Chorégies d’Orange
Verdi AIDA
Elena O'Connor, Anita Rachvelishvili, Marcelo Álvarez, Nicolas Courjal, Quinn Kelsey, José Antonio García, Rémy Mathieu, Ludivine Gombert. Dirección: Paolo Arrivabeni. Dirección de escena: Paul-Émile Fourny.  5 de agosto de 2017.
 
 Elena O'Connor y Anita Rachvelishvili protagonizaron Aida © Chorégies d’Orange / Philippe Gromelle 
 
Orange despidió la edición de 2017 de su festival con un golpe de gracia de su flamante director, Jean-Louis Grinda, denunciando la falta de recursos económicos para garantizar la continuidad del evento. Sin embargo, tras la última función de Aida, anunció un consenso con las administraciones que dota de viabilidad a las Chorégies para las próximas ediciones. La cierta euforia administrativa se vio algo mermada por parte de los resultados artísticos de esta Aida, que no terminó de convencer al público fiel a la cita veraniega.
La dirección de escena de Paul-Émile Fourny situó la acción en París, al fin de las expediciones napoleónicas en Egipto y su correspondiente expolio –entre otros, del gran obelisco del templo de Luxor que preside la plaza de la Concordia–. En este marco argumental giran los personajes originales –sin alteración de la historia de la ópera–, que viven en las piezas expuestas en el museo –se entiende– del Louvre o, por entonces, del Museo Napoleón. Resulta bastante difícil cuajar dramáticamente ambas épocas más allá de situarlo en un museo viviente y lo que quizá resultó más absurdo fue la escena de la gran marcha triunfal, que Fourny situó precisamente ante el obelisco en París.
 
Por otro lado, los competentes cuerpos de baile de las óperas de Metz y Avignon ejecutaron los tres ballets presentes en la ópera, cosa de agradecer si no fuera por la desconcertante coreografía de Laurence May-Bolsigner de la escena triunfal, con soldados napoleónicos rodando por el suelo y damas estilo imperio brincando sin sentido, que despertó sonoras protestas.
 
El veterano director Paolo Arrivabeni estuvo muy inspirado frente a la Orquesta Nacional de Francia. Consiguió un sonido compacto a la vez que dúctil, con frases muy cuidadas, tempi majestuosos y dinámicas muy musicales. Resultó una verdadera joya de elegancia y musicalidad. Los cuatro coros de Angers-Nantes, Avignon, Montecarlo y Toulon estuvieron también magníficos.
 
El apartado vocal corrió una suerte irregular. La joven soprano norteamericana Elena O’Connor tuvo que jugar la difícil papeleta de sustituir a Sondra Radvanovsky en el rol principal. Aida es un papel para soprano lírico-spinto –a pesar de que algunas líricas también se  han atrevido a afrontarlo– que tiene su gran baza interpretativa en el tercer acto, cuando tiene que jugar con pasajes de gran lirismo y cuidado fraseo –“O patria mia”– y con frases de cierto peso como en “Ne d'Amneris paventi il vindice furor?”. O’Connor es una soprano lírica pura, con un color de interesante belleza, un vibrato quizás demasiado marcado, pero de elegante saber hacer. Su instrumento no es suficientemente ancho para Aida y su proyección es limitada para un teatro como el de Orange; en algunos momentos, en solitario, fue a penas audible.
 
La gran triunfadora de la noche fue Anita Rachvelishvili (Amneris). Su torrencial voz llenó hasta la última esquina del Théâtre Antique, ya desde su entrada, cuando dejó constancia de la calidad de su instrumento y de su capacidad interpretativa. Su Amneris es de esas que dejan huella en la memoria, con una administración de los recursos interpretativos con los que ofreció una versión redonda, sin forzar ni caer en la exageración. Parece que Orange le va bien a Marcelo Álvarez, que disimula, en ocasiones, la rudeza con la que interpreta a los personajes verdianos. Es una lástima porque el instrumento es de gran belleza y sabe proyectar la voz adecuadamente en ocasiones tanto en forte como en los pianos de “O terra addio”. Nicolas Courjal estuvo muy bien como Ramfis y Quim Kelsey fue un lujo como Amonasro, con un instrumento de color muy carnoso y autoridad.  * Albert GARRIGA