HISTORIA DE LA ÓPERA

De todos los géneros musicales, la ópera es el que más pasiones ha desatado a lo largo de sus más de cuatrocientos años de existencia. Gracias a la capacidad visionaria de ciertos compositores, el género operístico ha evolucionado de forma extraordinaria, condicionado por la situación socio política, por los nuevos postulados de los diferentes movimientos artísticos, y por el gusto del público. Ópera actual ofrece, a partir de este número y en varias ediciones, un viaje a través del tiempo y del espacio por el fascinante mundo de la ópera, recorriendo su historia y conociendo a sus protagonistas. Bienvenidos.
 
Verónica MAYNÉS
ÓPERA ACTUAL 194
(SEPTIEMBRE 2016)
 
 
La ópera fascina y encanta. Está de moda desde hace décadas en todo el mundo. A pesar de tratarse de un espectáculo eminentemente teatral, en los últimos años también ha ido conquistando nuevos espacios y ahora se retransmite a cines y por televisión, se puede ver por internet, en streaming en directo o diferido. Las propuestas escénicas de teatros de prestigio como la Royal Opera House del Covent Garden de Londres, el Metropolitan de Nueva York, la Opéra National de París, La Scala de Milán, el Gran Teatre del Liceu de Barcelona, el Teatro Real de Madrid o la Bayerische Staatsoper de Múnich trascienden sus paredes para llegar a un público global desperdigado por todo el mundo. España no es ajena a este fenómeno, liderando una de las revoluciones más impresionantes respecto del género, con un crecimiento imparable desde hace casi treinta años. Ahora el mercado operístico crece con la construcción de nuevos teatros en Oriente, como sucede en China o en los países árabes, con el China National Centre for the Performing Arts de Pequín o la Royal Opera House de Mascate, en el Sultanato de Omán, como pioneros en la introducción de este arte escénico en unas sociedades que lo desconocían por completo. Es la realidad actual de una apasionante historia que se arrastra por más de cuatro siglos y que ha conseguido calar muy profundamente en la sociedad.
 
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“La ópera es una síntesis que traspasa la simple unión entre música y poesía: requiere de la perfecta unión entre la idea musical y la literaria, que solo puede lograrse con la simbiosis entre el texto, el teatro, la danza y el sonido”
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La voz humana
Entre los diferentes instrumentos musicales que participan en una ópera, el único que no puede faltar es la voz, el más complejo de todos. Según el diccionario de la Real Academia Española, cantar es “producir con la voz sonidos melodiosos, formando palabras o sin formarlas”. Sin embargo, lo que parece una práctica connatural a la especie humana, conlleva uno de los procesos técnicos y fisiológicos más complejos de la interpretación instrumental. El canto primigenio se produjo de forma intuitiva, pero pronto la dificultad de las obras interpretadas exigió la aparición de un sistema pedagógico para su entreno: la técnica vocal.
 
 
La evolución de la interpretación musical –incluyendo todos los instrumentos, no solo la voz– puso los retos primero en el pentagrama y solo después en la ejecución; la adaptación de la voz a las exigencias de una partitura significó una pequeña revolución tanto en la praxis como en la metodología. La lista de músculos y partes del cuerpo que intervienen en la fonación es larga: la laringe, las cuerdas vocales; la cavidad bucal con todos sus elementos; la caja torácica, los pulmones, el diafragma y toda la musculatura que participa en el proceso respiratorio. El cuerpo es el instrumento del cantante, una unidad que debe estar perfectamente coordinada, controlada, colocada y distendida para permitir que la voz circule libremente y suene homogénea, aprovechando su extensión con la mayor naturalidad y el menor esfuerzo.
 
La finalidad de la técnica vocal es la de incorporar los hábitos correctos –mediante la práctica constante– para que la voz fluya en plenitud. Solo educando la voz se llega a la belleza interpretativa: el entrenamiento empieza por tomar consciencia del cuerpo y de la respiración, y continúa con el análisis y la profunda comprensión del texto y de la idea musical para que, mediante la fantasía del intérprete, el verbo se traduzca en hermoso sonido.
 
Tipos de voces
Todo melómano sabe que existen diferentes tipos de voces. El primer intento de clasificación vocal se traslada al siglo I, cuando Quintiliano ordena la voz según la cantidad –grande, mediana o pequeña–, o según la calidad, pudiendo ser clara, sombría, dulce, áspera, flexible, dura o sonora. El reinado de la música coral renacentista dio lugar a una clasificación más concreta, distinguiéndose entre voces masculinas –tenor y bajo–, y femeninas –superius y contralto–, categorías que incluían subdivisiones. En el siglo XVIII los compositores ya distinguen entre tenores, barítonos y bajos, y sopranos, mezzosopranos y contraltos, consolidándose esta como la clasificación más común en la ópera italiana. Pero en los albores del XIX esta clasificación resulta insuficiente por los nuevos repertorios y el paulatino aumento de la masa orquestal; por ello pronto nacerán nuevas subdivisiones hasta llegar a la actualidad, basándose en parámetros que no siempre permiten establecer una delimitación precisa. Una soprano dramática, por ejemplo, suele haber iniciado su carrera como soprano lírica. Además, determinados papeles pueden ser ambiguos: Don Giovanni lo puede interpretar un bajo o un barítono; en Werther, Charlotte puede ser afrontada por soprano o mezzosoprano. Todo dependerá de la amplitud del registro del intérprete.
 
 
Pero si la clasificación básica comienza por la simple distinción entre voces masculinas y femeninas, esta se amplía en diferentes direcciones que no siempre son categorías taxativas: por tesitura, timbre, intensidad y estilo. La tesitura –del italiano tessitura, tejido o tramo– divide la voz en aguda, media y grave, es decir, la zona de la extensión vocal de un cantante en la que se mueve con comodidad y plenitud. Cada tipo vocal presenta unas características ligadas a aspectos físicos –como la dimensión de las cuerdas vocales o la morfología del cuerpo– y a otros como la propia tesitura o el repertorio que afronta habitualmente. Las condiciones a tener en cuenta en la clasificación por el timbre –que sería la cualidad particular que lo hace diferente de otras voces–, dependen del espesor, el volumen y el vibrato. Es por ello que la clasificación según el timbre está directamente ligada al estilo, ya que ambos aspectos tienen en cuenta las posibilidades expresivas del cantante, que nace con unas determinadas aptitudes naturales, un timbre, una tesitura y una intensidad –o potencia vocal– concretas.
 
La clasificación por estilo es la que conlleva un mayor subjetivismo, puesto que depende no solo del timbre, la intensidad y la tesitura, sino también de factores sociológicos y educacionales, como la formación académica, el repertorio en el que se ha especializado el cantante, las circunstancias profesionales o la preferencia hacia un autor concreto. La especialización vocal ha llegado hoy a su mayor diversificación, lo que ha dado lugar a múltiples clasificaciones. Solo por citar la cuerda de soprano, existen la de coloratura, ligera, lírico-ligera, lírica, lírico-spinto, dramática de coloratura o agilidad y dramática, a las que se unen las denominaciones francesas soubrettey falcon.
 
Otro de los factores históricos que ha marcado al cantante –al margen de sus cualidades innatas para el arte de la lírica– es su lengua materna y la tradición académica en la que se ha formado. La primera escuela de canto fue la italiana. La ópera y el bel canto nacieron en Italia, patria que atesora un idioma ya de por sí musical, de sonidos claros y articulación nítida y abierta, que ha buscado en el arte canoro la fusión entre la comprensión de los textos, la belleza de fraseo y el virtuosismo vocal. Ya Monteverdi –quien en su momento fue criticado por sus osadías musicales– investigó la forma sonora ideal para la palabra, hallando la simbiosis entre texto y música para reflejar las emociones más conmovedoras del ser humano. Al músico cremonés le importaba sobremanera el aspecto teatral: para su segunda ópera, L’Arianna(Mantua, 1608), cuando la cantante que debía interpretar a la protagonista enfermó, contrató una actriz como sustituta. En la cuna del belcantismo la voz llegó a su plenitud expresiva, adquiriendo la melodía –con autores como Bellini, Rossini, Donizetti o Verdi– una creciente vena dramática, recuperando el realismo y la naturalidad con los representantes del verismodécadas más tarde, con Puccini, Giordano, Leoncavallo o Mascagni. Cada geografía desarrolló una particular escuela de canto ligada a las propiedades idiomáticas y a su tradición musical. Francia, con su idioma principalmente nasal, mimó la comprensión de los textos y buscó su perfecta dicción, apartándose de la tendencia melódica italiana. Los autores franceses escriben para un público diferente al italiano, tratando la voz con un lirismo distinto, refinado y elegante, pero sin la carga dramática y la voluptuosidad teatral de los italianos. El alemán es un idioma eminentemente gutural, que obliga a adaptarse a las incomodidades físicas de sus consonantes. Aunque tanto Gluck como Mozart se formaron en la escuela italiana, ambos marcaron el punto de partida de la ópera alemana, la cual supone un hito en la historia musical al abandonar el italiano como lengua operística para cambiar su curso después de Der Freischütz(1821), de Webern, considerada como la primera ópera verdaderamente alemana (a pesar de Mozart).
 
 
 
Elementos y género
Las formas músico-escénicas tienen un origen antiquísimo.­ Ya en la antigua Grecia la tragedia se representaba como una integración de diferentes artes, siendo inseparable de la danza y de la música. La palabra músicaprocede del griego mousiké, “el arte de las musas”, lo que implica la inseparabilidad del sonido respecto al conjunto de las artes. De ahí partieron los miembros de la llamada Camerata Fiorentina­ cuando, a finales del siglo XVI y en un intento de recuperar la tragedia griega, consideraron que se trataba de un compendio artístico que iba más allá del teatro. Y a los griegos acudió Wagner, cuando concibió la ópera como Gesamtkunstwerk, o, lo que es lo mismo, la obra de arte total, entendiéndola como la unión entre música, teatro y artes visuales.
 
La ópera es una síntesis que traspasa la simple unión entre música y poesía. Como forma músico-escénica, requiere de la perfecta unión entre la idea musical y la idea literaria, lo cual solo puede lograrse con la absoluta simbiosis entre el texto, el teatro, la danza y el sonido. Para que una ópera pueda ser representada se requiere una labor titánica, en la que participan numerosos artistas y técnicos, quienes deben coordinarse perfectamente. Aparte de los solistas, del coro, la orquesta, el director musical, el maestro concertador, los bailarines, el director de escena, el escenógrafo, el figurinista, los regidores y un sinfín de participantes, hay que añadir al personal administrativo que gestiona la producción, los figurantes, los técnicos de iluminación y de tramoya, y todo esto por citar solo una pequeña parte de los responsables de que se alce el telón de un teatro de ópera. Desde la misma concepción de la partitura y del libreto, hasta que la ópera acabada llega al público, el camino es un largo recorrido con múltiples escollos por sortear.
 
En el próximo capítulo se presentarán los antecedentes de la ópera como forma artística y las investigaciones llevadas a cabo por la Camerata Fiorentina que culminaron con el nacimiento de este género fascinante. 
 
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“Para que una ópera pueda ser representada se requiere una labor titánica, en la que participan numerosos artistas y técnicos, quienes deben coordinarse perfectamente”
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