Festival de Salzburgo
Shostakovich LADY MACBETH DEL DISTRITO DE MTSENSK
Evgenia Muraveva, Brandon Jovanovich, Dmitry Ulyanov, Maxim Paster, Andrei Popov. Dirección: Mariss Jansons. Dirección de escena: Andreas Kriegenburg. Grosses Festspielhaus, 10 de agosto de 2017.
 
Evgenia Muraveva y Brandon Jovanovich, Katerina y Sergei en la producción de Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny © Festival de Salzburgo / Thomas Aurin 
 
Cada aparición de Mariss Jansons en un foso es un acontecimiento, tanto por la alta calidad del músico letón como por las cada vez más escasas oportunidades de verlo dirigir ópera. De hecho, Lady Macbeth de Mtsensk de Shostakovich era la primera obra lírica que dirigía en el Festival de Salzburgo, un título que conoce a la perfección –hace años ya brindó una versión memorable en Ámsterdam– y que ahora abordaba al frente de una Filarmónica de Viena de nivel estratosférico. Las mejores versiones de Jansons se caracterizan por su inevitabilidad, por una elocuencia apabullante que provoca la sensación de que esa música no puede sonar de otra manera. Alternando con una impecable flexibilidad los pasajes más grotescos con los más sublimes, los más brutales con los más desoladores, Jansons condujo sin titubeos el discurso hasta un acto cuarto de una negrura acongojante.
 
Un reparto sin mácula fue el necesario complemento a una versión musical espléndida, incluso contando con la sustitución a última hora de Nina Stemme por una Evgenia Muraveva de fuerzas sobradas para un papel extenuante como el de Katerina. La voz es extensa y dúctil, y la soprano rusa se adaptó sin problemas a una producción que ya conocía desde dentro al asumir normalmente dos pequeños papeles. Brandon Jovanovich ofreció una insolencia vocal y una petulancia física del todo acorde con Sergei, mientras que Dmitry Ulyanov era un Boris que, pese al maquillaje, no podía disimular que era más joven de lo habitual para un papel que, no obstante, interpretó con la rotundidad vocal necesaria. Maxim Paster fue un pusilánime Sinowi, mientras que entre la larga nómina de pequeños papeles cabe destacar el Trabajador Harapiento de Andrei Popov y el Pope de Stanislav Trofimov.
 
La producción de Andreas Kriegenburg corría el riesgo de verse ensombrecida por el monumental decorado de Harald B. Thor, un enorme patio rodeado de desconchados pisos postsoviéticos del que emergían de vez en cuando dos habitaciones. Excepto en la muerte final de Katerina y Sonetka, Kriegenburg movió bien la acción, enfatizando el abismo social entre dominadores –la familia de Boris– y dominados, en medio de los cuales se sitúa Katerina con sus anhelos insatisfechos y sus pesadillas, representadas en hábiles proyecciones que se superponían al decorado. Funcional más que brillante, la puesta en escena no entorpeció el desarrollo de una lectura musical deslumbrante.  * Xavier CESTER