Amigos de la Ópera de A Coruña
Verdi UN BALLO IN MASCHERA
Gregory Kunde, Saioa Hernández, Juan Jesús Rodríguez, Marianne Cornetti, Marina Monzó, Cristian Díaz, David Sánchez. Dirección: Ramón Tebar. Dirección de escena: Mario Pontiggia. Teatro Colón, 1 de septiembre de 2017.
 
Tres detalles de la producción de Un ballo in maschera de Mario Pontiggia © Amigos de la Ópera de A Coruña 
 
Los Amigos de la Ópera de A Coruña se han visto obligados, año tras año, a hacer de la necesidad virtud. Los continuados recortes en las aportaciones de las administraciones públicas habrían llevado a otros programadores a tirar la toalla, pero la responsabilidad del equipo que preside Natalia Lamas y a cuyos mandos artísticos está César Wonenburger afronta cada septiembre el desafío de vencer a las adversidades. Este año no iba a ser menos, y, además del ajuste económico, unas obras –necesarias desde hace años– en el Palacio de la Ópera han obligado a trasladar las actividades de la programación lírica al Teatro Colón, más coqueto y acogedor pero cuyas reducidas dimensiones condicionaron las representaciones de este Ballo in maschera con el que se levantaba el telón.
 
Sus limitaciones en foso y caja escénica constriñeron las posibilidades de Mario Pontiggia a la hora de plantear su nueva producción, encargada por la asociación en colaboración con los Amigos Canarios de la Ópera. Así, la propuesta se limitó a un escenario muy básico, con unos pilares neutros que creaban los distintos espacios, unos mínimos elementos de atrezo y un vestuario de época, todo con una iluminación intencionadamente oscura –obra de Santiago Mañasco–, como el ambiente en que transcurre la historia. Escasa imaginación, y la poca que se empleó no fue especialmente afortunada, como la utilización de miembros del Ku Klux Klan al comienzo del segundo acto –¿en Boston?– o el vestuario oriental del coro en la fiesta final. Se entiende que hubo más voluntariedad y necesidad de dar una pincelada de color que de aplicar rigor. En cualquier caso, no había mucho más margen en el Colón.
 
En el plano vocal, hubo dos triunfadores claros: el veterano Gregory Kunde y la emergente Saioa Hernández, una pareja que se conocía de tiempo atrás, cuando cantaron juntos Norma en Catania, en unas funciones que supusieron el debut de la soprano española en el rol de la sacerdotisa. Ese conocimiento previo facilitó el entendimiento en escena de la pareja protagonista. El tenor americano disipó cualquier duda que hubiera sobre el estado de su voz, con un timbre fresco y lozano, brillante en el extremo agudo, esquivando las dificultades de elasticidad que el rol de Riccardo tiene en el comienzo de la ópera, y desbordando fuerza a partir del “Teco io sto”, en el que la faceta más heroica del personaje encaja a la perfección en su estilo actual. Kunde conoce el papel y eso allana el terreno para acentuar y decir con intención. Intachable.
 
Saioa Hernández debutaba en la ciudad y en el papel. Se avisó al comienzo de la representación de una leve indisposición, pero no afectó a su desempeño, más allá de suponer que le pudo restar presencia vocal. Lo primero que impactó de la soprano fue la calidad del instrumento, con un centro bruñido y un grave bien resuelto, ascendiendo a las notas altas siempre bajo control. Con la emisión pulida, no tuvo problemas en modelar medias voces y buscarle los claroscuros a su Amelia, aunque evidentemente el papel está por personalizar. Sus dos grandes arias, “Ecco l’orrido campo” y “Morrò, ma prima in grazia” las destiló con sensibilidad y un canto a la antigua, de vieja –y gran– escuela.
 
Con Juan Jesús Rodríguez el espectador quedó fascinado en los primeros compases de su actuación por el riquísimo material que atesora, una voz robusta de barítono, de esas que dicen que ya no quedan. Pero conforme transcurre la función, la exhibición de medios empaña la construcción del personaje ante la ausencia de matices, la esencia del canto verdiano. Sin detalles, estos roles acaban cayendo en el aburrimiento y la monotonía. Una lástima. En el extremo opuesto, la Ulrica de Marianne Cornetti, cuya teatralidad y tablas permitieron lidiar con un instrumento que evidencia algunos signos de fatiga en el registro grave. Aun así, uno y otro fueron ovacionados por el público que abarrotaba el Colón en la primera de las dos funciones programadas. Simpático el Oscar de Marina Monzó, que demostró que el papel no le suponía mayores dificultades. En las voces graves de los conspiradores, mejor el Samuel de Cristian Díaz que el Tom de David Sánchez.
 
No fue la mejor noche de la Sinfónica de Galicia: las limitaciones de espacio en el foso obligaron a una reducción en el número de músicos, y las cuerdas se vieron afectadas. Eso llevó a que metales y percusión sonaran con poco empaste con el resto de secciones y la música no sonó con la suntuosidad que exige la partitura. Además, los tempi de Ramón Tebar no acabaron de ser los más ágiles, y por momentos el acompañamiento orquestal sonó algo pesante. En otras condiciones, el sonido de la OSG habría sido otro, y probablemente también su implicación.  * José Luis JIMÉNEZ