REPORTAJES

 
Hace ocho décadas, y con solo 40 años de edad, fallecía uno de los más grandes tenores de la primera mitad del siglo XX: el aragonés Miguel Fleta. Su voz era diferente a todas, capaz de alcanzar un sobreagudo con plenitud y filar reduciéndola al pianísimo más imperceptible, sostenido por un fiato prodigioso, sin perder color, tersura, timbre ni vibración. Plácido Domingo se unirá este mes con un concierto en Zaragoza, a las celebraciones en memoria del ilustre tenor.
 
Miguel Á. SANTOLARIA
ÓPERA ACTUAL 213
(MAYO 2018)
 
El paso de los años no ha disminuido la leyenda en torno a Miguel Fleta, fallecido el 29 de mayo de 1938 con solo 40 años. Su voz era como una cometa cuyo dueño, con pequeños tirones, la escamotea a su voluntad sin advertirse nunca el hilo que la sustenta. También hay que destacar su gran dimensión como actor; en su arte se daba una simbiosis de cualidades poco común en comparación con los grandes de la historia de la lírica. Tenía la virtud de hacer de cualquier aria, romanza o canción una obra de creación personalísima. Fue un fenómeno vocal irrepetible. 
Nació en el pueblo oscense de Alba­late de Cinca el 1 de diciembre de 1897. En la primavera de 1915 viaja a Zaragoza y desarrolla labores agrícolas en las fincas de sus hermanas Inés y Clara. Se inicia en el canto interpretando coplas de jota aragonesa y se presenta al Certamen Oficial de esa especialidad en 1917, donde no obtiene ningún galardón. En noviembre de ese año se traslada a Barcelona y en el Conservatorio se presenta a una prueba vocal pretendiendo una plaza gratuita. Casualmente le escucha Luisa Pierre Clerc, una notable soprano –conocida como Luisa Pierrick– que queda prendada de la voz del neófito y se convierte, a partir de entonces, en su maestra, dedicándose por entero a la formación de su privilegiado alumno. En menos de dos años consigue hacerle debutar en el Teatro Comunale Giuseppe Verdi de Trieste con Francesca da Rimini de Zandonai. Canta 13 funciones y ante el éxito le fichan para Aida. Ese mismo año canta Tosca en Viena, donde le escucha el propio Giacomo Puccini.
Los teatros de Europa le abren sus puertas e inicia una trayectoria triunfal. En 1922 Zandonai le elige para el estreno en Roma de su ópera Giulietta e Romeo. Ese mismo año graba sus primeros discos y el 7 de marzo debuta con Carmen en el Teatro Real de Madrid con un éxito clamoroso. Viaja a Buenos Aires, donde inicia una gira por América que repetirá en temporadas sucesivas. El 13 de febrero de 1924 debuta en La Scala de Milán con Rigoletto bajo la batuta de Toscanini y, caso insólito en ese teatro, tiene que bisar “La donna é mobile”.
Los empresarios más importantes solicitan su presencia y se convierte en una de las figuras más cotizadas de la historia de la lírica. En la Metropolitan Opera House de Nueva York canta Tosca, Rigoletto y L’amico Fritz y su director, Julio Gatti Casazza, le propone participar en Pagliacci, ópera que desde la muerte de Caruso nadie había osado cantar en ese escenario. El éxito obtenido no tiene precedentes y el corresponsal en Nueva York del ABC, Ángel de Zárraga, escribe en ese periódico: “Nuestro compatriota no tenía miedo a la sombra del desaparecido Caruso y el público sugestionado ni siquiera se acordó del napolitano”.
 
Miguel Fleta en alguno de sus papeles más significativos: Radames, Duca, Don José y, en la imagen coloreada, como Calaf en el estreno absoluto de Turandot de Puccini
 
Estrena Turandot 
 
En 1925 realiza una larga gira por España que culmina en el Liceu barcelonés con Carmen. La entonces recién inaugurada Radio Barcelona coloca micrófonos en el Gran Teatre y altavoces en otros teatros, y cuando Fleta canta la famosa aria de la Flor se paran las representaciones de otras obras para escuchar al divo. Ese mismo año, cuando se encontraba cantando en Zaragoza, recibió un telegrama del director de La Scala para ofrecerle la parte del tenor en el estreno de Turandot por deseo póstumo del compositor, pero también de Toscanini. El 25 de abril de 1926 se lleva a cabo con gran éxito. El director Gianandrea Gavazzeni, que presenció el espectáculo, escribió años después: “Con todos mis respetos a otros tenores que han representado en Turandot al Príncipe Calaf, en toda mi vida no oí cantar a nadie como Miguel Fleta lo hizo la noche del estreno”. El diario Corriere de la Sera apuntaba: “La elección del tenor Fleta se corresponde con lo que el Príncipe Calaf precisa: notas robustas y potentes, sentido escénico y estilización tenoril”.
 
Le esperaría una trayectoria plagada de éxitos y de popularidad –incluso actuó en varias películas–, giras por Oriente, honorarios millonarios y, también, un evidente declive en la calidad de su voz. Incorpora a su repertorio varios títulos de zarzuela y se ilusiona con la naciente República Española aunque más tarde se decantará por el bando nacionalista. En sus últimos años su ajetreada vida amorosa –varias mujeres, seis hijos–, unida a su declive económico por sus gastos excesivos, le significan mil problemas. Se instala en A Coruña y en 1937 canta su última ópera, Carmen en Lisboa, ya con sus medios vocales muy mermados. Se unen a sus muchas preocupaciones malestar y dolores provocados por una enfermedad renal que finalmente acabará con su salud.
La vida de Miguel Fleta fue efímera, pero su recuerdo es imborrable. Afortunadamente dejó muchas grabaciones que, a pesar de la precariedad técnica de la época, dan fe de su voz de terciopelo, la de uno de los más grandes tenores de la historia de la ópera.
 

 

 
 
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