Boris Godunov en el Teatro Bolshoi de Moscú, con dirección de escena de Igor Ushakov / Teatro Bolshoi de Moscú
 
El momento más glorioso de la ópera rusa fue en el siglo XIX. Hasta entonces la ópera italiana y la francesa dominaban los escenarios y los músicos rusos se formaban en Italia poniendo música a libretos revestidos de melodías occidentales, con alguna concesión al folclore local la irrupción de autores como Glinka y Musorgsky, unida a un creciente sentimiento nacionalista, desembocaría en un género autóctono con características propias.
 
Verónica MAYNÉS
ÓPERA ACTUAL 210
(FEBRERO 2018)
 
Fue Catalina II la Grande –zarina entre 1762 y 1796–, gran defensora de las ideas ilustradas, quien sustituyó en los teatros de la corte a la ópera seria italiana por la opéra comique y por otros subgéneros populares similares al Singspiel pero en lengua rusa, defendiendo además el estudio del folclore local. Tiempo después, la victoria rusa en las guerras napoleónicas y la convulsa situación social europea –a punto de reconstruir un nuevo mapa político– fueron la yesca que incendió en Rusia el sentimiento nacionalista. El Romanticismo, con su consigna de originalidad, libertad y orgullo de la conciencia nacional, abonó el terreno en la búsqueda de un género autóctono que se desmarcara de la moda occidental.
Hasta la llegada de Mijaíl Ivanovich Glinka (Novospasskoye, 1804-Berlín, 1857) no se puede hablar de una escuela operística propiamente rusa. Formado con maestros particulares, vivió su infancia en el campo, donde conoció de cerca la música folclórica. En sus viajes a Milán, Madrid, Venecia, Viena o Berlín, adquirió conocimientos que dejaron huella en su obra; a pesar de querer permanecer ajeno a toda institución académica para huir de la estética occidental, su obra presenta rasgos italianos y franceses. Con su ópera más famosa, Una vida por el zar, Glinka –autor también de Ruslán y Liudmila (1842), con libreto fue de Aleksandr Pushkin– creó una conciencia nacional de enormes consecuencias: fue la primera ópera rusa que conquistó un lugar en el repertorio, y el coro final –“¡Viva el zar, viva Rusia!”– se propuso como himno nacional.
 
Germen nacionalista
Estrenada en San Petersburgo en 1836, Una vida por el zar marcó el camino a seguir. Inauguró la temporada del Teatro Bolshoi de Moscú y en honor al zar Nicolás I –que había asistido entusiasmado a los ensayos y al estreno–, Glinka le cambió el título, que debería haber sido Ivan Susanin. En plena efervescencia de los nacionalismos, la historia real de Susanin –un campesino que dio su vida para salvar al zar– inspiró a pintores y literatos que veían en el héroe la esencia del alma rusa mientras era utilizada como propaganda por la clase dirigente: el pueblo como fiel servidor de sus mandatarios. Glinka utiliza una melodía fresca que, aunque influenciada por el bel canto, aporta la espontaneidad del folclore eslavo. Establece también algunos de los rasgos propios de la ópera rusa, como el uso del coro como representando al pueblo o el peculiar colorido orquestal, de exuberante orientalismo. En esta obra es magnífica la caracterización musical de los personajes: para los polacos, una melodía refinada y elegante; para los rusos, música enraizada con sus orígenes campesinos. Ivan inaugura también la serie de grandes papeles para bajo del repertorio ruso que reservará los timbres oscuros y graves a héroes de gran carisma y de importancia histórica, política o social. Hermosa es la despedida de Ivan, una bellísima aria imbuida de esa conmovedora melancolía que caracteriza el melodismo eslavo.
 
Un momento de La vida por el zar –considerada como la primera ópera rusa– en el Teatro Académico de Ópera y Ballet de Saratov (Rusia), en una producción de Andrei Sergeev / Teatro Académico de Saratov 
 
Boris, ruso universal Boris, ruso universal
Con Boris Godunov, Modest Petrovich Musorgsky (Karevo, 1839-San Petersburgo, 1881) llevó a la ópera rusa a las más altas cumbres del género. Deseoso de encontrar un lenguaje que se demarcase de la tradición italiana, estudió el ritmo del idioma ruso y sus inflexiones, sustituyendo el aria y el recitativo por una suerte de arioso continuo que acababa con la tiranía de la melodía clásica. Aunque acabó la obra en 1869, la dirección de los Teatros Imperiales la rechazó antes de que se orquestase alegando que le faltaba un personaje femenino, un ballet y una escena amorosa. Musorgsky incluyó estos elementos en una segunda versión, de 1872, revisada por Rimsky-Korsakov más de dos décadas después. Basada en el drama homónimo de Pushkin, Boris Godunov se desarrolla en el convulso período que sucedió a la muerte de Iván el Terrible y muestra el compromiso político y el espíritu revolucionario del compositor, que denuncia con su obra la represión del pueblo ruso.
La ópera se presenta como una sucesión de escenas individuales y cuadros colectivos, en un estilo singular que contiene elementos del drame lyrique, la grand opéra y la tradición local. Siguiendo la estela de Glinka, Musorgsky dibujó asombrosos retratos psicológicos de los personajes, diferenciándolos en función de su procedencia social y carácter. El canto ortodoxo, diatónico y modal –como el de Pimen–, describe la tradición secular de los monjes; Dimitri, usurpador de un trono a través del engaño y el crimen, aparece con una música inestable de armonías sorpresivas que contrasta con la sonoridad italiana del canto de Marina, que finge amor para saciar su sed de poder. Boris se sitúa como uno de los más extraordinarios papeles para bajo utilizando un bellísimo y novedoso canto que amalgama elementos tradicionales con un arrebatador aroma de profunda melancolía. Pero el gran protagonista de la obra es el pueblo, caracterizado con música folclórica real e imaginada y descrito con sensible realismo social. El extraordinario cuadro en el bosque de Kromi expresa musicalmente la revolución de una sociedad salvajemente manipulada por el poder y se erige como uno de los tableaux más impactantes de la historia operística. Aprovechando su presencia en el original de Pushkin, Musorgsky utilizó también la figura del Idiota –habitual en la literatura, pintura y teatro rusos del siglo XIX–, quien además de representar al pueblo engañado y oprimido, bajo su aspecto de ignorante esconde una inusitada agudeza mental que le permite ver con claridad el futuro político: su conmovedor lamento final presagia dramáticamente el sombrío destino de Rusia.
 
 
 
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