Festival de Salzburgo
Verdi AIDA
Anna Netrebko, Francesco Meli, Ekaterina Semenchuk, Luca Salsi, Dmitry Belosselsky. Dirección: Riccardo Muti. Dirección de escena: Shirin Neshat. Grosses Festspielhaus, 12 de agosto de 2017. 
 
Anna Netrebko y Francesco Meli debutaron en Aida en Salzburgo © Festival de Salzburgo / Monika Rittershaus 
 
El debut como protagonista de Aida de Anna Netrebko era uno de los grandes reclamos de un Festival de Salzburgo que, bajo la nueva égida de Markus Hinterhäuser, no renuncia al star system. Y la diva ruso-austríaca no decepcionó con una encarnación poco menos que espectacular. La madurez de la voz y una técnica segura le permiten abordar todas las facetas del papel con una suficiencia casi insultante. Un agudo penetrante, un centro que no ha perdido ni un ápice de su atractiva tonalidad oscura, un grave de impecable firmeza, un volumen suficiente para las grandes escenas de masas y unos pianísimos etéreos son algunas de las armas empleadas en un interpretación que culminó en un emotivo dúo final.
Detrás de este debut afortunado se notó la mano de Riccardo Muti. Con el italiano en el foso, no hay duda de que es el director de orquesta quien controla todos los parámetros de la representación. El Verdi de Muti, equilibrado pero no por ello menos intenso, descubrió facetas nuevas de una partitura que creemos conocer al dedillo, en un discurso que no admite ni vacuas pomposidades –lo cual no es óbice para clímax poderosos– ni sentimentalismos lacrimógenos –lo cual no quiere decir que no haya emoción–. La Filarmónica de Viena volvió a tocar como los ángeles para un director al cual adora, mientras que no le anduvo a la zaga un coro compacto.
Francesco Meli también debutaba en este título verdiano, ofreciendo un Radames más lírico de lo habitual, más joven enamorado que guerrero; y si el agudo no siempre se libera con facilidad, el fraseo continúa siendo de gran nobleza. Ekaterina Semenchuk fue una Amneris intermitente que solo mostró la plenitud de sus generosos recursos en el cuarto acto; Luca Salsi fue un Amonasro algo rudo pero eficaz, y de gran rotundidad tanto el Ramfis de Dmitry Belosselskiy como el Rey de Roberto Tagliavini.
La mirada artística que aportaba la creadora iraní Shirin Neshat en su debut como directora de escena operística tuvo como principal mérito la estilización visual de un montaje que evitaba el exotismo de postal para mostrar una visión más universalista, sobre todo con el vestuario de Tatyana van Walsum, que mezclaba sin ambages referentes culturales y religiosos diversos. Lástima que la puesta en escena propiamente dicha cayera en la gestualidad más ajada, con lo que el drama revivió tan solo gracias a la música.  * Xavier CESTER