Rossini Opera Festival
Rossini LE SIÈGE DE CORINTHE
Nino Machaidze, Cecilia Molinari, Luca Pisaroni, Sergei Romanovsky, John Irvin, Carlo Cigni, Xavier Arduaga, Yuri Samoilov. Dirección: Roberto Abbado. Dirección de escena: Carlus Padrissa. Adriatic Arena, 10 de agosto de 2017.
 
Carlus Padrissa firmó la puesta en escena de Le siège de Corinthe © Rossini Opera Festival 
 
Se ofreció en el Festival Rossini de Pésaro Le siège de Corinthe en su nueva edición crítica y con ello se pudo finalmente conocer el verdadero aspecto de una de las mayores obras maestras de Rossini, título que hasta hace pocos años se oía en versiones como la que ofreció La Scala en 1969 con la dirección de Schippers y Beverly Sills y Marilyn Horne en el reparto, una versión que podía entusiasmar por el virtuosismo de las dos protagonistas pero que en muy poco recordaba a la ópera representada en París en 1826. Según la tradición francesa, orquesta y coro tienen aquí una función fundamental y consiguientemente, en esta flamante edición, el gran protagonista fue Roberto Abbado, quien pudo imponerse desde el primer cuadro que, desde el punto de vista dramático, quedó formado por dos partes que constituyeron un único bloque monumental de más de media hora y en el que el maestro pudo revelar de modo exacto la perfecta construcción musical de la obra y su progresivo crescendo expresivo. Su dirección supo mantener siempre este carácter, dando a Le siège una coherencia dramática y una unidad de fondo que raramente se puede encontrar en una producción de este título.
 
Todo ello no significa que haya que minusvalorar el mérito de los intérpretes vocales. Luca Pisaroni afrontó con técnica y estilo irreprensibles el exigente papel de Maometto II, del que acertó a subrayar el perfil de guerrero generoso y gentil amante por encima de su faceta cruel y amenazadora. Nino Machaidze unió a la agilidad virtuosística una notable fuerza dramática, haciendo de Pamyra un prototipo del soprano drammatico d’agilità que aparecería unos años después. Néoclès fue Sergei Romanovsky, que mostró un timbre atractivo en el registro central y seguridad, aunque poca presencia en los agudos, confiriendo a este atormentado personaje, que combate por su patria mientras su amada prefiere a su enemigo, un gran relieve. John Irvin fue un Cléomene correcto pero un tanto pálido, efecto que compensó con el dramatismo de algunos recitativos. Completaban adecuadamente el reparto Xabier Anduaga, Yuri Samoilov y Cecilia Montanari.
 
La dirección escénica de Carlus Padrissa (de La Fura dels Baus) no presentó las ideas originales y sorprendentes habituales de los montajes del grupo teatral catalán, pero supo secundar eficazmente los valores expresivos de la música con una lectura más bien tradicional de la trama y de los personajes. El único coup de theâtre digno de tal nombre fue la escena en que Hiéros –interpretado de manera conmovedora por Carlo Cigni– exhorta a los griegos a combatir y morir por la patria y la libertad, en la que la acción pasa del escenario al patio de butacas para implicar a los espectadores en el que es el primer gran cuadro patriótico de la ópera romántica, que se anticipa a Verdi en casi veinte años. No convencieron en cambio los elementos escenográficos, formados exclusivamente por grandes contenedores plásticos de agua, resultando además incomprensibles las aportaciones pictóricas y videográficas de la artista española Lita Cabellut* Mauro MARIANI