Archivo Societat del Gran Teatre del Liceu
 
Cuando se inaugura el siglo XX, la diversidad geográfica, idiomática y política de la península Ibérica se ve también reflejada en los coliseos operísticos y los creadores ofrecen su particular visión del género con sus raíces como telón de fondo. Los escenarios operísticos serán testigo de la agitada situación política y social que se vivía y también de las reivindicaciones nacionalistas.  
 
Verónica MAYNÉS
ÓPERA ACTUAL 218
(NOVIEMBRE 2018) 
 
Uno de los más importantes impulsores de la vida musical barcelonesa fue Joan Lamote de Grignon (Barcelona, 1872-1949). Aconsejado por Felip Pedrell, se interesó por la tradición musical autóctona y, sin desestimar sus profundos conocimientos de la herencia musical europea, buscó un lenguaje propio. En 1910 funda y dirige la Orquestra Simfònica de Barcelona y cuatro años después asume también la dirección de la Banda Municipal de Barcelona con la cual obtendrá prestigio internacional, realizando con ella una importante labor pedagógica al llevar la obra de los grandes compositores a los estratos sociales más desfavorecidos con sus famosos conciertos populares que pasaron a formar parte del imaginario colectivo barcelonés. Sus arreglos de obras líricas y sinfónicas de Beethoven, Brahms, Wagner o Richard Strauss causaron la admiración de este último, llegando incluso a dirigir la banda a su paso por la Ciudad Condal, y presentándola en Alemania como modelo a seguir.
Al igual que su hijo Ricard, Joan Lamote de Grignon se sentía fuertemente atraído por la música escénica y compuso varias zarzuelas, además del drama lírico en un acto Hespèria, con texto de Joan Oliva. El propio autor dirigió la obra en su estreno en 1907 en el Gran Teatre del Liceu. Ambientada en Tarragona en el siglo III a.C., Hespèria es una apasionada historia de amor y de defensa de los ideales, con bastantes guiños literarios a la Norma de Bellini: Hespèria ama a Indíbil, guerrero que defiende las tierras catalanas de las invasiones romanas. El ejército de Escipió se acerca y las sacerdotisas druidas dirigen sus oraciones a la luna, implorando su protección. El general romano pretende el amor de Hespèria y esta, para proteger a Indíbil, finge corresponderle. Cuando Escipió descubre el engaño asesina a la joven, que muere en los brazos de su amado. Tras la Guerra Civil, la pertenencia del compositor al bando catalanista y republicano lo forzará al exilio y no volverá a Barcelona hasta 1947, dos años antes de su muerte
Una de las figuras más emblemáticas de la escena lírica catalana fue Enric Morera i Viura (Barcelona, 1865-1942). Autor de más de ochocientas obras entre las que se encuentran piezas sinfónicas, corales, escénicas y líricas, Morera es conocido principalmente por haber escrito algunas de las sardanas más admiradas de la historia, como La Santa Espina, La sardana de les monges o Les fulles seques. Su talento dramático lo convirtió en adalid del llamado Teatre Líric Català, siguiendo los ideales del modernismo musical y en contacto con la vanguardia artística de la época erigiéndose, además, como abanderado del nacionalismo musical de su tierra. Formado entre Barcelona y Bruselas, recibió clases de Pedrell y Albéniz, y su música se vio influida tanto por la corriente postromántica francesa como, en mayor medida, por la estética wagneriana. Para ofrecer una alternativa al género popular predominante en la Barcelona de la época –la zarzuela–, fundó el Teatre Líric Català, con el que revitalizaría la tradición catalana, creando una nueva sensibilidad que utilizaría los modelos artísticos propios concibiendo las obras escénicas como un arte que integraba simbióticamente la música, el teatro y los decorados.
 
Ayuntamiento de Lleida
 
Un nuevo género
Parte de sus ideales se presentaron en 1897 durante las fiestas modernistas de Sitges con La fada, drama lírico en un acto con libreto de Jaume Massó i Torrents, que se convirtió en el manifiesto musical del modernismo catalán. Partiendo de la concepción teatral más avanzada de la época, la ópera describe una historia de amor trágico, ambientada en el Pirineo en tiempo medieval, y en la que los elementos de la naturaleza abocan a sus protagonistas a un destino inexorable. La influencia de Wagner está presente en la ausencia de números cerrados, el uso de los metales y la originalidad de los timbres para caracterizar escenas. Después de estrenar en 1901 en el Teatro Tívoli de Barcelona su ópera de juventud L’alegria que passa, con libreto de Santiago Rusiñol, en 1906 Morera estrenará Empòrium en el Liceu, con texto de Eduard Marquina, ambientada en la Cataluña de las últimas invasiones bárbaras y cantada en italiano. El mismo año, y en el citado coliseo, vio la luz Bruniselda, drama lírico en un prólogo y tres actos con libreto de Josep Puigdollers y Artur Masriera y bajo la batuta de Joan Lamote de Grignon. La obra –cuyo original en catalán incluye el himno “La Pàtria és una mare que estima i no mor mai”– siguió la costumbre de ser representada en italiano, pese a las protestas del sector nacionalista. Ambientada en la Cataluña medieval, Bruniselda narra una historia en la que tienen cabida todos los estratos sociales: señores, damas, caballeros, trovadores y payeses aparecen definidos por una música que rinde culto a la canción popular y que se beneficia de la ecléctica formación artística de un autor originalísimo.
En 1912 Morera estrena Titaina, ópera en un acto y dos cuadros con libreto de Ángel Guimerà, un drama rural musical cuyos protagonistas son paradigma de los distintos estamentos sociales. Morera utiliza nuevamente la canción popular, mientras la orquesta y los coros adquieren una presencia más significativa al participar activamente en el desarrollo del hilo dramático gracias a las constantes tensiones entre masa sonora y acción teatral. Cuatro años después el Liceu acogerá Tassarba, con libreto de Juli Vallmitjana y estrenada en catalán, hecho insólito en la época. El drama se desarrolla en el mundo gitano y gira en torno a sentimientos tan primitivos como el de la superstición, la pasión, la venganza y el honor.
Joaquim Cassadó i Valls (Mataró, 1867-Barcelona, 1926) fue otro de los autores catalanes de la época interesados por la ópera. Aunque en su juventud Cassadó tomó los hábitos –gracias a lo cual pudo disfrutar de una formación musical extraordinaria–, finalmente los abandonó para dedicarse de lleno a la composición, y por amor a su futura mujer. Autor de misas, oratorios, zarzuelas, sardanas, piezas vocales y de música de cámara, Cassadó compuso también Lo monjo negre, llegenda tràgica en tres actes, con texto de Frederic Soler i Hubert, más conocido por uno de sus pseudónimos, Serafí Pitarra, nombre fundamental del teatro catalán. Aunque los textos de Pitarra estaban en su idioma nativo, la ópera se tradujo al italiano para su estreno en el Liceu, en 1920. Alentado por el éxito que la obra de Pitarra había cosechado en sus representaciones en el Teatro Romea en 1889, Cassadó se animó a escribir la versión operística, la cual tuvo que esperar casi diez años desde que el autor cerró su último compás hasta el estreno definitivo. Influido por la corriente germánica decimonónica, Cassadó concibió una partitura que se desarrolla en la época gótica, entre los muros de un convento de Friburgo y las salas de un palacio en Inglaterra, con todos los ingredientes típicos y personajes arquetípicos de las historias tardorrománticas que tanto cautivaron a los artistas de su época.
Nada desdeñable fue la aportación de Antoni Massana i Bertran (Barcelona, 1890-Raïmat, 1966), formado con Enric Granados, Felip Pedrell y Enric Morera, entre otros. Ordenado sacerdote jesuita cuando rondaba la treintena, Massana conoció de cerca la música religiosa, de la que fue un reconocido estudioso. Su sólida formación humanística propició el interés por la música escénica, siendo autor de varias obras dramáticas entre las que se encuentra Canigó, ópera en tres actos con texto de Josep Carner basado en la pieza homónima de Jacint Verdaguer. La obra se estrenó primero en 1936 –en versión de concierto– en el Casal del Metge de Barcelona, y dieciséis años después en versión escenificada, en el Gran Teatre del Liceu, con motivo del cincuentenario de la muerte de Verdaguer. Canigó es una historia legendaria contextualizada hacia el año 1000 en los Pirineos bajo ocupación musulmana. En el marco de la mítica montaña, la ópera incluye elementos musicales de corte popular catalán, con leves influencias wagnerianas, exaltando los orígenes de Cataluña y sirviendo como reflexión sobre la caducidad del ser humano frente a los valores morales y éticos.
 
Rusiñol y Morera, en una publicación de la época del estreno de La alegría que pasa, ejemplo del llamado Teatre Líric Català
 
Desde Alacant
Óscar Esplà i Triay (Alacant, 1886-Madrid, 1976) fue uno de los grandes músicos levantinos del siglo XX. Alumno de Camille Saint-Saëns, Esplà estudió ingeniería industrial y filosofía, lo que le procuró una formación más allá de la artística. Un hecho poco conocido pero importantísimo, es su contratación por parte de la Unesco para establecer el diapasón estándar desde su cargo como director del Laboratorio Musical Científico de Bruselas, donde se estableció tras su exilio al terminar la Guerra Civil. Intelectual polifacético, Esplà se interesó tanto por las corrientes europeas contemporáneas como por la tradición popular levantina o la música antigua modal, reminiscencias sonoras que se vierten en sus numerosos pentagramas. De su obra escénica destaca El pirata cautivo, ópera en un acto comisionada por la Dirección General de Bellas Artes, con libreto de Claudio de La Torre y estrenada en el Teatro de La Zarzuela de Madrid en 1975.
 
 
 
 
 
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