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Chocrón Joyeros / Brian Hallett
 
La gira A life in Music, que está llevando al legendario tenor español por medio mundo en su adiós a los escenarios, se prolongará debido al éxito obtenido. Carreras, además, no cesa de recabar apoyos para la fundación contra la leucemia que lleva su nombre y que en breve inaugurará un gran centro de investigación científica en Barcelona.
 
Pablo MELÉNDEZ-HADDAD
ÓPERA ACTUAL 211
(MARZO 2018)
 
Pone pasión en todo lo que hace, tanto en su canto inconfundible como en la Fundación Josep Carreras para la Lucha contra la Leucemia que fundó –y preside– desde que le ganara el pulso a una enfermedad que le cambió la vida hace ya tres décadas. Josep Carreras, Premio ÓPERA ACTUAL 2006, se encuentra ahora inmerso en una gira de despedida que comenzó el año pasado y que debía concluir a finales de este 2018, pero que se ampliará un par de temporadas debido al éxito obtenido: en muchas de las ciudades que ha visitado con A Life in Music sencillamente no aceptan su adiós y le quieren de vuelta, por lo que ha tenido que cambiar sus planes. “La verdad es que desde que comencé este proyecto he estado en muchos de los escenarios a los que quería volver, porque esa era la idea, ir a ciudades en las que siempre me sentí cómodo y acogido”, explica el tenor a ÓPERA ACTUAL. “Ya hemos estado en Londres, Viena, Milán, Nueva York, Buenos Aires, Santiago, Río de Janeiro, varias ciudades de Japón y Corea, Australia en dos ocasiones, toda Alemania... Está siendo genial, aunque me he encontrado con un problema: resulta que voy, canto y me despido, pero en muchos sitios me piden que vuelva, y no he podido negarme”.
 
 
Junto a la cantante pop Anastascia y al tenor Jonas Kaufmann en la gala benéfica 2017 de la Fundación Carreras en Alemania, en diciembre pasado
 
 
ÓPERA ACTUAL: En todo caso, siempre dijo que esta gira no era un adiós definitivo, que si tenía que volver a cantar a beneficio de su Fundación, lo volvería a hacer.
 
Josep CARRERAS: Claro, yo no tengo inconveniente, pero entonces la gira parecerá la vuelta del torero, que anuncia el retiro y que no para de retirarse... Es que el cariño que me dan es mucho, y creo que si tengo la oportunidad de seguir cantando y alargar esta gira un par de años, me lo plantearé. Si me encuentro bien, la voz responde y se dan las condiciones, me lo podría plantear. Ahora vamos a Singapur y a varias ciudades de Asia... Estamos en medio de una gira que acabaría a finales de año, pero es muy probable que se alargue. Y claro, los recitales benéficos seguirán.
 
Ó. A.: ¿Qué repertorio lleva en la gira?
J. C.: Diría que un 90 por cien son conciertos con orquesta y el resto recitales con piano. En los programas intento incluir –aunque suene egoísta– lo que me gusta, con lo que disfruto, confiando en que también le guste al público y sin olvidar aquellas piezas que siempre funcionan bien y que son las favoritas. Incluyo un poco de zarzuela, evidentemente algo de ópera y canciones napolitanas y españolas... El gran repertorio del tenor.
 
Ó. A.: ¿Y qué pasa en España? Decía que quería incluir en la gira a Madrid y Barcelona como mínimo.
J. C.: De momento no hay nada en concreto. Barcelona es un caso muy especial para mí al ser mi ciudad natal y donde vivo. Están esperando a que me decida si lo que quiero hacer es un concierto o recital en el Liceu o algo más popular, un evento ciudadano. Ya he hecho conciertos populares en el Camp Nou, en las fuentes de Mont­juïch, en el Arco de Triunfo... La verdad es que soy yo el que tiene la duda y por eso todavía no lo puedo decir.
 
Ó. A.: ¿Y las dos cosas? ¿Un recital o concierto en el Liceu y algo popular?
J. C.: No lo veo. Ceo que mi próxima actuación en Barcelona tendría que ser la última. Por eso, también, no tengo demasiada prisa. Si es en 14 o 18 meses, no pasa nada, o sea que hay tiempo para pensarlo bien y programarlo.
 
Ó. A.: ¿Tiene previsto actuar en algún festival español este verano?
J. C.: Sí, en Mallorca, en julio.
 
Ó. A.: Así como muchos de sus colegas optan por la enseñanza al dejar los escenarios, usted ya tiene su tiempo ocupado como presidente de la Fundación contra la leucemia. ¿No le interesa dar clases magistrales?
J. C.: Nunca me interesó, pero ahora sí porque lo he probado y hasta he repetido, aunque ahora centro mi tiempo entre la gira y la Fundación, que es donde está mi futuro. Pero si se vuelve a presentar una oportunidad para dar clases no me negaría. He estado tres años seguidos en el Conservatorio Rossini de Pésaro (Italia), en enero de 2016, 2017 y 2018. Además de tratarse de un gran centro de estudios, allí da clases mi pianista, Lorenzo Bavaj, que es quien me convenció de hacerlo. Se trata de un curso de perfeccionamiento de una semana en la que trabajo con unos 25 alumnos con los que vemos diversos aspectos de la interpretación. Les dejo claro que yo no tengo ninguna varita mágica para solucionarles todos sus problemas vocales. Puedo dar mi opinión, sugerir, y ver qué funciona. Y me gusta. Si se dan las circunstancias lo volvería a hacer.
 
El flamante Instituto de Investigación Josep Carreras de Badalona (Barcelona), en funcionamiento desde octubre pasado, 
financiado por la Fundación del tenor. Abajo, Carreras visitando a un paciente ingresado /Institut de Recerca Contra la Leucèmia Josep Carreras / Fundació Josep Carreras contra la Leucèmia
 
Ó. A.: Cada Navidad tiene su propia maratón solidaria en la TV centroeuropea. ¿Cómo fue la última?
J. C: Muy bien, y ya llevamos 22, porque comenzamos en 1995. En la última recaudamos cuatro millones de euros, un millón más que el año anterior teniendo en cuenta que ya no estamos en la cadena pública alemana sino en una televisión privada, lo que sin duda repercute en la audiencia. Pero estamos muy contentos y orgullosos del apoyo y del éxito de las donaciones. Lo importante es que las personas se den cuenta de que estamos realizando una labor de apoyo y ayuda a gente que lo necesita.
 
Ó. A.: ¿Qué se ha conseguido?
J. C.: En todos estos años unos 200 millones de euros que han servido para financiar programas de infraestructura, de construcción de nuevas unidades en clínicas y hospitales, de nuevos laboratorios y proyectos sociales y de investigación contra la leucemia. Lo recaudado en Alemania nos obliga a que el dinero se invierta antes de que pase un año de la donación, no puede tenerse como ahorro o reserva: hay que asignarlo en 12 meses como muy tarde y tiene que quedarse en ese país, no podemos transferir donaciones desde Alemania a otras sedes de la Fundación. Después de la primera que montamos en Barcelona se han creado tres más, una en Seattle (Estados Unidos), otra en Suiza y otra en Alemania. Cada una debe recaudar sus propios fondos ya que las donaciones obedecen a políticas específicas de cada país salvo que se trate de un proyecto en el que estén involucrados investigadores de diferentes países. No compartimos recursos, pero sí algo que es quizás lo más importante: la red de donantes de médula ósea.
 
Ó. A.: ¿Cómo se puede colaborar con la Fundación?
J. C.: Convirtiéndose en socio colaborador, con cuotas mensuales (en España hemos sobrepasado ya los 100.000 socios), o donando médula ósea. Todos somos potenciales donantes. Los interesados son tipificados y se registran en la red Redmo, el Registro de Donantes de Médula Ósea que creamos nosotros y que funciona bajo la coordinación y gestión del Ministerio de Sanidad. Hoy contamos con 300.000 donantes voluntarios, un registro que está conectado con otros similares en todo el mundo, una red que permite acceder a más de 20 millones de potenciales donantes. Esto es fantástico. Y la verdad es que estamos muy orgullosos.
 
Ó. A.: ¿Qué le aporta el trabajo diario en la Fundación?
J. C.: Mil historias humanas maravillosas. Detrás de cada paciente hay un logro conseguido que nos emociona. Pero ahora nos tiene especialmente felices el nuevo Instituto de Investigación contra la Leucemia Josep Carreras (IJC) creado específicamente para investigar las causas de la leucemia que hemos construido en Badalona (Barcelona), junto al Hospital Universitari Germans Trias i Pujol. Son 10.000 metros cuadrados destinados a la investigación y está en funcionamiento desde octubre del año pasado, aunque no lo hemos podido inaugurar oficialmente debido a la contingencia política porque se trata de un proyecto público-privado; nuestra Fundación ha financiado la construcción del edificio y su equipamiento, con un coste de 25 millones de euros. La administración –a través de la Conselleria de Sanitat de la Generalitat catalana– se encarga de la actividad y del mantenimiento. Un gran esfuerzo que esperamos presentar ojalá esta primavera.
 
Ó. A.: Mirando su trayectoria, ¿qué decisiones artísticas que tomó evitaría o cambiaría si volviese a comenzar?
J. C.: Uno siempre se arrepiente de decisiones tomadas cuando te dejas llevar por el ímpetu de la juventud, pero a veces esas mismas decisiones que pueden parecerle erróneas, resulta que funcionan y se transforman en un gran éxito. Esto nunca se sabe y ese riesgo es apasionante. En mi caso no sé si hay algún papel que canté demasiado pronto, porque siempre he tenido claro cuál era mi tipo de voz. No soy un tenor al uso. Nunca lo fui. Era difícil de clasificar; está claro que no fui un lírico ligero, pero tampoco me considero haber sido un lírico puro, un spinto o un dramático. No me van estas etiquetas como le pueden ir a otras voces. Yo creo en si cantas bien o no. Por eso mi repertorio fue tan extenso y diverso. En todo caso, y mirando al pasado, quizás no tendría que haber cantado Aida. Pero no es que me arrepienta, ya que se dio en las mejores condiciones: con Von Karajan, en Salzburgo, con la Filarmónica de Viena, con un reparto de estrellas... Difícil negarse... Me arriesgué a sabiendas. Y lo hice dos años consecutivos, y creo que no fue tan mal. Tampoco me cambió la vida, pero me quedé con la satisfacción de haberlo hecho aun sabiendo que no era una obra ideal para mi vocalidad y mis condiciones. Más que por debutarlo muy pronto o muy tarde, creo que no era un papel para mí.
 
Dos momentos de la última Gala Carreras en Alemania. En la imagen superior, Carreras y Kaufmann acompañados de otros artistas participantes en el espectáculo benéfico 
 
Ó. A.: A Pavarotti se le criticó mucho cuando incorporó Radames.
J. C.: Ya, pero yo estaba como “protegido” por Von Karajan. Si alguien decía algo, la respuesta era “es que Karajan lo quiere en ese papel”, y poco más había que decir.
 
Ó. A.: ¿Hubo otro papel como este?
J. C.: Sí y no... No hice papeles de ligero... Lo que pasa es que, sin decir que siempre haya acertado al escoger qué y cuándo cantar, siempre tuve muy claras las limitaciones de mi voz, de esto puede estar seguro. Sabía hasta dónde podía llegar y qué evitar.
 
Ó. A.: ¿Cómo se puede ser autocrítico cuando, cante como cante, siempre le van a decir que es genial?
J. C.: Es que hay que ser autocrítico. Si no lo eres, en esta carrera estás perdido. Después de los primeros ensayos –con orquesta, ojo– te das cuenta de si estás cómodo o al límite. En mi caso así funcionaba, fuera por un rol excesivamente pesado o muy agudo. Es el cantante el que conoce los límites de su voz, y también quienes están cerca de ti y te conocen. Pero hay que saber escucharse.
 
Ó. A.: Mójese: ¿cuáles son los tres personajes operísticos que más le marcaron, que más le robaron el corazón?
J. C.: Rodolfo de La Bohème, Riccardo de Un ballo in maschera y Don José de Carmen. Quizás son los que considero más cercanos a mi carácter y a mi personalidad, aunque se parecen poco entre sí y yo menos a ellos. Plácido Domingo dijo en una entrevista que nos hicieron juntos que eso de escoger un personaje favorito era como preguntarle a un padre qué hijo prefiere.
 
Como Don José, de Carmen, junto a Agnes Baltsa, en el Liceu barcelonés (1986). Dice el tenor: “Por todos los elementos que confluyen en ella, le regalaría [a un joven cantante de hoy] la Carmen que grabamos con Agnes Baltsa, Herbert von Karajan y la Filarmónica de Berlín [abajo]. Creo que todos estamos bien y es reflejo de un momento operístico importante”
 
Ó. A.: De su inmenso legado discográfico, ¿qué disco le regalaría a un cantante que ahora comienza y por qué?
J. C.: Escogería una ópera completa. Por todos los elementos que confluyen en ella, le regalaría la Carmen que grabamos con Agnes Baltsa, Herbert von Karajan y la Filarmónica de Berlín. Creo que todos estamos bien y es reflejo de un momento operístico importante. No es la Tosca de De Sabata con Callas y Di Stefano, pero es un gran trabajo.
 
Ó. A.: ¿Le habría gustado ocupar el cargo de director artístico de algún teatro o festival? ¿Se lo han ofrecido?
J. C.: Si esa pregunta me la hubiera hecho hace 30 años, probablemente le hubiera dicho que sí. Como ahora ya sé cuál será mi futuro, siempre ligado a la Fundación, tengo claro que no me interesa. Siendo más joven me lo podría haber planteado de cara a la retirada. Hablo del aspecto puramente artístico, no de gestión, sino de programación.
 
 
Ó. A.: ¿Nunca se le ofrecieron?
J. C.: Sí, hubo alguna conversación, pero ninguna oferta seria ni concreta.
 
Ó. A.: ¿Cuáles, de los muchos directores de escena con los que trabajó, le marcó definitivamente?
J. C.: Giorgio Strehler, Jean-Pierre Ponnelle y Franco Zeffirelli. Son tres registas a los cuales les gustaba trabajar el personaje partiendo de lo que el intérprete podía dar. Sabían crear con el material humano con el que contaban, no imponían una manera de actuar.
 
Ó. A.: ¿Cómo afrontaba ese aspecto del trabajo? ¿O se concentraba en el canto?
J. C.: He intentado ser un cantante de ópera, con todo lo que ello implica, y la actuación es parte del juego. Habré conseguido mejores o peores resultados escénicos, pero siempre he creído en lo que estaba haciendo; cuando estás inmerso en una nueva producción, con ensayos que se prolongan cuatro o cinco semanas, siempre acabas creyéndotelo todo. Estando dentro haces tuyo el proyecto. Cuando ya has acabado y te has marchado puedes llegar a pensar que el montaje en el que estabas tan a gusto no era un gran trabajo, pero mientras estás montándolo te lo crees. Lo mínimo que puedes hacer es colaborar al máximo.
 
Ó. A.: ¿Hubo alguna producción de la que hubiera querido marcharse?
J. C.: Sinceramente, si hablamos de nuevas producciones, nunca. No me vi en el dilema de querer abandonar por no estar de acuerdo con el punto de vista del director de escena. En el caso de los teatros de repertorio centroeuropeos, llegas la noche anterior al ensayo general y te dicen “esta es tu puerta y esa es tu silla”: entonces no tienes tiempo para cuestionarte nada.
 
Ó. A.: ¿Y en el terreno musical? ¿De qué director aprendió más?
J. C.: De Von Karajan. Además de su peso específico como director de orquesta era un hombre extraordinariamente carismático y cualquier indicación que te daba tenía sentido, tenía razones. Siempre tenía claro lo que quería de los cantantes, era muy seguro de sí mismo. Tuve una magnífica relación con él, profesional y humana también.
 
La última ópera escenificada que Josep Carreras protagonizó fue El Juez, estrenada en el Arriaga de Bilbao, con la que recorrió varias ciudades, una obra escrita especialmente para él por el compositor austríaco Christian Kolonovits. En la imagen, como protagonista de El Juez en el Teatro Mariinsky de San Petersburgo, junto al bajo Carlo Colombara
 
Ó. A.: ¿Era muy detallista?
J. C.: Cuando él pensaba que un detalle era importante para que el resultado fuera mejor, te lo decía siempre, sin problemas y con respeto. Él era además director de escena, o sea que tenía que tener todo muy claro. También fue fundamental en mi carrera Claudio Abbado, un gran artista y un gran intelectual. Era un hombre muy pausado, muy profundo, siempre te comentaba todo con un gran respeto. Tuve la suerte de trabajar con todos los grandes de la época, como Muti, Levine, Mehta, Davis, Kleiber...
 
Ó. A.: ¿Y qué recuerdos tiene de Leonard Bernstein, de quien este año se celebra el centenario de su nacimiento? De su relación hay testimonio en el making of de la grabación de West Side Story.
J. C.: Sí, esa grabación fue una experiencia muy intensa. Hicimos en tres días el trabajo que habitualmente se hacía en una semana. Recuerdo un día que estuve seis horas esperando grabar mi aria, “Maria”, desde las nueve de la mañana. Pero surgieron varios imprevistos y diez minutos antes de terminar la sesión me llaman para grabar. No pude negarme, y entre la tensión, el cansancio y mi juventud –era menos reflexivo que ahora–, hubo algún roce, pero eso es una anécdota en un trabajo en el que estaba codo a codo con el propio compositor. Bernstein era un hombre que respiraba música por cada poro de su cuerpo. Tengo un magnífico recuerdo suyo y colaboramos en varias ocasiones. Me llamaba “Mi Toni”. Un hombre carismático, un poco polémico en su manera de ver y vivir la vida, pero cada uno es libre de escoger lo que realmente le conviene.
 
Ó. A.: Ahora el mercado operístico se ha ido uniformando y quizás ya no son tan marcadas las diferencias entre la manera de hacer ópera en el Met, por ejemplo, y en Europa. ¿Se trabajaba diferente a ambos lados del Atlántico?
J. C.: En esa época éramos casi todos los mismos los que coincidíamos en los diferentes teatros, tanto los intérpretes como los directores. La diferencia que más se marcaba era que el Met, al menos en esa época, tenía que cubrirse adecuadamente, ya que al ser un teatro algo aislado, tenía que tener alternativas por si alguien del reparto fallaba. Había que contratar al titular, a un cover que estaba en el teatro y a un segundo cover que estaba en su casa por si pasaba algo. En Europa puedes tener un cantante de reemplazo incluso en un par de horas, ya que las distancias entre teatros son otras. La otra diferencia que veía, es que cuando había un estreno en el Liceu o en La Scala, hasta la señora de la limpieza se implicaba. En el Metropolitan todo era más como una factoría, como una fábrica de espectáculos. Es como una actitud, quizás un reflejo de la sociedad.
 
Ó. A.: ¿Tiene algún proyecto de alguna ópera para estrenar que le interese?
J. C.: No, sinceramente. Después de hacer El Juez (los niños perdidos), (2014) con el compositor Christian Kolonovits, hablamos de hacer otra obra, incluso se planteó un tema, pero no pasó de la etapa de proyecto. El Juez fue muy bien, el personaje me gustó mucho y me sentí muy cómodo.
 
Ó. A.: Para muchos políticos, la cultura es siempre una de las primeras áreas que recortar en caso de crisis. ¿Cómo cree que esto se podría evitar?
J. C.: Es que hay que interpretar este fenómeno como lo que es: parece que a esos políticos no les interesa la cultura. Los partidos de izquierda son los que siempre habían apoyado la cultura en todas sus vertientes, pero parece que eso ha cambiado y ahora los que defienden esta tendencia política ven a la ópera como algo superfluo o le siguen colgando el prejuicio de que es elitista. La cultura se sigue viendo como la Cenicienta de todas las necesidades que tiene una sociedad, y yo creo que es todo lo contrario. Mientras más cultos seamos y mientras disfrutemos de más cultura, mejor viviremos y seremos mejores como sociedad. Es triste, pero parece que sigue habiendo políticos en todo el mundo que piensan que en una sociedad son más importantes las armas que la cultura. 
 
 
 
 
 
 
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