Fundación Juan March  / Alfredo Casasola
 
Con la llegada de los Borbones a la corte española, la óperainvade palacios y teatros. Su presencia gana terreno a la creación local abriendo un debate entre intelectuales y artistas sobre la necesidad de crear un estilo autóctono que compitiera con el italiano. El siglo XVIII será testigo en España de uno de los momentos más fascinantes de la historia: la convivencia entre autores españoles que buscan un estilo propio y los que ansían la proyección internacional adoptando la ópera italiana. 
 
Verónica MAYNÉS
ÓPERA ACTUAL 213
(MAYO 2018) 
 
El siglo XVIII se estrena con uno de los mayores hitos de la historia teatral lírica española, La guerra de los gigantes de Sebastián Durón. Nacido en 1660, el compo­sitor llegó a ser maestro de la Real Capilla de Felipe V entre 1701 y 1706, componiendo numerosas zarzuelas y comedias. Escrita en 1701 –probablemente para celebrar los esponsales de Felipe V y María de Saboya–, La guerra de los gigantes fue una metáfora musical de la inestabili­dad política europea de inicios del siglo XVIII y una de las primeras partituras españolas en las que se encuentra presente la denominación ópera escénica. El argumento utiliza la mitología como símbolo de la convulsa situación provo­cada por la Guerra de Sucesión que enfrentó a Felipe V y al archiduque Carlos de Austria (proclamado Carlos III de España por el bando austracista). Hércules y Palante, se enfrentan en una lucha de la que sale vencedor el primero. 
 
La lectura política es clara: la consolidación de la monarquía española, con Hércules vencedor representando a Felipe V, y Palante derrotado por los dioses como el archiduque Carlos de Austria. Lo valioso de la ópera de Durón reside en el hecho de que ­re­úne características netamente españolas que conviven con elementos musicales italianos y franceses que anticipan el estilo internacional que años después invadirá los escenarios del mundo occidental. Durón cita levemente el minué francés –apelando al origen del monarca–, y el procedimiento italiano de recitativo y aria que prácticamente pasa desapercibido por la mayor presencia de ritmos españoles. Precisamente será esta una de las últimas óperas genuinamente hispánicas antes de que los compositores nacionales se sometan a la tiranía de la combinación de arias y recitativos italianos. La guerra de los gigantes se articula a la española, con una sucesión de coplas y tonadas de fuerte vigor rítmico y bellísimo lirismo de sabor local.
 
 
Viento es la dicha de Amor (2013), de José de Nebra, en un montaje de Andrés Lima en el Teatro de La Zarzuela, con dirección musical de Alan Curtis, coreografías de Sol Picó y con Yolanda Auyanet como protagonista
 
 
Tras el exilio de Durón a Francia –por su apoyo a Carlos de Austria–, el mallorquín Antoni Lliteres i Carrió se convirtió en el principal compositor de la Capilla Real de Madrid. Nacido en 1673, fue uno de los más exitosos autores de su época de comedias con música y de zarzuelas. En 1734 se le encomendó –junto a José de Torres y José de Nebra– la recuperación de la colección musical del palacio real, cuyo archivo había sido destruido por un incendio, y también la composición de obras nuevas. Escrita para celebrar el cumpleaños de la duquesa Mariana Sinforosa de Guzmán y bajo el encabezamiento de ópera armónica al estilo italiano, su obra recientemente recuperada Los elementos (ver crítica en página 66) se compuso supuestamente a principios del XVIII, siendo un ejercicio de invención sonora que describe las desventuras de los personajes Aire, Tierra, Fuego y Agua a la espera de la llegada de la Aurora y del Tiempo. Aunque falta acción dramática entre tan singulares personajes, la ópera destaca por la brillantez con la que amalgama elementos del villancico y la zarzuela con los recitativos y arias da capo característicos de la tradición italiana. Además Lliteres (o Literes) tuvo la maestría de responder igualmente a las exigencias cortesanas y populares incorporando las formas italianas y francesas a las tradicionales de tonadas, coplas y estribillos.
 
Otro de los nombres importantes de la escena barroca hispana fue el aragonés José de Nebra, nacido en 1702 y uno de los músicos más prolíficos y versátiles de la época. Cultivó tanto la música religiosa como la profana, siendo autor de entremeses, sainetes, villancicos, óperas, zarzuelas –como la famosa Viento es la dicha de Amor (1743)–, comedias, loas y autos sacramentales. Su actividad fue decisiva en un momento crítico para la música autóctona debido a la invasión del italianismo. Nebra colaboró con los más importantes dramaturgos de su tiempo, teniendo una importante presencia en los principales teatros públicos madrileños. En 1737 inauguró la primera temporada de ópera con compañías españolas en el Teatro de la Cruz con su ópera Adriano en Siria o Más gloria es triunfar de sí. Nebra utiliza recitativos y arias da capo italianas junto a formas musicales españolas como estribillos, coplas y seguidillas, alternando fragmentos declamados con otros cantados que confieren fluidez dramática al conjunto, e incluyendo personajes cómicos.
 
Su versatilidad creativa y su contacto con los músicos italianos afincados en la corte española contribuyeron a la consecución de un estilo de bellísima factura lírica cuyas inspiradas melodías se acompañaban de una orquestación rica en matices.
 
Una cosa rara (2010), de Martín i Soler, en una producción de Francisco Negrín para el Palau de Les Arts de Valencia. Abajo, el famoso castrato Farinelli en un retrato de Corrado Giaquinto hacia 1753. El divo por excelencia de su época fue decisivo para la adopción, en España, de las formas líricas italianas / Palau de Les Arts 
 
 
La moda italiana
 
Caso aparte representan los autores autóctonos que asimilaron totalmente el estilo italiano e hicieron carrera internacional, como el barcelonés Domènec Terradellas o el valenciano Vicent Martín i Soler. Formado en Nápoles y autor de numerosas óperas serias y cómicas de corte napolitano, Terradellas gozó de una sólida proyección sobre todo en Italia, llevando algunas de sus creaciones a Venecia, Roma, Nápoles o Turín. Su ópera Sesostri, re d’Egitto –estrenada en Roma en 1751– fue la primera ópera compuesta por un catalán representada en Cataluña, en el Teatre de la Santa Creu de Barcelona en 1754. El éxito obtenido con La Merope (1743) propició su contrato como maestro de capilla de la iglesia San Giacomo degli Spagnoli en Roma. Poco después fue nombrado director del King’s Theater de Londres, donde representó con gran éxito algunas de sus óperas. Otro de sus hitos escénicos fue Artaserse, estrenada para los carnavales de Venecia en 1744 en el prestigioso Teatro San Giovanni Grisostomo, y con libreto de Metastasio.
 
El éxito cosechado se debió a su versatilidad para adoptar un estilo de amplio gusto internacional que incluía tanto las formas del recitativo y el aria da capo como una amplia sensibilidad dramatúrgica teatral y musical. Sus óperas serias incluyen no solo recitativos secos sino también acompañados, los cuales aportan un mayor dramatismo a menudo potenciado por el novedoso uso de instrumentos de viento en lugar de los arcos y el tradicional bajo continuo. El contraste logrado con repentinos cambios de tempo, modulaciones que pasaban alternativamente de tonalidad mayor a menor o sorpresivos pasos del pianissimo al fortissimo, adelantan algunas de las innovaciones de la futura estética musical.
 
Autor de más de treinta óperas, el valenciano Vicent Martín i Soler fue otro de los compositores españoles de mayor proyección internacional. Inmerso en el espíritu de la Ilustración, trabajó en las cortes de Nápoles, Viena y San Petersburgo. En su estancia vienesa conoció a Lorenzo Da Ponte, que le ofreció algunos de los libretos de sus obras para el teatro y con quien mantuvo una estrecha amistad. Creador de numerosas óperas serias y cómicas, el músico valenciano alcanzó el éxito principalmente gracias a sus óperas bufas que siguen las clásicas convenciones de los personajes cómicos con escenas en tono jocoso, incluyende los personajes de mezzo carattere introducidos hábilmente por Da Ponte.
 
De esta simbiótica colaboración nació su ópera más celebrada, Una cosa rara, o sia belleza ed onestà, estrenada en Viena en 1786, y en Madrid y Barcelona en 1789 y 1791 respectivamente. En ella se aprecian elementos del clasicismo vienés, como la periodicidad del fraseo y la simetría de las formas, el equilibrio entre escenas cómicas y serias o el predominio de la melodía, de exquisita elegancia y envidiable naturalidad, adornada por una orquesta que contribuye a la caracterización psicológica de los protagonistas. El segundo acto incluye una cita musical a España con la ejecución de una graciosa seguidilla, además de tener una presencia importante el elemento exótico local que tanto interés despertaría más allá de las fronteras hispánicas.
 
Admirado por sus coetáneos, Martín i Soler fue homenajeado por el mismísimo Mozart en el segundo acto de Don Giovanni citando un tema del primer acto de Una cosa rara como ensalzamiento al que fuera uno de los compositores más valorados de su tiempo en la corte del Danubio.
 
 
 
Y llegó Farinelli
 
Uno de los momentos decisivos para la implantación del estilo italiano en la corte española fue la llegada del castrato Carlo Broschi, Farinelli, que se instala en Madrid. Contratado en 1737 para curar el estado depresivo –melancólico– de Felipe V, el famoso divo napolitano fue una de las figuras más influyentes de la escena musical de la época. Los beneficiosos efectos de su canto, noche tras noche durante dos décadas, hicieron que se ganara la confianza del monarca, quien lo nombró primer ministro y director del Real Coliseo del Buen Retiro. Su influencia se extendió hasta el reinado de Fernando VI, logrando que en España se promoviera y consolidara la ópera italiana, y favoreciendo el trabajo de sus homólogos italianos. En 1759, con la llegada de Carlos III, poco dado a los entretenimientos musicales, Farinelli abandona Madrid dejando tras de sí un gusto por lo italiano que afectará a toda la producción posterior.
 
 
 
 
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