Opéra de Lausanne
Donizetti LUCIA DI LAMMERMOOR
Lenneke Ruiten, Airam Hernández, Àngel Òdena, Patrick Bolleire, Tristan Blanchet, Cristina Segura, Pier-Yves Têtu. Dirección: Jesús López Cobos. Dirección de escena: Stefano Poda. 30 de septiembre de 2017.
 
Dos detalles del montaje de Lucia di Lammermoor de Stefano Poda @ Opéra de Lausana / Alan Humerose 
 
Lausana inauguró su temporada con una Lucia de marcado acento español, encabezada por la batuta de Jesús López Cobos, Premio ÓPERA ACTUAL 2016. El maestro burgalés dirigió aquí su propia edición crítica de Lucia (Ricordi, 1999), que ya había presentado en Lieja y Múnich y que se podría calificar de filológica, ya que reintroduce casi todos los cortes de la tradición (excepto el del dúo del barítono y el tenor del tercer acto). Además, la edición rescata el Glassharmonium para la escena de la locura, que más tarde sería sustituido por la flauta travesera, hecho que confiere una singularidad en el sonido. Para estas funciones, López Cobos marcó unos tempi elegantes y majestuosos, sin precipitación ni exentos de tensión. La Orquesta de Chambre de Lausanne sonó pulcra, cristalina –nunca mejor dicho– y con intensidad, y sacando las mejores cualidades de cada cantante y de los conjuntos (¡qué maravilla de sexteto!).
 
Stefano Poda, de quien el público español recordará sus excelentes y positivamente recargados Don Giovanni y Flauta mágica de Palma o Anna Bolena en Sabadell, propuso una lectura conceptual, y sea dicho de paso, un poco manida, y en blanco, negro y rojo. El todoterreno Poda se hizo cargo de la regia, la escenografía y el vestuario, logrando resultados felices en estas dos últimas disciplinas. Sin embargo, el movimiento escénico y la dirección de actores no convencieron por falta de hilo dramático, con histriónicos contoneos de los protagonistas o por desconcertantes y rígidos movimientos del coro y figurantes. Absurdo el final del segundo acto y la escena final del tenor. Lo mejor, por su trabajada carga dramática, la ensangrentada escena de la locura, con necrofilia incluida.
El tenor Airam Hernández debutaba en Lausana y en el rol de Edgardo, un verdadero tour de force para su cuerda. El artista canario posee un precioso timbre y una ductilidad natural y elegancia que le permiten abordar desde los momentos más íntimos y que precisan de mayor refinamiento, con un delicado “Tombe degli avi mei”, en el que regaló pianissimi estratosféricos y una sentida “Fra poco a me ricovero”, o páginas de mayor gallardía como el dúo “Qui del padre ancor respira”. A pesar de su juventud, el tenor hizo suyo a Edgardo, cosechando un importante éxito. Lenneke Ruiten gustó mucho por la singularidad y calidad del instrumento –a pesar de alguna tirantez en el agudo– y su entregada musicalidad; dibujó una Lucia más madura que inocente y en la que una técnica impecable y un buen control del fiato le permitieron, además de ofrecer todas las notas –las escritas y las que no–, ejecutar frases eternas y elegantes. La suya es una Lucia que deja huella por su entrega teatral, a pesar de haber llegado la cabaletta “Spargi d’amor” con claros síntomas de cansancio.
El Enrico de Àngel Òdena fue de rompe y rasga, casi excesivo, más propio de personajes verdianos que belcantistas; el tarraconense dice y frasea muy bien, sabe cantar en piano y tiene una musicalidad muy intuitiva. Patrick Bolleire (Raimondo) pasó sin pena ni gloria, con una voz afeada por una proyección irregular y una dicción imposible. El Arturo de Tristan Blanchet y el Normando de Pier-Yves Têtu cumplieron, sin mucho más. Cristina Segura (Alisa) fue un verdadero lujo y dejó sabor a querer escucharla en un rol de mayor compromiso y duración.  * Albert GARRIGA