Rossini Opera Festival
Rossini TORVALDO E DORLISKA
Salome Jicia, Raffaela Lupinacci, Dmitry Korchak, Nicola Alaimo, Carlo Lepore. Dirección: Francesco Lanzillotta. Dirección de escena: Mario Martone. Teatro Rossini, 12 de agosto de 2017.
 
La poco habitual Torvaldo e Dorliska subió al escenario del Teatro Rossini © Rossini Opera Festival 
 
Torvaldo e Dorliska pertenece al reducido grupo de las óperas semiserias de Rossini que tiempo atrás no lograban imponerse porque el público no asimilaba la mezcla de elementos cómicos y serios a la que obedece este subgénero. Pero en realidad hay poco espacio para lo cómico en Torvaldo e Dorliska, obra que presenta notables afinidades con el Fidelio beethoveniano, lo que no ha de interpretarse en el sentido de que Rossini conociera dicha obra, sino en el de que ambas proceden del género francés de la pièce à sauvetage. En Rossini, a diferencia de lo que ocurre con la obra de Beethoven, no se trata de idealizar la justicia y la libertad como bienes supremos, sino de una vivencia personal, individual y contingente que no aspira a erigirse en sublime ejemplo ético para la entera humanidad como ocurre con Fidelio.
El protagonista es el pérfido Duque d’Ordow, el equivalente al Pizarro de Beethoven. Su índole violenta nace de un sentimiento positivo en su origen como es el amor, pero al ser rechazado por Dorliska adopta una actitud cada vez más arrogante y temeraria, lo que no llega a convertirle en un personaje trágico como Macbeth, pues no se pasa en su caso de una conducta semiseria. Nicola Alaimo supo resaltar el trasfondo humano del personaje y tanto en su trabajo de actor como en los matices del canto sabe expresar esos brotes de ternura que desembocan en la violencia. Giorgio podría ser, en cambio, la contrafigura de Rocco, si bien con algunas de las características de Leporello, y Carlo Lepore fue su intérprete ideal. Salome Jicia prestó a su Dorliska una perfecta coloratura y un timbre ligeramente metálico que no le sentó mal a esa hermana menor de la indómita Leonore beethoveniana. Dmitry Korchak exhibió un canto a flor de labio y unas medias voces dulcísimas, pero no estuvo aquí en su papel, escrito por Rossini para un baritenore heroico como Cesare Donzelli, al que definía como “un tenor de grandes pulmones”. Raffaella Lupinacci tuvo el mérito de lucirse en un papel menor como el de Carlotta.
Muy positivo resultó el debut en el Festival de Pésaro de Francesco Lanzillotta, un joven director en alza que supo encontrar en todo momento los tiempos y colores justos y naturales para esta compleja partitura. Igual carácter tuvo la dirección escénica de Mario Martone, que supo subrayar adecuadamente las sutiles relaciones psicológicas entre los personajes. El espectáculo era una reposición del ofrecido en 2006, memorable por la genial disposición del espacio escénico ideada por Sergio Tramonti, que del castillo ofrece solo la verja, tras de la cual se extiende un intricado bosque que representa tanto una espantosa amenaza como una esperanza de fuga.  * Mauro MARIANI