evidenció que la evolución del instrumento dificulta las agilidades. Completó esta primera parte el dúo del Viaggio “Nel suo divin sembiante”, con Monzó acompañando a David Alegret, dominador del estilo pero sin alardes en el tercio superior de una voz de tenorino rossiniano de manual.
Tras el descanso –en la que se proyectaron mensajes de recuerdo a Zedda enviados por Olga Peretyatko, Gregory Kunde y Michael Spyres– llegaron algunos de los mejores momentos de la velada. Carmen Romeu afrontó la canción del sauce del Otello rossiniano y el rondó final de La donna del lago. La soprano valenciana quiere recuperar su mejor momento vocal y todavía está en el proceso tras meses de parón y estudio. Conserva la elegancia pero arrastra aún algunas desigualdades en la voz, principalmente en las subidas al agudo –destempladas y dubitativas– y en la cobertura del registro grave, algo sordo. Mariola Cantarero eligió “Bel raggio lushinghier” de Semiramide porque las variaciones de la página fueron escritas personalmente para ella por el maestro Zedda. La intérprete granadina luchó con un instrumento que no facilita su adaptación al aria por el vibrato, dificultándole la expresividad además el fiato corto. De haber elegido otra pieza, a buen seguro habría podido exhibir las virtudes de su canto pianissimo, aquí apenas esbozado. Pero se aprecian signos de mejoría respecto a su última visita a la ciudad, con una fallida Pamina. Discreta Elena Belfiore, que asumió la escena inicial de Amenaide en Tancredi, el mágico “Oh patria”. Ni el timbre es especialmente atractivo, ni su dominio técnico entusiasma, ni el grave va resuelto. Anodina.  * José Luis JIMÉNEZ